LAS ESTRUCTURAS DE LA CRISIS ECONÓMICA
La producción industrial y las ventas se redujeron en Colombia en un 13 por ciento en el primer trimestre de 1999, con respecto al primer trimestre del año anterior. En el último semestre del 98 se registraron cifras similares para la construcción y se redujeron notoriamente las utilidades de los bancos. El país, como varios más sufre una crisis económica. La baja de la economía comenzó en 1996 y se agravó después de la crisis de las Bolsas de Valores en el mundo en septiembre del 98.
A pesar de la gravedad de la crisis colombiana, han sido mayores los desastres en Rusia, Indonesia, Malasia, Tailandia y Corea del Sur y lo son ahora en Brasil y Ecuador. Una fuerte recesión afecta al Japón. Según el Banco Mundial, en 1998, 36 países que representan el 40% del PIB del mundo en desarrollo y más de una cuarta parte de su población registraron una tasa negativa de crecimiento per cápita.
Puesta la gente frente a esta realidad, la mayoría de los medios de comunicación, guiados por la mayoría de los economistas, tratan de darle explicaciones circunstanciales a las crisis. Se dice que todo se debe a los malos gobiernos, a la corrupción, a la especulación en la bolsa de valores o a las manipulaciones dolosas de algunos ejecutivos de bancos. Estas explicaciones aunque digan parte de la verdad, son superficiales, porque no aclaran por qué la crisis se ha presentado en tantos países, ni por que ocurrieron crisis una y otra vez en la historia económica de este siglo.
Derrumbe del fundamentalismo de mercado
El propio Banco Mundial ha señalado que "el hecho mismo de que un número tan grande de países haya sufrido esta crisis y haya necesitado importantes medidas oficiales de rescate permite pensar que hay algunas deficiencias sistémicas fundamentales". Propone entonces controlar el flujo de capitales, las inversiones internacionales y el sistema bancario.
Es inocultable que el resultado negativo tuvieron alta responsabilidad las promociones de las recetas neoliberales, la libertad para las operaciones en el mercado de capitales, la apertura al capital extranjero, las privatizaciones y las inversiones en el petróleo y la palma africana. Los países petroleros como Ecuador, Indonesia o Rusia, encabezan hoy la lista de las desgracias.
Ante la evidencia de la situación pasó de moda el neoliberalismo. Derrotado electoralmente en los países claves: Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania; desprestigiado por el colapso de los Tigres asiáticos; agotado por la crisis latinoamericana, hoy es cuestionado seriamente por los estudios del Banco Mundial, por capitalistas como George Soros y por grandes economistas como Paul Krugman.
Se cuestionan los razonamientos económicos neoliberales y su metodología de análisis, pero además se cuestionan las bases teóricas del neoliberalismo, su concepción de la economía como si fuera una ciencia natural del siglo XIX y no una ciencia social. Se cuestiona el formalismo lógico y se pide estudiar la economía considerando la "reflexividad", la interacción de los fenómenos económicos y las decisiones políticas y la dialéctica de la realidad.
Además, en concreto, es todo el modelo de globalización el que está siendo cuestionado por la crisis y los actores. Malasia, por ejemplo ha decidido en forma por demás abrupta, desafiliarse de esta globalización y regresar al más crudo proteccionismo. La Unión Europea ratifica los subsidios agropecuarios y Estados Unidos establece una ley para restringir las importaciones de acero.
Estamos entonces apreciando el derrumbe del fundamentalismo del mercado, construido en todo el mundo durante la era de Reagan, la Thatcher, Kohl, Yeltsin, Suharto y Pinochet. Se vuelve a reconocer que el mercado no tiende al equilibrio por sí mismo y los más agudos sugieren por el contrario que la crisis es propia de él. Vuelven a proponerse las medidas de control estatal e internacional, las políticas sociales y las regulaciones de los mercados. Se reconoce cada vez más que el predominio del neoliberalismo fue el resultado de una correlación de fuerzas contraria a los trabajadores y favorable al capital financiero y no un resultado de las "leyes de la economía" y de la "ciencia económica".
De todos modos los cambios de enfoque y los remedios propuestos tienden a ser superficiales. Al fin y al cabo el neoliberalismo se diferencia del liberalismo económico del siglo XIX en proponer controles monetaristas. Un saneamiento de las instituciones de control bancario y unas normas más severas para el mismo, no están ni siquiera en contradicción con la visión monetarista más culta. Creer que evitar las crisis depende de controles adecuados del flujo internacional de capitales, supera en mucho la visión monetarista tipo Milton Friedman o "Chicago boys", pero al fin y al cabo no hace más que avanzar en el camino trazado por los liberales neos: unas normas y controles para lograr que el mercado sea la solución mágica.
Ciclos capitalistas
Si la crisis actual está marcada históricamente por el modelo neoliberal, no se puede olvidar que las crisis son inherentes a la "economía de mercado", es decir al capitalismo. El mercado es cíclicamente crítico y el capitalismo solamente se desarrolla mediante las crisis cíclicas. Esta es la realidad comprobada este siglo y el anterior.
En períodos largos de expansión capitalista, se llegó a pensar en que las crisis podrían ser eliminadas y que solamente ciertos desastres naturales, conmociones políticas o gobierno malos podrían provocarlas. Así pasó entre 1871 y 1898, entre 1958 y 1967 y entre 1982 y 1997. Estas ilusiones en la estabilidad capitalista o en "el fin de la historia", han vuelto a derrumbarse ahora.
La principal causa de las crisis hay que encontrarlas en el auge inmediatamente precedente, en el desarrollo capitalista inmediatamente previo. La circulación internacional del capital, las inversiones transnacionales, la generalización del crédito, la expansión de los mercados han mostrado ser un arma de doble filo, han reproducido las contradicciones de la economía capitalista y han destruido durante las crisis las mismas fuerzas productivas que han creado durante el auge. Lo ocurrido en el sudeste asiático y Ecuador es un ejemplo histórico en este sentido. En Rusia ni siquiera destruyeron lo que crearon, sino lo que otro sistema creó.
Evidenciar la causa de fondo de las crisis económicas en las contradicciones propias e inseparables del desarrollo capitalista plantea para los pueblos y en especial para los trabajadores de todo el mudo una doble cuestión. Por una parte la lucha contra el sistema capitalista, por sustituirlo por otro que no genere estas catástrofes económicas y por otra parte, la lucha por defenderse de los efectos de esas crisis mientras dure el régimen capitalista, por evitar que la crisis se descargue sobre la clase trabajadora, por defender el bienestar de la población y encontrar salidas que obliguen a responder a las clases dominantes por la situación.
En las actuales circunstancias, dentro de la correlación de fuerzas existente entre el capital financiero internacional y los trabajadores del mundo, resulta aun más difícil que triunfen revoluciones socialistas que antes de la revolución rusa. Aunque la organización mundial de la producción permite hoy un paso más rápido al socialismo, la realidad política lo dificulta en alto grado.
Los programas inmediatos para defender los intereses de los trabajadores y de los pueblos en la coyuntura económica y social, resultan entonces en estos momentos determinantes para avanzar y acumular fuerzas hacia nuevas situaciones revolucionarias en el mundo y hacia la realización de la lucha internacional por el socialismo.
Diversas iniciativas surgen en el ámbito internacional para que el capital responda por la crisis. Proceden algunas de los movimientos sociales y otras de la intelectualidad. Por ejemplo la "tasa Tobyn", un impuesto internacional del 5 por mil a todas las transacciones financieras. En Japón se ha logrado que el Estado emita bonos para que las gentes más pobres adquieran productos de consumo y se reactive la demanda para la industria que los produce.
Los sindicatos que habían sido declarados en vía de extinción, resurgen como el Ave Fenix y dan luchas en Estados Unidos, Alemania, Francia, Bélgica, Corea, Colombia, Ecuador..... Se multiplican así mismo los esfuerzos de coordinación y solidaridad entre quienes luchan en todo el mundo contra los planes y ejecuciones del capital transnacional, aunque aun estemos muy lejos de lograr una acción unitaria continuada y sistemática.
En el mundo de hoy, al contrario de lo que piensan algunos, la demanda de autodeterminación de los pueblos constituye un poderoso elemento de resistencia frente al gran capital internacional. Los pueblos y aun las comunidades locales, se niegan a ser objetos pasivos de los planes financieros y de inversión y se sienten como lo que son, víctimas de reestructuraciones económicas y sociales cuyos objetivos les son extraños. Esta resistencia elemental pero profunda de pueblos como los indígenas de todo el mundo, los kurdos, los vascos o los chechenos, contrasta con la sumisión a las transnacionales de estados como Turquía, Rusia, México, Argentina, Brasil o Colombia. Cuba es una muestra de como la dignidad de un pueblo, convierte la debilidad de un país pequeño, en fortaleza.
Contra toda esta lucha se interpone el poderío militar de las grandes potencias capitalistas, especialmente de Estados Unidos e Inglaterra, expresado fundamentalmente mediante la OTAN y cuando les es posible mediante intervenciones de la ONU. Responder a semejante intervencionismo es otra prioridad inmediata. Los bombardeos a Irak nos han recordado como la intervención fascista en España y los bombardeos nazis en ese país fueron el preludio del ataque contra toda Europa. Lo que permitamos que hoy haga la saña imperialista contra Irak u otro país, será hecho mañana contra cualquiera.
Las vías de la reactivación
Para el capital la guerra ha sido siempre una vía de reactivación. Las dos guerras mundiales resultaron como producto de grandes crisis del capitalismo en los países desarrollados. Al fin y al cabo la crisis conduce siempre a la destrucción de capitales, que se verifica económicamente mediante las grandes quiebras que eliminan competencia y le permiten a los monopolios apoderarse gratuitamente de capitales y mercados. La guerra es la forma física de destruir los capitales de los competidores y de apropiarse de nuevos mercados, generando rápidamente los efectos de la crisis pero descargándolos sobre otros de manera que los países vencedores descargan sobre los demás las consecuencias.
Un programa democrático de reactivación parte de oponerse a la guerra y a la intervención de las potencias, sea en su nombre propio, el de la OTAN o l de la ONU. ¡Que el capital financiero pague por la crisis que el mismo generó! Que el capital pague las medidas de seguridad social y reactivación del consumo.
Pero además del capital financiero, hay otros que deben pagar. Los agentes, calanchines, testaferros y cipayos de las transnacionales en el Tercer Mundo. El capital se ha hecho solidarios con multitud de Suhartos o con los gamonales latinoamericanos, dinosaurios a quienes protege para beneficio mutuo. Dicen en Washington desde la época de Somoza I: "son unos hp, pero son nuestros hp".
Cambios para Colombia
En Colombia la vía democrática de reactivación exige sacrificar los intereses de los gamonales, los que se conocen como clase política en la vida institucional y que son los terratenientes latifundistas, agentes del capital extranjero y los grupos financieros y capitalistas burocráticos que se lucran con su posición en el Estado y sus relaciones con los monopolios. Es necesario que paguen además, los bancos y en general el sector financiero que multiplicaron varias veces sus utilidades en los años de auge y aun al principio de la crisis.
Como medida concreta desde diversos sectores se insistió en la necesidad de bajar las tasas de interés. El actual Gobierno, ha tomado por fin la ruta de la reducción de las tasas de interés, necesaria pero insuficiente para lograr la reactivación. Además impuso un impuesto del dos por mil a las transacciones bancarias, afinado en equidad por la Corte Constitucional y ahora limitado por el parlamento.
Los bancos y corporaciones de vivienda no dejan de protestar por las medidas, aunque en realidad su principal sentido haya sido salvar a los propios bancos de quiebras como la que ya se produjeron en la Corporación Granahorrar, o en Ecuador, Tailandia e Indonesia recientemente, o en México en 1994 y 1995 o hace 17 años con los Bancos privados, de Colombia Nacional y del Estado, en el propio país. Si se trata de salvarlos de las consecuencias de sus propias ganancias y de las altas tasas de interés que impusieron, justo es que paguen y no que les paguen por salvarlos.
El descenso de las tasas de interés junto con el impuesto a las transacciones financieras, pueden tener efecto reactivador en las condiciones de Colombia, si se elimina la especulación con las tierras estratégicas y se sustituyen los cultivos ilícitos.
En esta coyuntura ni se ha producido ni se va a producir un éxodo de capitales al exterior por la baja de las tasas de interés. La gran crisis de los Tigres Asiáticos Malasia, Tailandia e Indonesia, de Corea y Japón y además de Rusia y Ucrania, ha cerrado a los capitales la vía de escape. Los vecinos, Ecuador, Venezuela y Brasil tienen también sus crisis, más fuertes que la colombiana. América Latina no es un terreno abonado en el momento y África está en guerras.
El desplazamiento de capitales se efectúa en cambio hacia dos actividades: el narcotráfico la demás alta rentabilidad y la concentración especulativa de tierras en áreas estratégicas, que por otra parte sirve para el lavado de dineros calientes. Si los intereses están bajos pero el capital puede desplazarse hacia estas actividades, la reactivación no se producirá a no ser que se extremen las medidas de reducción de los salarios reales, desplazamiento y expropiación de comunidades rurales, ventajas a la inversión extranjera y ajustes fiscales.
Hay pues dos vías para la reactivación: una que implica la agudización de la violencia, más daños al medio ambiente y los ecosistemas y un aumento de la inequidad social y otra vía, que pasa por la reforma agraria y la modificación de los tratados comerciales de Colombia.
El papel de la concentración especulativa de la tierra para elevar las tasas de interés y para evitar el efecto de la reducción de los tipos oficiales de interés, fue descubierto por el famoso economista inglés John Maynard Keynes, a quien los neoliberales detestan.
Hablar de Keynes suena regresivo, pero de hecho es una gran regresión la que para el llamado Sur o Tercer Mundo ha significado el modelo neoliberal. Tan grande, que el problema agrario ha vuelto a pasar a primer plano en Venezuela, por ejemplo. Tan grande que en Colombia desde el señor ministro de Agricultura, pasando por el Dr. Rudolf Hommes, hasta el Dr. López Michelsen ven la solución del sector rural en las diversas formas de la neoaparcería, a la que designan ahora como "alianza para la paz". Aprenden de Malasia no por su ruptura con el modelo del desastre, sino por su anterior camino desastroso.
Regresivo es también centrar la estrategia de desarrollo en la explotación de recursos naturales como el petróleo, tal y como viene insistiendo Estados Unidos, país que exige modificar las normas de contratación de Ecopetrol, para dar mayores ventajas a las transnacionales "socias". No les importa la difícil situación que viven los países que dependen del petróleo.
No se detienen ante el hecho de que si Colombia vende rápidamente su petróleo lo haría a precios muy bajos y que al país le conviene un ritmo de explotación más lento para esperar mejores precios y garantizar el autoabastecimiento futuro. No dicen nada sobre el hecho de que la explotación del campo de Cusiana significa ya mismo una pérdida para el país al exportar a precios pésimos.
El modelo de enclaves de inversión transnacional es el más retrógrado de los caminos para Colombia y Latinoamérica y se conjuga con los procesos de relatifundización que se viven, los cuales proyectan al continente hacia el pasado y no hacia la participación equitativa en un proceso global.
El país requiere en cambio el camino democrático y popular de la reactivación económica: terminar con la concentración especulativa de las tierras estratégicas, entregar a los campesinos las 5 millones de hectáreas agrícolas dedicadas a la ganadería extensiva e improductiva, al engorde de lotes rurales. Establecer un sistema tributario que castigue la especulación con la tierra.
Es urgente liberar al país del bipartidismo que saquea el fisco y devora los dineros requeridos para salir de la crisis, incluidos los recursos de los bancos estatales.
Es urgente modificar los tratados comerciales de manera que la llamada comunidad internacional se comprometa de verdad con la sustitución de la narcoeconomía y abra sus puertas a los productos colombianos, especialmente a los rurales. Esta sería una verdadera contribución de Estados Unido, Europa y Japón a la paz. En vez de exigir más saqueo de los recursos naturales.
© Copyright 1999 by Héctor Mondragón
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