LA CRISIS INTERNACIONAL 1997-1998 Y COLOMBIA

Una tempestad derribó los precios de las acciones de las empresas en todas las bolsas de valores del mundo. El curso de este huracán bursátil comenzó en e sudeste asiático, siguió por Tokio, México, Buenos Aires, San Pablo, Santiago de Chile y Caracas, llegando a Frankfort, del Main, Milán y el resto de Europa, arrasando Moscú, para luego sacudir a Wall Street y hasta a Bogotá.

Las bolsas de Colombia han mantenido en los últimos años unas oscilaciones diferenciadas de las del resto del mundo, debido a la influencia de los dineros del narco. Puede haber auge en todo el planeta, pero Bogotá, Medellín y Cali se deprimen porque están poniendo presos a los mafiosos. O pueden subir las acciones en Colombia en medio de la depresión mundial, gracias a los dineros calientes. Pero en septiembre de 1998 también aquí cayeron las acciones y el índice de la Bolsa de Bogotá bajó de 970 a 810 en una semana, tras el crash de Moscú y New York.

La crisis de las bolsas es en realidad sólo la expresión exterior de una profunda crisis económica internacional, caracterizada por un descenso súbito de la rentabilidad de la inversión, quiebras de miles de empresas, bajas en las ventas y la producción (de más del 10% en el sudeste asiático), despidos de trabajadores y desempleo (Alemania tiene cuatro millones de desempleados, por ejemplo). Fenómenos de tal magnitud y profundidad provocan enormes conflictos políticos, caídas de gobiernos como el de Suharto en Indonesia o de los primeros ministros en Japón y Rusia, guerras como las que ocurren ahora en Africa...

Aunque a veces los medios de comunicación y los mismos economistas presentan la crisis como un asunto meramente eventual y episódico, motivado por un mal gobierno, una administración corrupta o una medida o política equivocada, la verdad está en que esta crisis económica como otras es la expresión del carácter mismo de la economía de mercado, del capitalismo, que no puede desarrollarse y sólo se desarrolla cíclicamente: todos los auges termina en crisis más o menos estrepitosas y cada recuperación sólo se produce después de una masiva destrucción de capitales, sea por la vía económica de las quiebras o sea por la vía física de la guerra. Esta ha sido y será la historia del capitalismo.

Para el capital internacional resultó especialmente importante el acelerado crecimiento económico que durante los últimos 30 años registraron los llamados Tigres del sudeste asiático. Allí los inversionistas transnacionales encontraron condiciones de excepción: salarios equivalentes a la tercera parte de los pagados en Estados Unidos, represión total a los sindicatos, posibilidad de apropiarse de tierras y territorios de indígenas y campesinos, legislación ambiental permisiva, impuestos muy bajos a las ganancias y libertad para las empresas extranjeras. Las transnacionales transfirieron a sus filiales Tigres las tecnologías de punta de las casas matrices y pudieron producir allí con los costos más bajos y tener las mejores condiciones para competir en el mercado mundial.

En treinta años los países del sudeste asiático triplicaron su participación en el total de exportaciones del mercado mundial. Al mismo tiempo América Latina disminuyó a menos de la mitad su participación, pues donde los costos de producción no se reducían al nivel de los Tigres, no se podía competir. País por país los empresarios presionaron por imponer las condiciones ventajosas que para el capital establecieron en el sudeste asiático. Se sacrificaron salarios, prestaciones sociales, jubilaciones, derechos de las comunidades y el ambiente. Fue el proceso de globalización de la superexplotación.

Pero el capital está limitado por sí mismo y llega en su ciclo a la crisis. Hay ciclos corrientes que duran de 7 a 11 años, en Colombia 8 y medio años en promedio. Además, estos ciclos se agrupan en otros de duración más larga, de unos 48 a 60 años. Durante la fase de ascenso del ciclo largo, las crisis de los ciclos corrientes son más suaves y los auges más duraderos; en cambio durante la fase de descenso del ciclo largo, los auges son suaves y las crisis y recesiones son más fuertes y duraderas. El capitalismo del sudeste asiático ha entrado en la fase descendente del ciclo largo, después de un "prodigioso" ascenso de treinta años. Es la Gran Depresión de los Tigres.

Las fases de los ciclos largos no se corresponden entre los diferentes países. Japón está también en una fase descendente que comenzó varios años antes que la de los Tigres - tal vez desde 1975 – por lo cual debería revertirse primero. Estados Unidos está en cambio en una fase ascendente después de haber vivido el descenso hasta 1983. Sin embargo en Estados Unidos repercute la crisis y es de esperar que se registre una recesión corriente, que ya se empieza a sentir especialmente en la industria aeronáutica: la Boeing despidió 6 mil trabajadores.

También las ramas industriales tiene cada una su propio ritmo cíclico de precios y rentabilidad. Así por ejemplo la industria petrolera se fortaleció durante la crisis internacional de 1975 que ocurrió entrelazada con los latos precios del los combustibles. La crisis actual se caracteriza en cambio por la caída de los precios internacionales del petróleo que ha llevado a la quiebra de las finanzas de los países petroleros como Venezuela y ha disparado la bancarrota de Rusia.

La disolución de la Unión Soviética, al lado del auge de los Tigres, era exhibida como gran trofeo histórico del capital. Pero la "economía de mercado" ha resultado en el más desaforado saqueo de Rusia, donde por cada dólar invertido por las transnacionales han salido veinte retirados por ellas mismas, por los nuevos ricos rusos y la mafia. El nuevo desarrollo del capitalismo en Rusia es una verdadera catástrofe donde lo único que sostenía al país eran las exportaciones de petróleo, cuya desgracia disparó la bancarrota.

La primera consecuencia que para nosotros tiene la nueva crisis internacional es derrumbar la ideología del "fin de la historia" que proclamó durante esta década que "el mercado", es decir el capitalismo, es la única alternativa del mundo y el neoliberalismo es el único camino. El capital ha quedado otra vez al desnudo y la imperfección del mercado es manifiesta. La necesidad de alternativas de sociedad y de economía y la necesidad de luchar por ellas es evidente.

La segunda consecuencia inevitable de esta crisis mundial es la demora de la reactivación de nuestra economía. La recesión se desencadenó en Colombia desde 1996, catalizada por la crisis política y el desbarajuste de la industria de la construcción, debilitada por el acoso a la clientela narcotraficante. Campeó el desempleo. La destrucción de capital, las quiebras empezaron a abrir paso a signos de reactivación en el primer semestre, pero ahora el espectro de crack mundial se cierne sobre nosotros.

La baja de los precios del petróleo golpea la exportación que parecía nueva bandera. Cuando Cusiana entra en plena producción viene el precio bajo, igual que cuando Caño Limón produjo al máximo. Colombia exporta cuando el mercado está mal e importa, como entre 1975 y 81, cuando el precio del petróleo está por las nubes. "Coincidencias" calculadas por las transnacionales que conocen bien los ciclos de la industria.

Más impacto negativo tendrá la situación de Venezuela, aplastada por la crisis petrolera y la corrupción de los partidos políticos principales. Para tratar de evitar la inundación de mercancías venezolanas, el gobierno Colombiano y la Junta del Banco de la República se apresuraron a adelantar la devaluación del peso, que aunque beneficia a los exportadores y protege de las importaciones, encarece el valor en pesos del servicio de la duda externa y presagia alzas de tarifas de servicios públicos y de precios de los productos de las empresas endeudadas en dólares. Más inflación.

El alza del dólar presiona sobre un alza mayor de las tasas de interés que pueden fácilmente llegar al 40 %. Los dineros, inclusive los calientes, prefieren dedicarse a comprar dólares - lo que Keynes llamaba "preferencia por la liquidez"- o se dedican a comprar tierras valorizables en áreas de megaproyectos de los capitales internacionales en busca de substituir los territorios del sudeste asiático. Fenómenos que suben y suben los intereses, refortalecen la economía del narcotráfico, la única que resiste el costo del dinero y la que ha sostenido la fase actual de acumulación de capitales en Colombia, sometiendo al país a la crisis política, el desempleo y a la prolongación de la violencia.

El alza de las tasas de interés y el consiguiente aumento de las deudas e intereses incobrables puede llevar a los bancos a la quiebra. Este es un grave riesgo, especialmente si se tiene en cuenta que, en este caso, la receta neoliberal consiste en que el Estado y la sociedad nacionalicen las pérdidas, para luego en el auge privatizar las ganancias de la banca, tal y como ocurrió con el Banco de Colombia y como hizo Pinochet en Chile. Para rescatar los bancos, los neoliberales sí piensan que el Estado debe intervenir: en México, el Gobierno tramita una ley para que el Estado pague 68 mil millones de dólares de la quiebra bancaria, más de 102 billones de pesos colombianos. Las bancarrotas bancarias, como las del sudeste asiático y México son catástrofes sociales mediante las cuales se descarga la crisis sobre la población en general.

Otro espectro es el de la crisis del fisco: El Gobierno sin un peso para inversión social, no ve más allá de las miras monetaristas y se dedica a experimentar como solucionar la crisis fiscal bajando el IVA a unos productos y colocándoselo a otros de la canasta familiar que antes estaban exentos (aceite, papel higiénico, jugos, gaseosas) y aumentando la franja de asalariados que pagan retención en la fuente. Despide además trabajadores del Estado como fórmula única para gastar menos y aumentar el desempleo.

Nuestro país podría emprender otro rumbo, si se partiera de reconocer que se necesitan cambios de fondo: una reforma agraria que entregue a los campesinos las 5 millones de hectáreas agrícolas que no están siendo adecuadamente utilizadas; una política de defensa de los recursos naturales y soberanía, a la hora de tomar las decisiones sobre ellos; la renegociación de los tratados comerciales internacionales, de manera que Colombia pueda sustituir la narcoeconomía; la reducción de la jornada laboral para aumentar el empleo; la reforma política para poner fin al fin del clientelismo y la corrupción con que la clase política saquean el Estado y un tratado de paz democrática y duradera que permita dedicar a solucionar nuestros problemas urgentes el dinero que ahora se va para la guerra.

© Copyright 1998 by Héctor Mondragón

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