Hace mucho tiempo, en la época del Rey Arturo y
de la reina Ginebra, vivía sir Gawain, sobrino del rey y el caballero
más cortés y valiente de toda Inglaterra.
Un año, por Navidades, el rey y la reina recibieron
a la corte en Carlisle, en el norte del país, y entre ellos se encontraba
sir Gawain. El día después de la Navidad, el rey salió
solo a caballo hacia el bosque. Al cabo de poco tiempo, llegó a
un lago helado en cuya orilla se encontraba un castillo oscuro y sombrío.
Mientras el rey observaba la superficie espectacular del lago, un caballero
apareció en el portal del castillo provisto de un mazo de considerable
tamaño. El rey se fue galopando hacia el caballero y le desafió.
Pero a medida que se fue acercando al caballero, el rey Arturo vio que
el hombre era un gigante. Era tan alto como dos jinetes valerosos y su
cara tenía una expresión feroz. El gigante miró al
rey con desprecio, empuñó su espada y su lanza y se comenzó
a reír.
-Tú eres mi prisionero -dijo-. Pero dado que eres
el rey te ofreceré una oportunidad para quedar libre. Si en el plazo
de un año encuentras la solución a mi acertijo, te dejaré
ir.
-¿Acertijo?-preguntó el rey-.Cuéntame
el acertijo.
-El acertijo es el siguiente: ¿Qué es lo
que más desean todas las mujeres?-respondió el gigante-.Preséntate
en este mismo lugar y desarmado dentro de un año a partir de hoy.
Si no tienes la respuesta serás mi prisionero. Y con otra sonora
carcajada hizo girar su caballo y se fue galopando hacia el interior de
su lúgubre castillo.
El rey Arturo volvió a través del bosque
cavilando sobre el acertijo y con el miedo en el cuerpo. Cuando llegó
a la corte contó a sus caballeros todo lo que había pasado.
Cuando tuvieron noticia de que el rey sería aprisionado en caso
de no resolver el acertijo, los caballeros comenzaron a buscar de una punta
del reino a la otra, preguntándole a todo el mundo la solución
del mismo. A lo largo de sus múltiples viajes escucharon muchas
respuestas.
-Joyas brillantes-contestó un hombre. Vestidos
de seda, dijeron otros. Y cuando los caballeros le llevaron esas respuestas
al rey éste supo, de algún modo, que ninguna de ellas era
la correcta.
Pasó un año y, tal como había prometido,
el rey Arturo tenía que volver al castillo situado en la orilla
del lago helado. Iba cabalgando lentamente y se encontraba muy alicaído.
De repente, una voz gritó:
-¿Por que está tan triste, milord Arturo,
el rey?
Miró hacia arriba y vio a una mujer delante suyo,
sentada sobre un tronco. Tenía la nariz retorcida, la piel cubierta
de manchas repulsivas y el pelo enredado y apelmazado, y el rey pensó
que era la mujer más fea que había visto en toda su vida.
-¿Porque está tan triste, milord Arturo,
el rey?-repitió la señora fea.
La señora sabe mi nombre, pensó el rey
sorprendido. Temía que hubiera detectado en su expresión
lo fea que la encontraba. Tuvo el detalle de mirar en otra dirección
cuando le respondió:
-Estoy triste porque tengo que responder una adivinanza-dijo-o
seré prisionero de un caballero gigante.
-¿De qué se trata el acertijo?-preguntó
la señora fea.
-¿Que es lo que más desean todas las mujeres?
La señora fea se echó a reír.
-Éste si es fácil-le dijo.
El corazón del rey comenzó a latir fuerte.
-Dígame la solución, milady-le dijo-y le concederé cualquier favor que me pida.
-¿Cualquier cosa que pida? -preguntó la señora y esgrimió una sonrisa asquerosa.
El rey Arturo volvió a mirar, prudentemente, en
otra dirección cuando contestó:
-Cualquier cosa, señora-
-Entonces deje que le susurre la respuesta al oído-dijo
la señora, y el rey se bajó del caballo, escuchó y,
acto seguido, sin mirarle todavía a la cara, le dio las gracias
y se fue cabalgando.
El rey llegó rápidamente al lago helado,
donde vio al caballero gigante cabalgando hacia él proveniente del
castillo sombrío.
-Bueno pues, milord rey-dijo el gigante entre risas-,¿me
ha traído la respuesta a mi acertijo?
Y el rey le dio la respuesta que la señora fea
le había susurrado.
El gigante estaba furioso.
-¡Tiene la respuesta! ¡Sólo existe
una persona que la sabe! ¡Mi hermana! Ella se la debe haber dicho.
E hizo girar su caballo y desapareció,mientras
su rugido furioso retumbaba en el bosque.
Ahora le tocaba reír al rey Arturo. Se fue cabalgando
hacia el tronco donde todavía permanecía sentada la señora
fea.
-Dígame, milord rey-dijo con su fea sonrisa-, ¿fue correcta mi respuesta?
-Sí lo fue, señora mía-respondió el rey-. Y ahora tal como le prometí, le concederé cualquier favor que me pida.
-Le pido lo siguiente-dijo-. Pido que Gawain, el caballero
más cortés, valiente de toda Inglaterra se convierta en mi
marido.
El rey se quedó perplejo y horrorizado.
-Señora, por mucho que sea el rey, no puedo obligar a Gawain a casarse en contra de su voluntad.
-Me dio su palabra-dijo la señora fea-. Ahora ve
en busca suya y me lo traes.
Arturo volvió cabalgando a través del bosque
hacia la corte, otra vez con el ánimo por lo suelos. Cuando le vieron
llegar, toda la corte se regocijó de verlo a salvo y se aglomeró
a su alrededor preguntándole qué respuesta había sido
la correcta.
Pero el rey suspiró.
Ninguna de vuestras respuestas fue la correcta-dijo. Y, a continuación les contó la historia de la señora fea y su respuesta, y el favor que le había pedido a cambio.
-Me casaré con esa señora, tio-dijo Gawain tranquilamente, porque no sólo era el caballero más cortés y valiente de toda Inglaterra, sino también un sobrino abnegado.
-Lo haré por usted.
Y el rey le contó detalles sobre la nariz retorcida
de la señora, su piel cubierta de repugnantes manchas y su pelo
enredado y apelmazado, pero Gawain insistió.
-He decidido casarme con ella-dijo-por amor a usted.
Y se fue hacia el bosque donde encontró a la señora
fea sentada encima del tronco. Se quedó tan perplejo al ver su cara
que no le salía palabra alguna. Parecía incluso más
horrorosa de lo que su tío le había dicho.
Pero entonces recordó que había dado su
palabra al rey. Y por lo tanto, alejando la mirada cuidadosamente de la
cara de la señora, hizo una reverencia delante de ella y preguntó:
-¿Señora, desea ser mi esposa? - Y ella
aceptó.
Gawain y la señora se casaron en la abadía
de Carlisle. Todo el mundo lo festejó y bailó y, a continuación,
los invitados condujeron a sir Gawain y a la señora fea hasta la
cámara nupcial y cerraron la puerta detrás de ellos. Ahora,
los dos estaban solos. La señora le sonrió a su marido y
el respondió con otra sonrisa y un suspiro. Pensando que todavía
tenía un aspecto horripilante, la cogió en sus brazos, cerró
los ojos y la besó.
Cuando Gawain abrió sus ojos encontró en
sus brazos a la chica más hermosa que había visto nunca.
Sus ojos brillaban como piedras preciosas, su piel resplandecía
y su pelo se rizaba alrededor de su cara.
Gawain se quedó estupefacto.
-Ahora has roto la mitad del hechizo-dijo la señora-. Mi madrastra me echó el hechizo de que sería horrorosamente fea hasta que encontrara a un buen marido. Ahora te tengo que ofrecer una alternativa. ¿Qué prefieres, Gawain, que yo sea la señora fea de día y guapa de noche? ¿O de aspecto agraciado de día y horripilante de noche en nuestra cámara nupcial?
Gawain permaneció en silencio.
-Te preferiría fea de día y-comenzó-. No, hermosa de día y ...¡no!
Y pensó y pensó sobre la elección
que debía tomar hasta que, finalmente, suspiró:
- No puedo tomar esta decisión por ti, mi querida
esposa-dijo por último-. Debes elegir tú misma.
Y entonces, la señora sonrió de todo corazón
y cogió sus manos entre las suyas.
-Has roto el maldito hechizo en su totalidad-dijo con
alborozo-; de aquí en adelante siempre seré, de día
y de noche, tal como me ves ahora. Libremente has dado la respuesta al
acertijo que mi hermano impuso al rey: ¿que es lo que más
desea una mujer? Y la respuesta es: la capacidad de poder elegir lo que
ella quiera.
Y a partir de ese día, sir Gawain y la hermosa
señora vivieron juntos y fueron muy felices.
-----Mensaje original-----
De: Elias Benzadon [mailto:datolibros@yahoo.com]
"EL EMPERADOR Y LAS SEMILLAS DE FLORES"
En un remoto reino, hace muchos años, la guerra
había desangrado el país y la última batalla acabó
con la vida del emperador. La población quería una vida de
paz y exigió al Consejo del Reino, que elevaran al Trono a alguien
verdaderamente amante de la vida.
En el Consejo estuvieron pensando y pensando ¿cómo
hacer esta selección tan delicada? Decidieron convocar al pueblo
para que seleccionaran una persona joven y de buena salud, que consideraran
la mejor para ocupar el Trono.
A los pocos días, cientos de jóvenes fueron
llegando al palacio real. En un pueblito lejano de las montañas
se encontraba Isabel, una joven pastora que ese pueblo había seleccionado.
Isabel, a punto de partir, dijo a sus padres:
-Yo no quiero ser la futura emperatriz, ¿qué
haré yo como emperatriz?
-Hija, nuestro pueblo cree que tú nos conducirás
a una vida de paz -respondió su madre-. Pero la decisión,
de ir o no ir, la tienes que tomar tú.
Y así lo hizo. Ya que Isabel amaba mucho a la
gente, decidió aceptar el pedido de su pueblo y viajar a la corte.
Entonces emprendió un largo y peligroso viaje, atravesando ríos
y bosques, hasta que llegó al palacio real. Una vez allí,
no se encontró sola. Estaban ya miles de muchachos y muchachas de
todo el reino, reunidos en el gran Salón del Trono.
El Consejo del Reino les dio la bienvenida y su portavoz
les dijo:
- Cada cual va a recibir una semilla. La plantará
y la cuidará con su propia mano en la tierra de su pueblo natal,
y cuando venga la primavera, nos reuniremos de nuevo aquí, cada
cual con su planta crecida en una maceta. Quien tenga la planta con la
flor más hermosa, será quien ocupe el Trono.
Muchachos y muchachas formaron filas ante cada integrante
del Consejo, que fue repartiendo a cada cual la semilla que tenía
que plantar. Isabel tomó su semilla y con mucho cuidado se la guardó
y emprendió el camino de vuelta a casa.
Una vez en su pueblo, Isabel plantó la semilla
en una maceta con la mejor tierra de sus montañas y la regó.
Los días pasaban, pero en esa maceta nada aparecía. La regó
y esperó, pero los meses pasaban y nada sucedía allí.
Añadió nueva tierra, la abonó y regó, la cambió
de lugar, le cantó y animó, pero nada. No brotaba nada. Isabel
ya no sabía qué más hacer, y la semilla no respondía.
Cuando por fin llegó la primavera, ella sabía
que era hora de realizar de nuevo el largo viaje hacia el palacio real.
Pero también sabía que no valía la pena ir, porque
de su maceta no había brotado ni una sola flor. Por una parte, se
alegraba, porque ella no tenía deseos de cambiar su vida sencilla
por la de una Emperatriz. Pero estaba a la vez con pena porque temía
dejar en mal lugar a su pueblo natal. Decidió consultar a su pueblo,
mostrándole su maceta:
- Querido pueblo, la vez pasada acepté su nombramiento
por el amor y respeto que les tengo, para dar a conocer todo lo bello y
bueno que el país tiene en ustedes y en estas hermosas tierras.
Y fui a palacio, a pesar de que no quería cambiar mi vida entre
ustedes por la vida de Emperatriz. Pero esta vez ¿qué sentido
tiene ir? Vean mi maceta: no tiene ni siquiera una flor. Si voy, les dejaré
en mal lugar.
El pueblo inmediatamente hizo corrillos para discutir
entre ellos qué responder a Isabel. Luego empezaron a expresar sus
conclusiones:
- No tengas vergüenza en ir, querida Isabel. Nuestro
pueblo nunca ha pretendido ser mejor que otro. Sólo somos un pueblo
hermano de otros pueblos que quiere compartir con ellos su búsqueda
de paz, no quedarse al margen -dijo una anciana.
- Debes ir, Isabel. El cielo querrá que sigas
viviendo en nuestra aldea, pero faltar a la cita nos dejaría en
peor lugar que llegar con la maceta sin florecer -dijo Fernando, un adolescente
que sentía un gran cariño por Isabel. En todo caso, la decisión
es tuya.
La mayoría respaldó estas conclusiones
e Isabel se pasó la noche reflexionando. Al amanecer, decidió
coger la maceta e ir a la cita en el palacio.
¡Qué maravillosa escena había cuando
llegó al gran Salón del Trono! Los muchachos y muchachas
estaban otra vez allí, frente al Consejo del Reino, pero ahora con
sus macetas repletas de hermosas flores. Si una flor era bella, la otra
aún lo era más.
El Consejo se desplazó por el salón para
examinar las macetas, una a una, y tomar su decisión. Cada integrante
iba alabando a los muchachos y muchachas que saludaba, por las hermosas
flores de sus macetas. Así pasaron horas y horas en ese gran salón
resplandeciente de flores y de la emoción de los corazones juveniles
con la expectativa del trono.
Isabel casi ni se veía entre todos, triste porque
su maceta no estaba florida. Las consejeras y consejeros iban terminando
su recorrido y se reunían para conversar entre sí.
Uno de los sabios llegó al final de su recorrido
a divisar la maceta de Isabel, quien cabizbaja, ni le vio regresar en silencio
a reunirse con los demás. Seguía con los ojos bajos cuando
el sabio regresó de nuevo, esta vez seguido de todo el Consejo,
y le dijo:
- Amada niña, tú vas a ser nuestra Emperatriz.
Isabel levantó la vista para ver a quién
habían elegido y vio que el Consejo en pleno la rodeaba a ella,
y en sus rostros brillaban sonrisas de afecto y dicha.
Pero, si mi maceta no ha florecido, y el Consejo dijo
que el Trono lo ocuparía quien tuviera la flor más hermosa
- dijo suavemente Isabel.
Así fue, como dices -respondió el sabio
-. Pero todas las semillas que repartimos estaban tostadas y ninguna podía
florecer. Queríamos asegurarnos que el Trono lo ocupara una persona
honesta, y por tu honestidad el reino te necesita como Emperatriz.
José María García Ríos
(del cuento "El emperador y las semillas de las flores"
La honestidad es una virtud que todos los seres humanos valoramos. Nos gusta que nos sean honestos en todos los sentidos. Nos gusta que se nos trate con honestidad cuando hacemos un negocio, cuando se nos ofrece un trabajo, cuando se nos expresa un sentimiento; en fin, en todo. Pero, lamentablemente, esa virtud escasea en estos días en que el mundo parece moverse por otros valores. Se admira al que se enriqueció merced a un negocio fraudulento y se tilda de tonto al que devuelve algo que encontró. Se admira al que a fuerza de mentiras logra convencer a los demás y se mira con desdén al que se maneja a ultranza con la verdad. Es raro... tanto han cambiado los valores que a la honestidad, más que una virtud, se la considera una estupidez. El honesto es considerado idiota; y el corrupto, un paradigma. Pero han de tener cuidado los que admiran a los deshonestos...porque también pueden ser víctimas de ellos. Y entonces van a maldecir lo que admiraban. Por eso, la deshonestidad, como todas las acciones viles, debe ser condenada... siempre. Creo que en estos tan difíciles días que corren, en todo el mundo, tan castigado por la corrupción de los políticos, la corrupción económica, el monetarismo deshumanizante, el individualismo, y tantos otros males, debemos rescatar y revalorizar las virtudes elementales de las personas; esas que incorporamos desde pequeños y que creíamos que eran la única verdad y la única forma de manejarse con nuestros semejantes. La honestidad es una de ellas. Practiquémosla... y reclamémosla y busquémosla en quienes nos rodean. Si no... es mejor alejarse.
GRACIAS FREDDY!!!!
"ViTaMiNaS PaRa eL AlmA®"
gladyses@ciudad.com.ar