Publicado en "NUEVA TRIBUNA"

Exhumación de un proyecto traicionado

DERROTA, REPLIEGUE Y REFLUJO

El 27 de junio de 1973 nuestro pueblo, y por ende nosotros en él, sufrimos una derrota histórica de magnitud colosal. Con ella se proyectan hasta nuestros días las consecuencias intactas de un sistema, un proyecto y un modelo de explotación, expropiación y entrega que se apoya en un paradigma “democrático”, unas formas jurídicas “imparciales” y unas relaciones sociales “justas”. En ese brete democrático-burgués hemos quedado empantanados fruto: a) de la falta de unidad operativa política y político-militar y, a su vez programática de contenido clasista y revolucionario en los sesenta *[1]; b) de la ausencia de una convicción popular de resistencia y lucha sostenida de igual perfil en los setenta; c) de la predominancia de una claudicante y timorata actitud política pactada en los ochenta y, d) de la hegemonía de una opción oportunista y reformista de entrega al progresismo renovador de los noventa. Conclusión: aquellos polvos, más las aguas del tiempo, han dado en entregarnos a estos lodos.

Nos encontramos hoy, ahora, en este momento, frente a una encrucijada histórica que nos pondrá nuevamente en la senda trazada o nos arrojará al más oscuro rincón de la obsolescencia.

COYUNTURA FÉRTIL versus SUPERPOSICIÓN DE TÁCTICAS

Un momento como el que vivimos, una coyuntura como la actual, debe obligarnos a un esfuerzo en el análisis mayor al que observamos; nos exige aproximar unas caracterizaciones justas del escenario, de las relaciones entre los actores políticos y las clases a las que representan, al justo equilibrio entre los poderes externos e internos y a las contradicciones (si es que existen) que pueden visualizarse en la fuerza política Frente Amplio y su gobierno entreguista. De igual manera, nos obliga a un esfuerzo serio en la búsqueda de puntos de encuentro en aspectos medulares para la necesaria elaboración estratégica. Estos son, en nuestro humildísimo entender, algunos aspectos centrales a considerar en ese sentido.

No es concebible, (para nosotros) en esta etapa imperialista-mundializadora, proponer una alternativa de “liberación nacional” en el marco que nos entrega, de manera hipnotizante, la concepción nacional-chauvinista imperante en nuestra cultura. Es por ello que concebimos la lucha contra el imperio, en esta etapa, como una búsqueda de carácter regional que promueva la unidad de intereses clasistas por encima de los nacionales. Esta propuesta no es novedosa, se denomina internacionalismo; creemos que es hora de manejar esta concepción profunda y clasista como una herramienta de acción estratégica y no sólo de acción solidaria.

No es concebible (para nosotros) potenciar acuerdos, espacios, orgánicas, fuerzas, coordinadoras o asambleas que se yuxtapongan, se neutralicen, se resten y se obstaculicen compitiendo por la supremacía numérica, por la vanguardia ideológica o por la predominancia operativa. Estamos en un momento fermental, germinal y de descontento creciente en vastos sectores de nuestro pueblo que obligan a la unidad, la responsabilidad y la paciencia revolucionaria. No significa esto que nos ubiquemos en una neutra equidistancia, en un punto medio prescindente o en un limbo ingenuo donde todo es lo mismo y el debate está ausente. Nada de eso; afirmamos que nuestra ubicación debe ser fundamentada en función del avance de la toma de conciencia del pueblo y no de nuestro crecimiento orgánico, sectorial o grupal; significa que nuestro posicionamiento en los agrupamientos y espacios debe estar en función de una identidad ideológica propositiva y crítica y no de una mezquina capacidad destructiva de lo diverso y significa también (y por sobre todo) que: sabemos que no todo es lo mismo y que el debate ideológico es necesario pero también sabemos (lo hemos aprendido en décadas de lucha) que se trata de que las fuerzas que serán motor del cambio también lo comprendan y que esta lucha de ideas aporte al conjunto y no sólo a nuestro pequeño redil, chacra o como queramos llamarle.

Se desprende de estas afirmaciones precedentes que concebimos el momento como de necesario equilibrio en el marco de la contradicción unidad-diversidad y dado el proceso de desarrollo de esta contradicción, por el momento, no la visualizamos como antagónica. En lenguaje criollo: las “Asambleas Populares” pueden ser un espacio válido, rico, fermental si se conciben como un nivel de acuerdo básico sin exclusiones a priori; las coordinaciones políticas son unas instancias orgánicas necesarias e imprescindibles si respetan las autonomías tácticas; el movimiento popular, social, sindical, barrial y alternativo, de igual modo, es pieza angular en el proyecto a construir por todos. Quien deconstruye contribuye a la derrota; quien teje, organiza y une, contribuye a la victoria.

CLASISMO Y UNIDAD DE ACCION

Un proyecto mutilado, abortado y traicionado como el de los sesenta, debe analizarse con objetividad y a la luz de la realidad mundial, regional y sub-regional actual; la tarea para la izquierda revolucionaria en este momento en nuestras comarcas debe ser la de unir fuerzas de perfil antimperialista y anticapitalista capaces de generar focos de intención combativa frente al imperio y el capital. Es menester en este sentido que afirmemos (con honestidad y frontalidad) que encontramos profundamente equivocada cualquier hipótesis de trabajo que genere expectativas de cambio en las correlaciones de fuerzas en el gobierno, en la fuerza Frente Amplio o que promueva acciones de trabajo en pos de “torcer” la línea económica del gobierno. Este gobierno, que si alguna fortaleza posee debemos encontrarla en la conducción económica, se encuentra sujeto a y por una estrategia vinculada con lo trazado desde el imperio hace décadas en los documentos de “Santa Fe”; estos lineamientos estratégicos globales y generales definen con claridad, ya no lo que harán las diversas administraciones sino, lo que debe perfilarse desde los “gobiernos permanentes”, las superestructuras institucionales, jurídicas, culturales, etc., en los diferentes escenarios. El gobierno “entreguista-frenteamplista” sigue al pie de la letra estos lineamientos; pretender que se aparte de la línea económica trazada es creer que se maneja con autonomía, lo cual es negar por derecha lo que se afirma por izquierda. Este gobierno no modificará su “línea” económica hasta y mientras no se le enfrente un polo orgánico social-político capaz de torcerle el brazo; cuando esto suceda estaremos hablando de otra coyuntura. Estamos en otro momento de nuestra tarea y la diversidad de tácticas y la difusa unidad nos llevan a considerar que estamos lejos de ello. Se requiere por lo tanto desprendimiento en el sentido de conformar espacios de elaboración estratégica y acuerdos programáticos tendientes a posibilitar la confluencia de los citados espacios sociales y políticos que articulen las fuerzas motrices del cambio que, para nosotros debe ser, en el mediano plazo, de carácter revolucionario y en el corto plazo, liberador.

La unidad en la fermental hora que vivimos no puede estar concebida de igual manera que en décadas anteriores; no puede ser una sumatoria mecánica, cuantitativa, poli clasista o amorfa. Por el contrario; esta necesaria unidad, que visualizamos desde la estrategia y el programa, debe anclarse irrenunciablemente en la clase objetivamente explotada, expoliada y marginada por el sistema -ya no por el modelo- y por tanto debe, esta muchedumbre, devenir en conformación orgánica y sujeto de cambio. Para ello es necesaria la organización política de vanguardia.

¿QUÉ VANGUARDIA, QUÉ ORGANIZACIÓN?

La relación compleja y dialéctica entre la citada “muchedumbre”, los espacios sociales y las orgánicas políticas debe analizarse desde un posicionamiento histórico concreto, de clase, militante y en función de un objetivo. En otras décadas el carácter de la vanguardia política era concebido como la organización que “desde arriba” sintetizaba y realizaba desde su acción lo que la “masa” necesitaba. Desde una mala lectura del “Qué hacer”, intencionada unas veces, torpe otras y a partir de la caricatura sectaria en la que cayeron incontables organizaciones en otras décadas en nuestro continente y nuestra comarca, se ha dado en creer -y a veces promover- que no es necesaria la organización política y por tanto se reniega de la necesidad de una vanguardia. Estamos persuadidos de insistir en la vigencia y necesidad de la organización política de vanguardia y, por ello, es que nos atrevemos a lanzar algunas ideas en el sentido de desarrollar líneas de pensamiento colectivo en la dirección de reelaborar este aspecto medular del proceso revolucionario.

Un primer aspecto que debe considerarse es que en nuestras tierras la vanguardia será colectiva o no será; significa esto que las organizaciones dispuestas a la lucha final deberán procesar acuerdos estratégicos, programáticos y operativos en la dirección unitaria que perfile la ruta de navegación. Un segundo aspecto que nos atrevemos a lanzar a debate es que dicha vanguardia será tal si es capaz de interpretar con acierto y no de dirigir con rigor, y este concepto de interpretar lo consideramos en el sentido de captar la “línea” en el pulso de la muchedumbre y recrearla superadoramente. El “partido” (o como queramos llamarle) como concepto, debe afincarse en una nueva modalidad de inserción y trabajo; esta modalidad debe evitar el oportunismo y el seguidismo que puede surgir de esa acción interpretativa de dicho pulso pero, de igual manera, exige evitar el voluntarismo y el aparatismo que surge de la “intromisión” del partido en los “asuntos” de las organizaciones sociales. La manera de hallar síntesis para esta situación contradictoria surge de una gran inserción horizontal de los miembros de esa vanguardia en todo el terreno de operaciones. La única manera posible se basa en esa colectivización del trabajo de vanguardia. Vanguardia de un “abajo” que trasmite directamente a un “arriba” que es tal a partir de la correcta síntesis de la colectivización unitaria y responsable de todos los elementos de análisis objetivos y concretos en un momento y situación dados.

Es imprescindible redimensionar la relación entre los movimientos sociales y las organizaciones políticas; es menester comprender asimismo que el centralismo democrático es la única forma eficaz de funcionamiento de un colectivo dispuesto a una lucha de tal magnitud. Estos apuntes pretenden, entonces, aunque más no sea, propiciar un debate; en eso estamos.

*[1]   Las organizaciones de mayor peso, incidencia y poder transformador de la década del sesenta en nuestra tierra fueron el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros y el Partido Comunista. Estas organizaciones nunca pudieron concretar un acuerdo estratégico ni un accionar vinculado en lo táctico. En los hechos antagonizaron aunque, en lo declarativo, se manejaron con cierto respeto y prudencia. El MLN-T operó con una metodología de acción directa de carácter defensivo que nunca logró superar esa etapa propagandística. Su programa, lejos de ser revolucionario, estaba acotado a reivindicaciones radicales dentro del marco capitalista aunque contenía gérmenes antisistémicos; su componente predominante de base social pequeño-burgués significó una limitante objetiva. El PC se manejó en el marco legal con una gran inserción e influencia en la clase obrera y marcó una clara hegemonía en la CNT y la izquierda legal, asimismo su influencia en sectores de la cultura fueron significativos. Su programa inmediato antimperialista y sus objetivos estratégicos, de carácter socialista, claudicaron ante una opción revisionista y legalista que marcó su negro punto culminante el 9 de julio del 73.

Alejandro García Ruiz
Montevideo, Uruguay, 11 de julio de 2006

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