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Ponencia
presentada al Seminario Apuntes en relación
a; "Si fuera necesario dar una definición lo más breve posible del imperialismo, debería decirse que el imperialismo es la fase monopolista del capitalismo. Una definición tal comprendería lo principal, pues, por una parte, el capital financiero es el capital bancario de algunos grandes bancos monopolistas fundido con el capital de los grupos monopolistas de industriales y, por otra, el reparto del mundo es el tránsito de la política colonial, que se expande sin obstáculos en las regiones todavía no apropiadas por ninguna potencia capitalista, a la política colonial de dominación monopolista de los territorios del globo, enteramente repartido." / V. I. Lenin Advertencia: El
Imperialismo post “11/9” y el papel Más allá de los verdaderos
entretelones del suceso que puso a la opinión pública mundial (una vez más)
a merced de la propaganda imperialista, es indudable que existe un antes y
un después de la caída de las “Twin Towers”. Desde ese instante, y con
el ataque militar a los Talibanes, el imperio recomenzó esta vez una nueva
etapa neocolonial de dominación sustentada en la generación de marcos
supuestamente jurídicos y apoyada en el poder militar; esta etapa se ha expresado violentamente contra los pueblos del mundo, en
una correlación en la cual ya no existe el contrapeso de un sistema
socialista y solamente (de manera exigua, inarmónica e insuficiente) es
combatida por focos aislados de resistencia enfrentados a la intención
hegemónica de la Casa Blanca y el Departamento de Estado y más o menos
comprometidos estratégicamente con el socialismo; estos focos, de alguna
manera, conforman el difuso polo antagónico al imperio más poderoso y
bestial de la historia de la humanidad. En este estado
de situación cabe analizar si es posible desarrollar una estrategia a
escala mundial de intención revolucionaria que opere en franco
enfrentamiento con la del imperio o si, por el contrario, el camino es
conformar regionalmente alternativas de resistencia, de lucha y programas
que pongan a los pueblos de pie y en combate abierto contra el enemigo
principal y fundamental. De igual modo es necesario, antes de responder
cuestiones como la planteada, visualizar si en esta etapa de mundialización
y envalentonamiento imperial, no cabe plantearse dar una lucha frontal
contra el capitalismo como sistema global, evitando replantear estrategias
de liberación en el marco nacional. De las respuestas a estas interrogantes
se obtendrán las líneas de trabajo para el desarrollo de las estrategias
populares de combate. APORTAMOS
(APOSTAMOS) ALGUNAS IDEAS Lenin, profundizando la afirmación del acápite, afirma en
relación al imperialismo: “Como
hemos visto, la base económica más profunda del imperialismo es el
monopolio. Se trata de un monopolio capitalista, esto es, que ha nacido del
seno del capitalismo y se halla en las condiciones generales del mismo, de
la producción de mercancías, de la competencia, en una contradicción
constante insoluble con dichas condiciones generales. Pero, no obstante,
como todo monopolio, engendra inevitablemente una tendencia al estancamiento
y a la descomposición.” [1] Una vez más los hechos históricos han confirmado los análisis
del teórico; pero sucede que el citado teórico analiza científicamente y
de manera concreta. En este aspecto cabe entonces considerar qué
particularidad presenta el “momento” que el imperialismo nos muestra.
Preguntamos: ¿qué grado de descomposición presenta?; ¿la producción de
mercancías hoy es un rasgo principal?; la competencia, hoy, ¿cómo se
expresa? El imperialismo, en esta etapa, muestra una preeminencia a
escala mundial en la cual todos los países del planeta que se encuentran
bajo las formas de producción capitalista o, incluso, precapitalistas y/o
dependientes están sujetos directamente a las condicionantes que, desde la
“superestructura jurídica global” o desde el poder militar concreto,
los Estados Unidos de Norteamérica, imponen. Esta “mundialización”
imperialista y norteamericana es tal que Europa en su conjunto y los países
asiáticos poderosos económicamente se encuentran supeditados, justamente,
a esta política “hegemónica”. En virtud de las propias contradicciones
internas (de clase y desarrollo de las relaciones de producción) y de la
artificiosa y decadente pomposidad de la sociedad norteamericana, este
Estado, fascistizado y militarista, se apresta a controlar al mundo ya no
desde las clásicas bases corporativas y monopólicas que señalaba Lenin,
sino, de manera apocalíptica, se apresta a enmarcar en una jurisdicción
mundial toda jurisdicción regional y nacional y, por tanto, supeditar a
niveles de mayor o menor autonomía (según el peso relativo en diversos
aspectos de las diferentes naciones o bloques) al resto del planeta. Esta
brutalidad es clara señal del agotamiento ya no de la fase sino del
sistema; empero, estas señales, lejos de indicar una pronta resolución mecánica
de las contradicciones a favor de los “desarrollos nacionales” o de las
fuerzas del trabajo, nos alertan de la inminencia de situaciones de
conflicto y de guerra a niveles crecientes y de tendencia a generalizarse.
Creemos que América Latina y Medio Oriente son dos polos que expresarán
antagonismos tremendos con la estrategia mundializadora del Pentágono y,
por lo tanto, las hipótesis de confrontación violenta son las más
probables o quizá las únicas. Cabe sí, considerar particularmente -en
función de rasgos específicos regionales, locales e históricos-, si estas
confrontaciones se expresarán de Estado dependiente a Estado gendarme o
desde las resistencias regionales y locales populares hacia los gobiernos y
aparatos coercitivos de los países (pueblos) explotados. En algunos casos,
creemos que las formas se combinarán y esto se dará específicamente en
los eslabones menos fuertes de la cadena; en los francamente débiles la
segunda opción es la más probable y la que deberán aprovechar las fuerzas
liberadoras y revolucionarias clasistas para promover cambios estructurales
de perfil socialista. En la primera de las opciones se observarán
tendencias propias de los conflictos inter burgueses o, en muchos casos,
podrán devenir en conflictos de clase dependiendo de la correlación de
fuerzas al interior de cada realidad concreta. Por otra parte, en la segunda
de las opciones (la que nos debe interesar particularmente y ejemplificamos
en los casos de Venezuela, Bolivia, Haití, Puerto Rico) es imprescindible
comprender que estos conflictos son, esencialmente, de una potencialidad
revolucionaria magnífica y, desde nuestra visión y posicionamiento de
clase, estos conflictos deberán articularse regionalmente en una dirección
liberadora y socialista, ya no en la vieja tesis de “liberación
nacional”, concepto ambiguo, “inocuo” y que las burguesías nacionales
y las pequeño burguesías latinoamericanas de estas economías deformes y
dependientes han utilizado siempre como alternativa de sobrevivencia del
sistema y por ende, de permanencia y reacomodo de sí mismas. Todo conflicto
contra el imperio, en esta etapa mundializadora, debe articularse desde una
perspectiva revolucionaria que ponga en el orden del día la construcción
de una sociedad socialista, más allá del grado de deformación y retraso
que existan en las bases materiales y en las relaciones de producción. En
el caso particular de nuestra comarca y la región inmediata, estas bases y
las riquezas de materias primas y recursos naturales son tales, sumado al
grado de desarrollo de las formas políticas democrático-burguesas que,
plantearse o replantearse estrategias de liberación nacional significaría,
en esta etapa concreta, una vacilación histórica. Afirmamos que estamos en condiciones, en la sub región y
en la región, de establecer estrategias por el poder en función de una
visión clasista y desde la perspectiva de la construcción de economías
proto-socialistas aún en los casos de menor desarrollo de las condiciones
materiales básicas indispensables. La clave para esto es repensar, desde
una perspectiva de Federación Americana, la estrategia continental para
articular las luchas tácticas regionales y locales (desiguales y
combinadas) y, de igual manera, desarrollar gérmenes de poder y de
relaciones de producción no capitalistas a partir de las geografías y
experiencias históricas de nuestros pueblos. Un socialismo sustentado en el
aprendizaje de las luchas históricas contra los viejos imperialismos parirá
la victoria contra el imperio mundializador. Si el imperio mundializa, la
lucha debe mundializarse y nuestra tarea es regionalizarla. La cuestión de
generar dos, tres, cuatro Vietnam hoy debe leerse en clave de crear focos
antimperialistas en América que propicien a escala continental una misma
lucha contra el capitalismo. Sólo llevando adelante esta tarea
salvaguardaremos la resistencia en Irak; evitaremos una escalada contra Irán;
defenderemos a Cuba, preservaremos el desarrollo del proceso Bolivariano y
empujaremos las luchas en Colombia, Bolivia, etc. Las tareas centrales de
nuestra acción en tanto pueblo de un pequeño Estado peón del imperio debe
ser el de favorecer la estrategia regional; la manera concreta y óptima de
ejercer este trabajo es, desde la táctica, vertebrar una lucha que
cuestione, a la vez, el papel del gobierno y su rol pro imperial. De esta
manera, simultáneamente desarrollaremos dos tácticas, una regional de carácter
federal y liberadora y una local anticapitalista que, en virtud del
desarrollo de las contradicciones y el proceso, deberemos propiciar en un
devenir ascendente que posibilite un desencadenamiento revolucionario.
Estamos inclinados a pensar (y deseamos promoverlo) que estos procesos
llevarán a la disolución de las viejas formas nacionales históricas de
nuestros Estados; por ello es que deberemos, desde el primer momento,
propender a desarrollar redes múltiples populares y extranacionales
clasistas de lucha contra el imperio y vínculos de construcción orgánica,
social-política, que posibiliten gérmenes de unidad a partir de
estrategias y programas, más allá de las hipnotizantes convenciones del
Estado nacional burgués y (necesariamente) pro-imperialista. DEL
IMPERIALISMO MONOPOLISTA En el umbral del siglo y a la luz del agotamiento del
sistema capitalista, que es también y de igual manera -producto de su
irracionalidad- el agotamiento de los recursos energéticos, naturales y
ambientales, cabe comprender que todo proyecto de desarrollo sustentable,
racional y armónico debe ser concebido desde una visión abarcativa que se
sustente a escala planetaria y se enmarque en políticas de desarrollo que
se apoyen en el único factor de cambio real que permanece visible. Este
factor es la fuerza de trabajo y esta fuerza debe potenciarse en unas
relaciones de producción socialistas ajustadas a la actual situación de
deterioro del ecosistema. Significa esto que enfrentamos, al menos, dos
problemas de magnitud gigantesca. El primero es obvio y se evidencia en la terminalidad de la
fase imperialista, terminalidad que definimos como
“mundializadora-militarista” y que nos coloca ante la contradicción
“socialismo o muerte”. Significa esto que: de no lograr enfrentar y
vencer al imperio, al capital y a su escalada guerrerista, el desenlace es
fatal. Este desenlace a corto plazo se llamará sometimiento,
neocolonialismo, extinción de soberanía y desaparición de pueblos
enteros. Al largo plazo (no tan largo en términos históricos) el fatal
desenlace se expresará en el agotamiento del planeta, de sus recursos, en
la existencia de regiones de condiciones infrahumanas de habitabilidad y en
una marginalidad a escala mundial jamás concebida, donde una “supra-élite”
dominará desde un gobierno mundial virtual cobijado en un “oasis” a
salvo del deterioro creciente del planeta. Esta visión, como expresáramos líneas atrás, apocalíptica,
desgraciadamente está lejos de ser fantasiosa. El cambio climático, la
deforestación, el debilitamiento de la capa de ozono, el agotamiento de los
hidrocarburos, la creciente falta de agua dulce en vastas regiones del
planeta, la polución gigantesca de la atmósfera, la degeneración genética
provocada en vastas especies vegetales y animales, la profusión de nuevos
virus y bacterias que amenazan la integridad de la salud humana, demuestran
(junto con la miseria y marginalidad creciente de centenares de millones de
seres) que, lejos de lo que se ha intentado expresar desde la propaganda
pornográfica imperialista, el sistema que ha probado su imposibilidad y su
fracaso es el capitalista. Este capitalismo y cualquier capitalismo, más
allá de la fase, es responsable de lo señalado en este párrafo; seamos
claros: no hay salida en el marco capitalista, no es posible revertir el daño,
ni desandar el camino, ni regenerar el sistema. ¿QUÉ
HACER? La
actual coyuntura, a escala local, nos desafía de manera tremenda aunque nos
brinda las pistas para articular las estrategias necesarias para destrabar
la situación de inmovilismo en la que se halla el pueblo en esta hora de
entrega “progresista”. Estas pistas se sustentan en los aspectos
vinculados a la soberanía y la preservación del territorio y sus recursos.
Cabe sí, aspecto central, retomar desde el marxismo un discurso y una acción
que exprese que la soberanía debe concebirse desde posiciones clasistas y
que las cuestiones ambientales no son ajenas a un posicionamiento en tal
sentido. Significa esto que desde el artiguismo, desde una visión
reivindicativa del programa fundacional de la unidad de la izquierda de los
setenta y en la profundización de las aptitudes y actitudes democráticas y
autogestionarias desarrolladas en el seno del pueblo se encuentran tres
claves a desarrollar en la formulación de un camino de transformación.
Pero esta transformación, si es consecuente con la esencia del ideario
artiguista, con el profundo sentido antimperialista del programa del 71 y
con el potencial organizativo de nuestro pueblo, no puede quedar atrapada en
concepciones democrático-burguesas, en intentonas electorales o en
perspectivas de liberación nacional. Afirmamos que, en función de la
realidad mundial y regional y del grado de desarrollo de nuestra base
material es viable pretender una estrategia unitaria de perspectiva
socialista y que tenga por objetivo la cuestión del poder para la clase
trabajadora. Para esto debe apelarse a esa memoria histórica y al reflejo
de clase adormecido por décadas de alejamiento del pensamiento y la acción
signada por la teoría revolucionaria. La vigencia del marxismo, la vigencia
del leninismo, no han sido cuestionadas por el desarrollo concreto de los
procesos históricos. Éstos, pese a lo que se ha pretendido, incluso con la
caída del “campo socialista”, confirman la validez del cuerpo teórico
que nos han legado los socialistas científicos. La
cuestión central en la hora actual para las fuerzas sociales y políticas
de izquierda revolucionaria es desarrollar una estrategia unitaria; para
ello, debe darse una necesaria discusión acerca de las vías que, a nuestro
modesto entender, no son (no pueden ser) de aproximación. Las vías que
deben discutirse y acordarse deben partir de la premisa básica que en la
actual fase “mundializadora” el imperio bestial no cederá ni una pieza
en el tablero sin dar batalla, no entregará una posición en el terreno sin
cobrar víctimas, no regalará sus espacios de influencia y poder sin poner
en juego todo los recursos. Consecuentemente
con estas afirmaciones corresponde desarrollar en el seno del pueblo una
vasta y profunda alianza antimperialista que perfile el carácter
anticapitalista de la lucha. Hoy ya no hay espacio para ser consecuentemente
antimperialista sin ser activamente anticapitalista y de igual modo, es
imposible concebir que al sistema se lo suplanta con amabilidad y cortesía.
Las estrategias regionales y locales por tanto se deben imbricar, deben
efectivamente aceitarse mecanismos de acuerdo estratégico, debe perfilarse
a partir de la síntesis programática una vanguardia regional colectiva
que, en la más amplia autonomía táctica, permita desarrollar luchas que
posibiliten pasar de la actual situación de inercia inmovilista a una
defensiva táctica de cuestionamiento y en el afianzamiento de los espacios
de descontento popular se desarrolle el germen que devenga en capacidad de
acción ofensiva táctica, sustentable, sostenible y creciente. Nuestro
pueblo es capaz, ya lo ha demostrado; pero lo ha demostrado cuando las
organizaciones políticas de vanguardia han estado a la altura del momento
histórico. En
consecuencia afirmamos que es menester renunciar a planteos perfilistas, a
sobrevivencias grupales o a reacomodos electorales. Ha llegado la hora de la
revolución en nuestras tierras, querámoslo o no, es así; el proceso está
abierto, el imperio y el “progresismo” nos empujan en ese camino. La
tarea para los militantes políticos de esta tierra es discutir las
estrategias para hacer la revolución y construir el socialismo. En esa
tarea Marx, Engels, Lenin, Mariátegui, Mao, Guevara, tienen un papel
central en el aspecto vinculado a la praxis; de igual modo y para no repetir
errores de otras experiencias, Artigas, Bolívar, Martí y las culturas de
los pueblos indo-americanos deben iluminar esa teoría, la cual, como la
arcilla, cobrará forma con las manos del gran artista que es el pueblo
irredento, insumiso e incapaz de claudicar. ·
[1]
(tomado del Capítulo VII. EL
IMPERIALISMO, COMO FASE PARTICULAR DEL CAPITALISMO, página 127) Alejandro García Ruiz |