
La poesía que se muerde la cola.
Como aquella imagen fuerte del Infinito, una serpiente que se muerde la cola, el gran tema de la poesía en la Modernidad es la propia poesía. O sus variantes: el lenguaje, la palabra, la letra.
Uno de los líderes del "Sturm und Drang", Johan Georg Haman, en la 2ª mitad del Siglo XVIII, reflexionaba de esta manera en la interminable tarea de traducir "el lenguaje de los ángeles", la interpelación del Extraño en nosotros, a un lenguaje humano, pues "la invisible esencia de nuestra alma se manifiesta mediante palabras -así como la Creación es un discurso cuya cuerda se extiende de un extremo a otro del cielo. Sólo el espíritu de Dios ha podido contarnos tan profunda e inteligiblemente la maravilla de los seis días-. Entre una idea de nuestra alma y un sonido que se produce con la boca hay exactamente la misma distancia que entre espíritu y cuerpo, cielo y tierra. ¿Qué clase de incomprensible territorio vincula, con todo, estas cosas alejadas entre sí? No es una humillación para nuestro pensamiento el que éste, por así decirlo, no pueda llegar a manifestarse más que en la ruda vestimenta de signos arbitrarios.." Hasta aquí, el pensador alemán del XVIII. Pero el tema de los "signos arbitrarios" ha seguido desvelando poetas y pensadores. Paul Valéry dirá: "El objeto del discurso puede ser el discurso mismo." o más valerosamente: "Un poema nunca está terminado" "Es siempre un accidente quien lo termina y lo entrega al público."
Este joven poeta tacuaremboense, Wilson Javier Cardozo, en este libro, perfectamente titulado "La primera letra", se abre paso, con una tonalidad adjetival y rítmica que recuerda a los maestros de las Sagradas Escrituras; para toparse con el Verbo. Es decir, con el Principio. Y una oportuna cita/epígrafe de su libro, tomada de la Historia de la Infancia de Jesús según Santo Tomás (VI:26-27), nos ofrece el triple símbolo de la permanencia de la primera letra: de su dispersión y de su variedad. Y embarcado en esta triple tentativa, Javier Cardozo, nos lleva consigo, a través de 13 cánticos, en una peleada, aventurada, y con logrados versos, peripecia personal del artista enfrentado a su materia prima:
"Sola engendras el tiempo Fructificas la Nada Atrapas al silencio Herramienta del habla."
Deseamos, amable lector, "hipócrita lector", que nos acompañes hasta ese admirable poema 13 del final:
"Estoy solo y escribo. Escritura en la arena.."
Washington Benavides/2000 |