YO SOY  NEURÓTICO


       PORQUE EL MUNDO ME HA HECHO ASÍ

Cuando salgo de casa, o de cualquier otro sitio, siempre tengo la estúpida sensación de que me dejo algo, así que compruebo una y otra vez todos los bolsillos de mi ropa y del maletín, lo cual es todavía más estúpido, pues diréis, con comprobarlo una vez sería suficiente, ¿no?, pues no, no lo es. Porque la sensación de que me dejo algo es tan fuerte, que incluso aunque tenga la evidencia visual de que todas las cosas que debo llevarme: llaves, cartera, gafas, etc., están ahí, esa sensación no desaparece, y en contra de toda lógica, debo comprobarlo varias veces más, pues parece que esa estúpida, intensa y neurótica sensación tiene la capacidad de anular mi memoria reciente y cuando he comprobado , después de otras cosas, que la cartera está ahí, ya no me acuerdo de si estaban o no las llaves y debo empezar otra vez a comprobarlo todo desde el principio, hasta que este absurdo bucle sin fin se ve interrumpido por una orden tajante con tono de enfado de mi parte racional que dice: ¡Ya está bien, maldito neurótico, está todo ahí, ¿Cuántas veces más tienes que comprobarlo?! Entonces me enfado conmigo mismo, pues siento que no puedo evitar ese reiterado y absurdo ritual olvidadizo-comprobante que practico a diario cada vez que me voy de un sitio. Y cuando al salir de ese sitio, después de haberlo comprobado todo unas 5 o 6 veces, todavía sigo teniendo esa estúpida sensación de que me dejo algo, sin poder de nuevo evitar tenerla, después de todas esas comprobaciones y del enfado conmigo mismo, eso me hace sentir más neurótico todavía, y me odio a mí mismo por ser así, porque la neurosis venza a la razón y porque la razón, por mucha razón que tenga al emitir su juicio de “eres un puto neurótico, deja de serlo”, no pueda imperar en mi persona y hacerme actuar con lógica y sentido común, lo cual a su vez, hace que la razón se deprima porque nadie le hace caso, y entonces se hace amiga de la parte emocional insegura que todos tenemos, y entonces ya es un caos, porque esa parte le transmite todas sus inseguridades, claro, y entonces ya no hay quien se aclare, porque, por ejemplo, cuando voy conduciendo y tengo que decidir si girar a la derecha o a la izquierda en un camino que ya he hecho cientos de veces, consulto con mi memoria, la cual oprimida y retenida como rehén por la neurosis dice temerosa: “creo que a la izquierda, pero de mí no te fíes, yo me lavo las manos en esto, tío, consulta con la intuición, tal vez ella te pueda ayudar; y la intuición, presa del pánico, pues también ha sido secuestrada por la neurosis que la apunta en estos momentos con una pistola, dice: “pues no sé, tío, a ver, mmmmm, yo diría que a la derecha, esos edificios de ahí me suenan, pero claro, también puedo haberlos visto en un anuncio o en una peli, o haberlos confundido con otros que se les parezcan, ¡ O no, Dios mío!, ya estoy actuando como la lógica, y este no es mi terreno, así que no sé qué intuir, tío, lo único que se me ocurre decirte es que actúes rápido, porque si no la puta neurosis loca esta de los cojones , va a apretar el gatillo”.



 



            Así que me veo solo ante el peligro, con mis facultades mentales aturdidas y desconcertadas, y soy incapaz de tomar una decisión; y es entonces cuando me acuerdo de un viejo amigo irresponsable y dicharachero que ocupa una sección aleatoria del cerebro, y que es el azar, y le consulto: “oye tío, tú qué harías, izquierda o derecha”, y el tío va y dice: “pfff, pues derecha, a mí qué coño me importa. Siempre me haces consultas que pertenecen a otros departamentos como la lógica, la memoria o la intuición, a quienes sí puedes pedir cuentas si te fallan sus consejos, pero ya sabes que a mí no puedes atribuirme esa responsabilidad, ¿vale? Así que te digo a la derecha porque me ha dao por ahí, pero igual te podría haber dicho a la izquierda, eh, que conste”, y claro, como el azar es un tío muy machote y muy cabezota, no se deja intimidar por la neurosis. Así que le hago caso y giro a la derecha, y es entonces cuando al cabo de unos segundos, y en un descuido de la neurosis, la memoria me lanza un flash-back pasándome por delante de los ojos la secuencia de haber tomado el camino erróneo de la derecha otras veces, lo cual enfurece al ego que se siente de nuevo estúpido y llama a la Ira para vengarse juntos de la maldita neurosis, pero claro, ellos no saben que sin quererlo, están trabajando para ella, que son un irremediable eslabón del circuito neurótico, y cuando Doña Neurosis se entera de lo que está ocurriendo en el reino cerebral a través de su fiel amiga la chivata Consciencia, entonces a la neurosis le entra un ataque de risa “ja, ja, ja, ja”, y se crece, pues ve que todos se están volviendo locos gracias a ella, y crecen sus dominios cerebrales apoderándose de más y más campos de la mente, y ya para rematar, consigue el control absoluto de la Culpa, que a través de la chivata Consciencia se siente de cada vez más culpable por ser tan estúpida e intenta dimitir de su cargo de representación de la personalidad, pero como la Personalidad se ha ido de vacaciones, pues la malvada neurosis la sobornó para que abandonara su puesto de mando sobre el ser, La Culpa no puede dimitir ante la Neurosis, que es la que rige ahora, porque ésta la hace sentir culpable e irresponsable por intentar abandonar su puesto al dimitir. Así que llego a donde quiera que vaya exhausto después de tanta lucha interior, y entonces, gracias a un ego revenido y egocéntrico que tengo, consigo echarle las culpas de todo lo que me pasa a mi mujer, hijos o a alguno de mis empleados, y la consciencia, secuestrada por el ego, no puede hacer nada para evitar que la culpa se libere, y cuando lo hace, repentinamente me siento de nuevo bien, porque claro, ese maldito hijo de puta que tengo por empleado, o la estúpida de mi mujer, me sacan de quicio y tienen la culpa de todas las neuras que ellos mismos me provocan, y no  yo, por supuesto. ¡Ay, Dios, si no fuera porque soy tan buena persona, que aguanto a toda esta pandilla de ineptos, gandules y subnormales, no sé qué sería de ellos; sacrifico mi equilibrio emocional para mantenerlos a todos, ¿y cómo me lo agradecen?, volviéndome loco. En fin, qué le vamos a hacer. Me voy a la iglesia, como todos los domingos, y rezaré por sus pecados y por las pequeñas faltas que rara vez pueda haber cometido, siempre por culpa de los demás, claro. ¡Ay, pobres desgraciados!


 


Rafael Fuster