Libro sobre la Natividad de María
Atribuido en principio durante la E. Media a San Jerónimo, pero que en realidad pudo ser escrito por un autor anónimo durante los tiempos de Carlomagno (siglo IX). Parece ser que dicho autor eliminó aquellos pasajes que habrían podido escandalizar a sus contemporáneos, tales como el del primer matrimonio de San José, las famosas pruebas de las aguas amargas y la escabrosa constatación ginecológica de la partera Salomé respecto a María.
I
1. La bienaventurada y gloriosa
siempre Virgen María descendía de la estirpe regia y pertenecía
a la familia de David. Había nacido en Nazaret y fue educada en
el templo del Señor en la ciudad de Jerusalén. Su padre se
llamaba Joaquín y su madre Ana. Era nazaretana por parte de su
padre y beletmita por la de madre.
2. La vida de estos esposos era sencilla y recta en la presencia
del Señor e irreprensible y piadosa ante los hombres. Tenían
dividida su hacienda en tres partes: una la destinaban para el
templo de Dios y sus ministros; otra se la daban a los pobres y
peregrinos; la tercera quedaba reservada para las necesidades de
su servidumbre y para sí mismos.
3. Mas estos hombres, tan queridos de Dios y piadosos para con
sus prójimos, llevaban veinte años de vida conyugal en casto
matrimonio, sin obtener descendencia. Tenían hecho voto, sin
embargo, de que si Dios les concedía un vástago, lo consagrarían
al servicio divino. Por este motivo acostumbraban a ir durante el
año al templo de Dios con ocasión de las fiestas.
II
1. Estaba ya próxima la fiestas
de la Dedicación del templo y Joaquín se dirigió a Jerusalén
en compañía de algunos paisanos suyos. Era sumo sacerdote a la
sazón Isacar (suegro de Joaquín). Éste, al ver a Joaquín
entre sus conciudadanos dispuesto con ellos a ofrecer sus dones,
le menospreció y desdeñó sus presentes, preguntándole cómo
tenía cara para presentarse entre los prolíficos él que era
estéril.
Le dijo, además, que sus ofrendas no debían
ser aceptas a Dios por cuanto le consideraba indigno de
posteridad, y adujo el testimonio de la Escritura, que declara
maldito al que no hubiere engendrado varón en Israel. Quería,
pues, decirle que debía primero verse libre de esa maldición
teniendo hijos y que sólo entonces podría presentarse con
ofrendas ante la vista del Señor.
2. Joaquín quedó muerto de verguenza ante tamaña injuria y se
retiró a los pastizales donde estaban los pastores con sus rebaños,
sin querer tornar para no exponerse a semejantes desprecios por
parte de los paisanos que habían presenciado la escena y oído
lo que el sumo sacerdote le había echado en cara.
III
1. Llevaba ya algún tiempo en
aquel lugar, cuando un día que estaba solo, se le presentó un
ángel de Dios, rodeado de un inmenso resplandor. Él quedó
turbado ante su vista, pero el ángel de la aparición le libró
del temor diciendo: «Joaquín, no
tengas miedo ni te asustes por mi visión. Has de saber que soy
un ángel del Señor. Él me ha enviado a ti para anunciarte que
tus plegarias han sido escuchadas y que tus limosnas han subido
hasta su presencia. Ha tenido a bien poner sus ojos en tu confusión,
después de que llegó a sus oídos el oprobio de esterilidad que
injustamente se te dirigía. Dios es verdaderamente vengador del
delito, mas no de la naturaleza. Y por eso cuando tiene a bien
cerrar la matriz, lo hace para poder abrirla de nuevo de una
manera más admirable y para que quede bien en claro que la prole
no es fruto de la pasión, sino de la liberalidad divina.
2. Efectivamente: Sara la madre primera de vuestra prosapia, ¿no
fue estéril hasta los ochenta años? Y, no obstante, dio a luz
en extrema ancianidad a Isaac, a quien aguardaba la bendición de
todas las generaciones. También Raquel, a pesar de ser tan grata
a Dios y tan querida del santo Jacob, fue estéril durante largo
tiempo. Sin que esto fuera obstáculo para que engendrara después
a José, que fue no sólo señor de Egipto, sino también el
libertador de muchos pueblos que íban a perecer a causa del
hambre. Y ¿quién hubo entre los jueces más fuerte que Sansón
o más santo que Samuel? Sin embargo, ambos tuvieron madres estériles.
Si, pues, las razón contenida en mis palabras no logra
convencerte, ten por cierto cuando menos que las concepciones
largamente esperadas y los partos provenientes de la esterilidad
suelen ser los más maravillosos.
3. Sábete, pues, que Ana, tu mujer, va a darte a luz una hija, a
quien tu impondrás el nombre de María. Ésta vivirá consagrada
a Dios desde su niñez en consonancia con el voto que habéis
hecho, y ya desde el vientre de su madre se verá llena del Espíritu
Santo. No comerá ni beberá cosa alguna impura ni pasará su
vida entre el bullicio de la plebe, sino en el recogimiento del
templo del Señor, para que nadie pueda llegar a sospechar ni a
decir cosa alguna desfavorable de ella. Y cuando vaya creciendo
su edad, de la misma manera que ella nacerá de madre esteril, así,
siendo virgen, engendrará a su vez de manera incomparable al
Hijo del Altísimo. El nombre de Éste será Jesús, porque de
acuerdo con su significado ha de ser el salvador de todos los
pueblos.
4. Ésta será para ti la señal de que es verdad cuanto acabo de
decirte: Cuando llegues a la puerta Dorada de Jerusalén te
encontrarás a Ana, tu mujer, que vendrá a tu encuentro. Ella,
que ahora está preocupada por tu tardanza en regresar, se
alegrará hondamente al poderte ver de nuevo.»
Y dicho que hubo esto, el angel se apartó de
él.
IV
Después se dejó
ver de Ana y le dijo:
«No tengas
miedo, Ana, ni creas que es un fantasma lo que tienes a tu vista.
Soy el ángel que presentó vuestras oraciones y limosnas ante el
acatamiento de Dios. Ahora acabo de ser enviado a vosotros para
anunciaros el nacimiento de una hija cuyo nombre será María, y
que ha de ser bendita entre todas las mujeres. Desde el momento
mismo de nacer rebosará en ella la gracia del Señor y
permanecerá en la casa paterna los tres primeros años hasta que
termine su lactancia. Después vivirá consagrada al servicio de
Dios y no abandonará el templo hasta que llegue el tiempo de la
discreción (menstruación). Allí permanecerá sirviendo a Dios
con ayunos y oraciones de noche y de día y absteniéndose de
toda cosa impura. Jamás conocerá varón, sino que ella sola,
sin previo ejemplo y libre de toda mancha, corrupción o unión
con hombre alguno, dará a luz, siendo virgen, al hijo, y siendo
esclava, al Señor que con su gracia, su nombre y su obra es
Salvador de todo el mundo.
2. Levántate, pues, sube hasta Jerusalén. Y cuando llegues a
aquella puerta que llaman Aurea por estar dorada, encontrarás
allí, en confirmación de lo que te digo, a tu marido, por cuya
salud estás acongojada.
Ten, pues, seguro, cuando tuvieren cumplimiento
estas cosas, que el contenido de mi mensaje se realizará si duda
alguna.»
V
1. Ambos obedecieron al mandato del ángel y se pusieron camino de Jerusalén desde los puntos donde respectivamente se hallaban. Y cuando llegaron al lugar señalado por el vaticinio angélico, vinieron a encontrarse mutuamente. Entonces, alegres por verse de nuevo y firmes en la certeza que les daba la promesa de un futuro vástago, dieron las gracias que cumplía a Dios que exalta a los humildes.
VII
1. Mas la Virgen
del Señor iba adelantando en las virtudes al par que aumentaba
en edad; y, según las palabras del salmista, su padre y su madre
la abandonaron, pero Dios la tomó consigo.
Diariamente tenía trato con los ángeles.
Asimismo gozaba todos los días de la visión divina, la cual la
inmunizaba contra toda clase de males y la inundaba de bienes sin
cuento. Así llegó hasta los catorce años, haciendo con su
conducta que los malos no pudieran imaginar en ella nada
reprensible y los buenos tuvieran su vida y comportamiento por
dignos de admiración.
Así llegó María hasta los
catorce años...
2. Solía entonces anunciar públicamente el Sumo Pontífice que
todas las doncellas que vivían oficialmente en el templo y
hubiesen cumplido la edad convenida, retornaran a sus casas y
contrajeran matrimonio, de acuerdo con las costumbres del pueblo
y el tiempo de cada una. Todas se sometieron dócilmente a esta
orden menos María, la Virgen del Señor, quien dijo que no podía
hacer aquello. Dio como razón el que estaba consagrada al
servicio de Dios espontáneamente y por voluntad de sus padres, y
que, además, habla hecho al Señor voto de virginidad, por lo
que no estaba dispuesta a quebrantarlo por la unión matrimonial.
Viose entonces en gran aprieto el sumo
sacerdote, pensando por una parte que no debía violarse aquel
voto para no contravenir a la Escritura, que dice: «Haced votos al Señor y cumplidlos.»
Y no atreviéndose por otra a introducir una
costumbre desconocida para el pueblo. Así, pues, mandó que, con
ocasión de la fiesta ya cercana, se presentaran todos los
hombres de Jerusalén y sus contornos para que su consejo pudiera
darle luz sobre la determinación que había de tomarse en asunto
tan difícil.
3. Realizado el plan, fue sentir común de todos que debía
consultarse al Señor sobre esta cuestión. Se pusieron, pues, en
oración y el sumo sacerdote se acercó para consultar a Dios. Y
al momento se dejó sentir en los oídos de todos una voz
proveniente del oráculo y del lugar del propiciatorio. Decía
esta voz que, en conformidad con el vaticinio de Isaías, debía
buscarse alguien a quien se encomendase y con quien se desposase
aquella virgen. Pues es bien sabido que Isaías dice:
«Brotará un tallo de la raíz de José y se
elevará una flor de su tronco. Sobre ella reposará el Espíritu
del Señor; Espíritu de sabiduría y de entendimiento, Espíritu
de consejo y de fortaleza, Espíritu de conciencia y de piedad. Y
será inundada del Espíritu de temor del Señor.»
4. De acuerdo, pues, con esta profecía, mandó que todos los
varones pertenecientes a la casa y familia de David, aptos para
el matrimonio y no casados, llevaran sendas varas al altar. Y
dijo que el dueño de la vara que una vez depositada hiciera
germinar una flor y en cuyo ápice se posara el Espíritu del Señor
en forma de paloma, sería el designado para ser el custodio y
esposo de la Virgen.
VIII
1. Allí estaba, como uno de
tantos, José, hombre de edad avanzada que pertenecía a la casa
y familia de David. Y mientras todos por orden fueron depositando
sus varas, éste retirá la suya. Al no seguirse el fenómeno
extraordinario anunciado por el oráculo, el sumo sacerdo-te pensó
que se debía consultar de nuevo al Señor. Éste respondió que
precisamente habla dejado de llevar su van aquel con quien debería
desposarse la Virgen. Con esto quedó José descubierto, pues
nada más depositar su vara, se posó sobre su extremidad la
paloma procedente del cielo. Esto patentizó bien a las claras
que era él con quien debía desposarse la Virgen.
2. Se celebraron, pues, los esponsales como de costumbre, y José
se retirá a la ciudad de Belén para arreglar su casa y disponer
todo lo necesario para la boda.
María, por su parte, la virgen del Señor, retornó a la casa de
sus padres en Galilea, acompañada de las siete doncellas coetáneas
suyas y compañeras desde la niñez, que le habían sido dadas
por el sumo sacerdote.
IX
1. En estos mismos días -es decir,
al principio de su llegada a Galilea- fue enviado por Dios el ángel
Gabriel, para que le anunciase la concepción del Señor y para
que la pusiera al corriente de la manera y orden como iba a
desarrollarse este acontecimiento.
Y así, entrado que hubo hasta ella, inundó la
estancia donde se encontraba de un fulgor extraordinario. Después
la saludó amabilísimamente en estos términos:
«Dios te salve, María, virgen gratísima al
Señor, virgen llena de gracia: el Señor está contigo; tú eres
más bendita que todas las mujeres y que todos los hombres que
han nacido hasta ahora.»
2. La Virgen, que estaba bien acostumbrada a ver rostros angélicos
y a quien le era familiar el verse circundada de resplandores
celestiales, no se asustó por la visión del ángel, ni quedó
aturdida por la magnitud del resplandor, sino que únicamente se
vio sorprendida por la manera de hablar de aquel ángel. Y así
se puso a pensar a qué vendría saludo tan insólito, qué pronóstico
podría traerle y qué desenlace tendría finalmente. El ángel,
por inspiración divina, vino al encuentro de tales pensamientos
y le dijo:
«No tengas miedo, María, de que en este mi
saludo vaya velado algo contrario a tu castidad. Precisamente por
haber escogido el camino de la pureza has encontrado gracia a los
ojos del Señor. Y por eso vas a concebir y dar a luz un hijo sin
pecado alguno de tu parte.
3. Éste será grande, pues extenderá su dominio de mar a mar y
desde el río hasta los confines de la tierra. Será llamado Hijo
del Altísimo, porque quien va a nacer humilde en la tierra está
reinando lleno de majestad en el cielo. El Señor Dios le dará
el trono de David, su padre, y reinará eternamente en la casa de
Jacob. Su reinado no tendrá fin. Él es rey de reyes y señor de
los que dominan. Su trono durará por los siglos de los siglos.»
4. Entonces, la Virgen, no por incredulidad a las palabras del ángel,
sino deseando únicamente saber cómo habrían de tener su
cumplimiento, respondió:
«¿Y cómo se verificará esto? ¿Cómo voy a
poder dar a luz si no voy a conocer nunca varón, de acuerdo con
mi voto?»
Repuso el ángel:
«No pienses, María, que vas a concebir de
manera humana: sin unión marital alguna, alumbrarás siendo
virgen y amamantarás permaneciendo virgen. El Espíritu Santo
vendrá, en efecto, sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá
con su sombra contra todos los ardo-res de la concupiscencia. Por
tanto, solamente tu vástago será santo, porque siendo el único
concebido y nacido sin pecado, se llamará Hijo de Dios.»
María, entonces, extendió sus brazos y elevó
sus ojos al cielo, diciendo:
«He aquí la esclava del Señor, puesto que no
soy digna del nombre de señora: hágase en mí según tu palabra.»
Apócrifo de San Mateo
0. El Señor en recompensa
multiplicaba de tal manera sus ganados, que no había nadie en
todo el pueblo de Israel que pudiera comparársele. Venía
observando esta costumbre desde los quince años. Cuando llegó a
las veinte, tomó por mujer a Ana, hija de Isacar, que pertenecía
a su misma tribu -la de Judá-; esto es, de estirpe davídica. Y
después de vivir veinte años de matrimonio, no tuvo de ella ni
hijos ni hijas.
1. Por aquel mismo tiempo, apareció un joven entre las montañas
donde Joaquín apacentaba sus rebaños y dijo a éste:
«¿Cómo es que no vuelves al lado de tu
esposa?»
Joaquín replicó:
«Veinte años hace ya que tengo a ésta por
mujer, y, puesto que el Señor ha tenido a bien no darme hijos de
ella, me he visto obligado a abandonar el templo de Dios
ultrajado y confuso. ¿Para qué, pues, voy a volver a su lado,
lleno como estoy de oprobios y vejaciones? Aquí estaré con mis
ganados mientras quiera el Señor que me ilumine la luz de este
mundo. Mas no por ello dejaré de dar de muy buena gana, por
conducto de mis criados, la parte que le corresponde a los pobres
a las viudas, a los huérfanos y a los servidores de Dios».
2. No bien hubo dicho esto, el joven respondió: «Soy un ángel de Dios, que me he dejado ver hoy de
tu mujer cuando hacía su oración sumida en llanto; sábete que
ella ha concebido ya de ti una hija. Ésta vivirá en el templo
del Señor, y el Espítitu Santo reposará sobre ella. Su dicha
será mayor que la de todas las mujeres santas. Tan es así, que
nadie podrá decir en los tiempos pasados hubo alguna semejante a
ella, y ni siquiera habrá una en el futuro que pueda comparársele.
Por todo lo cual baja ya de estas montañas y corre al lado de tu
mujer. La encontrarás embarazada, pues Dios se ha dignado
suscitar en ella un germen de vida (lo cual te obliga a ti a
mostrarte reconocido para con Él); y ese germen será bendito y
ella misma será también bendita y quedará constituida madre de
eterna bendición.»
3. Joaquín se postró en actitud de humilde oración y le dijo: «Si es que he encontrado gracia ante tus ojos, ten a
bien reposar un poco en mi tienda y bendecir a tu siervo». A lo que repuso el ángel: <<No te llames
siervo mio, sino más bien consiervo; pues ambos estamos en la
condición de servir al mismo Señor. Mi comida es invisible y mi
bebida no puede ser captada por ojos humanos; por lo cual no
haces bien en invitarme a que entre en tu tienda. Será mejor que
ofrezcas a Dios en holocausto lo que habías de presentarme a mí».
Entonces Joaquín tomó un cordero sin defecto
y dijo al ángel: «Nunca me
hubiera yo atrevido a ofrecer a Dios un holocausto si tu mandato
no me hubiera dado potestad de hacerlo».
El ángel replicó: «Tampoco te hubiera invitado yo a ofrecerlo de no
conocer el beneplécito divino.»
Y sucedió que, al ofrecer Joaquín su
sacrificio, juntamente con el perfume de éste y, por decirlo así,
con el humo, el ángel se elevó hacia el cielo.
Entonces Joaquín se postró con la faz en la
tierra y estuvo echado desde la hora sexta hasta la tarde. Cuando
llegaron sus criados y jornaleros, al no saber a qué obedecía
aquello, se llenaron de espanto, pensando que quizá quería
suicidarse. Se acercaron, pues, a él y a viva fuerza lograron
levantarlo del suelo. Entonces él les contó su visión, y ellos,
movidos por la admiración y el estupor que les produjo el relato,
le aconsejaron que pusiera en práctica sin demora el mandato del
ángel y que a toda prisa volviera con su mujer.
Mas sucedió que, mientras Joaquín cavilaba
sobre si era conveniente o no el volver, quedó dormido y se le
apareció en sueños el mismo ángel que había visto
anteriormente cuando estaba despierto. Este le habló así:
«Yo soy el ángel
que te ha sido dado por custodio; baja pues, tranquilamente y
vete al lado de Ana, porque las obras de misericordia que tanto
ella como tu habéis hecho han sido presentadas ante el
acatamiento del Altísimo, quien ha tenido a bien legaros una
posteridad tal cual nunca han podido tener desde el principio los
santos y profetas de Dios, ni aún podrán tenerla en el futuro.»
Joaquín llamó a los pastores, cuando hubo
despertado, para referirles el sueño. Estos le dijeron,
postrados en adoración ante Dios: «Ten
cuidado y no desprecies más a un ángel del Señor. Levántate y
vámonos. Avanzando lentamente, podremos ir apacentando nuestros
rebaños.»
Anduvieron
treita días consecutivos y cuando estában ya cerca, un ángel
de Dios se apareció a Ana mientras estaba en oración y le dijo:
«Vete a la
puerta que llaman Dorada y sal al encuentro de tu marido, porque
hoy mismo llegará.»
Ella se dió prisa y se marchó allá con sus
doncellas. Y, en llegando, se puso a orar. Más estaba ya cansada
y aún aburrida de tanto esperar cuando de pronto elevó sus ojos
y vió a Joaquín que venía con sus rebaños. Y en seguida salió
corriendo a su encuentro, se abalanzó sobre su cuello y dió
gracias a Dios diciendo:
«Poco ha era viuda, y ya no lo soy; no hace
mucho era estéril y he aquí que he concebido en mis entrañas.»
Esto hizo que todos los vecinos y conocidos se llenaran de gozo,
hasta el punto de que toda la tierra de Israel se alegró con tan
grata nueva.
IV
Cumplidos nueve meses después de esto, Ana dió a luz una hija y le puso por nombre María. Al tercer año, sus padres la destetaron. Luego se marcharon al templo, y, después de ofrecer sus sacrificios a Dios, le hicieron donación de su hijita María, para que viviera entre aquel grupo de vírgenes que se pasaba día y noche alabando a Dios. Y al llegar frente a la fachada subió tan rápidamente las quince gradas que no tuvo tiempo de volver su vista atrás y ni siquiera sintió añoranza de sus padres, cosa tan natural en la niñez. Esto dejó a todos estupefactos, de manera que hasta los mismos pontífices quedaron llenos de admiración.
VI
Y
María era la admiración de todo el pueblo; pues, teniendo tan sólo
tres años, andaba con un paso tan firme, habalaba con una
perfección tal y se entregaba a con tanto fervor a las alabanzas
divinas, que nadie la tendría por una niña, sino más bien por
una persona mayor. Era además, tan asidua en la oración como si
tuviera ya treinta años. Su faz era resplandeciente cual nieve,
de manera que con dificultad se podía poner en ella la mirada.
Se entregaba con asiduidad a las labores de la lana, y es de
notar que lo que mujeres mayores no fueron nunca capaces de
ejecutar, esta lo realizaba en su edad más tierna.
2. Ésta era la norma de vida que se había impuesto: desde la
madrugada hasta la hora de tercia, hacía oración; desde tercia
hasta nona, se ocupaba de sus labores; desde nona en adelante,
consumía todo el tiempo en oración hasta que se dejaba ver el
ángel del Señor, de cuyas manos recibía el alimento. Y así
iba adelantándo más y más en las vías de la oración.
Finalmente, era tan dócil a las instrucciones
que recibía en compañía de las vírgenes más antiguas, que no
había ninguna más pronta que ella para las vigilias, ninguna más
erudita en la ciencia divina, ninguna más humilde en su
sencillez, ninguna interpretaba con más donosura la salmodia,
ninguna era más gentil en su caridad, ni más pura en su
castidad, ni, finalmente, más perfecta en su virtud. Pues ella
era siempre constante, firme, inalterable. Y cada día iba
adelantando más.
Cada día usaba exclusivamente para su refección
(sustento) el alimento que le venía por manos del ángel,
repartiendo entre los pobres el que le daban los pontífices.
Frecuentemente se veía hablar con ella a los
ángeles, quienes la obsequiaban con cariño de íntimos amigos.
Y si algún enfermo lograba tocarla, volvía inmediatamente
curado a su casa.
VII
El sacerdote
Abiatar ofreció entonces cuantiosos dones a los pontífices para
que éstos entregaran a la virgen María y él pudiera a su vez dársela
en matrimonio a su propio hijo.
Pero María por su parte se oponía
resueltamente,diciendo: «No es posible que yo conozca varón o
que varón alguno me conozca a mí.»
Pero los pontífices y sus parientes le decían: «Dios es
honrado en los hijos y adornado en la posteridad, como siempre se
ha observado en Israel.» A lo que María repuso:
«A Dios se le honra, sobre todo, con la castidad, como es fácil
probar.»
VIII
1. Y sucedió que, al llegar a los
catorce años, los fariseos tomaron en ello pretexto para decir
que era ya antigua la costumbre que prohibía habitar a cualquier
mujer en el templo de Dios. Por esto se tomó la resolución de
enviar un mensajero por todas las tribus de Israel, que convocara
a todo el pueblo para dentro de tres días en el templo. Cuando
estuvo reunido todo el pueblo, Abiatar se levantó, subió a las
gradas más altas con el fin de ser visto y oído por todos, y
después de hacerse silencio, habló de esta manera:
«Escuchadme, hijos de Israel; que vuestros oídos
perciban mis palabras: desde la edificación de este templo por
Salomón han vivido en él vírgenes hijas de reyes, de profetas,
de sumos sacerdotes y de pontífices, llegando a ser grandes y
dignas de admiración. No obstante, en llegando a la edad
conveniente, fueron dadas en matrimonio, siguiendo con ello el
ejemplo de las que anteriormente habían precedido y agradado a
Dios de esta manera. Pero María ha sido la única en dar con un
nuevo modo de seguir el beneplácito divino, al hacer promesa de
permanecer virgen. Así, pues, creo que nos será posible
averiguar quién es el hombre a cuya custodia debe ser
encomendada, preguntándoselo a Dios y espe-rando su respuesta.
2. Agradó tal proposición a toda la asamblea. Echaron suerte
los sacerdotes sobre las doce tribus de Israel, y esta vino a
recaer sobre la de Judá. Entonces dijo el sacerdote:
«Vengan mañana todos los que no tienen mujer y
trai-ga cada cual una vara en su mano.»
Resultó, pues, que entre los jóvenes vino
también José trayendo su vara. Y el sumo sacerdote, después de
recibirlas todas, ofreció un sacrificio e interrogó al. Señor,
obteniendo esta respuesta:
«Mete todas las varas en el interior del santo de los santos y déjalas
allí durante un rato. Mándales que vuelvan mañana a recogerlas.
Al efectuar esto, habrá una de cuya extremidad saldrá una
paloma que emprenderá el vuelo hacia el cielo. Aquel a cuyas
manos venga esta vara portentosa, será el designado para
encargarse de la custodia de María.»
3. Al día siguiente todos vinieron con presteza. Y, una vez
hecha la oblación del incienso, entró el pontífice en el santo
de los santos para recoger las varas. Fueron éstas distribuidas
sin que de ninguna saliera la paloma esperada. Entonces el pontífice
Abiatar se endosé las doce campanillas juntamente con los
ornamentos sacerdotales y entró en el santo de los santos donde
prendió fuego al sacrificio. Y mientras hacía su oración se le
apareció un ángel que le dijo:
«Hay entre todas las varas una pequeñísima,
a la que tú has tenido en poco y la has metido entre las otras.
Pues bien, cuando saques ésta y se la des al interesado, verás
cómo aparece sobre ella la señal de que te he hablado.»
La vara en cuestión pertenecía a José. Éste estaba postergado
por ser ya viejo y no había querido reclamar su vara por temor
de verse obligado a hacerse cargo dell la doncella. Y mientras
estaba así en esta actitud humilde, como el último de todos, le
llamó Abiatar con una gran voz, diciéndole: «Ven a recoger tu
vara, porque todos estamos pendientes de ti.»
José se acercó lleno de temor, al verse tan
bruscamente llamado del sacerdote. Mas cuando fue a extender su
mano para recoger la vara, salió del extremo de ésta una hermosísima
paloma, más blanca que la nieve, la cual, después de volar un
poco por lo alto del templo, se lanzó al espacio.
4. Entonces, el pueblo entero le felicité diciendo:
«Dichoso tú en tu ancianidad, ya que el Señor te ha declarado
idóneo para recibir a María bajo tu cuidado.»
Los sacerdotes le dijeron:
«Tómala, porque tú has sido el elegido entre
todos los de la tribu de Judá.»
Mas José empezó a suplicarles con toda
reverencia y a decirles lleno de confusión:
«Soy ya viejo y tengo hijos. ¿Por qué os
empeñáis en que me haga cargo de esta jovencita?»
Entonces, Abiatar, sumo sacerdote, dijo:
«Acuérdate, José, cómo perecieron Datán,
Abirón y Coré, por despreciar la voluntad divina. Lo mismo te
pasará a ti si no haces caso a este mandato del Señor.»
José repuso:
«No seré yo quien menosprecie la voluntad de
Dios, sino que seré custodio de la joven hasta que aparezca
claro el beneplácito divino sobre quién de mis hijos ha de
tomarla por mujer. Séanle dadas algunas de sus compañeras vírgenes,
con las que pueda mientras tanto alternar.»
El pontífice respondió:
«Sí, le serán dadas algunas doncellas para
su solaz hasta que llegue el día prefijado en que tú debas
recibirla; pues has de saber que no puede contraer matrimonio con
ningún otro.»
IX
1. Al día siguiente, mientras se
encontraba María junto a la fuente, llenando el cántaro de agua,
se le apareció el ángel de Dios y le dijo:
«Dichosa eres, María, porque has preparado al
Señor una habitación en tu seno. He aquí que una luz del cielo
vendrá para morar en ti y por tu medio iluminará a todo el
mundo.»
2. Tres días después, mientras se encontraba en la labor de la
púrpura, vino hacia ella un joven de belleza indescriptible. María
al verlo quedó sobrecogida de miedo y se puso a temblar. Mas él
le dijo:
«No temas, María, porque has encontrado
gracia ante los ojos de Dios. He aquí que vas a concebir en tu
seno y vas a dar a luz un rey cuyo dominio alcanzará no sólo a
la tierra, sino también al cielo, y cuyo reinado durará por
todos los siglos.»
X
1. Mientras esto sucedía (se
refiere a la Anunciación), José se hallaba en la ciudad marítima
de Cafarnaum ocupado en su trabajo, pues su oficio era el de
carpintero. Permaneció allí nueve meses consecutivos, y cuando
volvió a Casa, se encontró con que Maria estaba embarazada; por
lo cual se puso a temblar y, todo angustiado, exclamó:
«Señor y Dios mío, recibe mi alma, pues me
es mejor ya morir que vivir.»
Pero las doncellas que acompañaban a María le
dijeron:
«¿Qué dices, José? Nosotras podemos
atestiguar que ningún varón se ha acercado a ella. Estamos
seguras de que su integridad y su virginidad permanecen
invioladas, pues Dios ha sido quien la ha guardado. Siempre ha
permanecido con nosotras dada a la oración. Todos los días
viene un ángel a hablar con ella y de él recibe también
diariamente su alimento.
¿Cómo es posible que pueda encontrarse en
ella pecado alguno? Y si quieres que te manifestemos claramente
lo que pensamos, nuestra opinión es que su embarazo no obedece
sino a una intervención angélica.»
2. Mas José repuso:
«¿Por qué os empeñáis en hacerme creer que
ha sido precisamente un ángel quien le ha hecho grávida? Puede
muy bien haber sucedido que alguien se haya fingido ángel y la
haya engañado.»
Y al decir esto lloraba y se lamentaba diciendo:
«¿Con qué cara me voy a presentar en el
templo de Dios? ¿Cómo voy a atreverme a fijar la mirada en los
sacerdotes? ¿Qué he de hacer?»
Y mientras decía estas cosas, pensaba en
ocultarse y despacharla.
XI
1. Estaba ya determinado a
levantarse de noche y huir a algún lugar desconocido, cuando se
le apareció un ángel de Dios y le dijo: «José, hijo de David,
no tengas reparo en admitir a María como esposa tuya, pues lo
que lleva en sus entrañas es fruto del Espíritu Santo. Dará a
luz un hijo, que se llamará Jesús, porque será quien salve a
su pueblo de sus pecados.»
Levantóse José del sueño y, dando gracias al
Señor, su Dios, contó a María y a sus compañeras la visión
que había tenido. Y consolado por lo que se refería a María,
le dijo a ésta: «He hecho mal en abrigar sospechas contra ti.»
XII
1. Después de esto, fue cundiendo
el rumor de que María estaba encinta. Por lo cual los servidores
del templo arrestaron a José y lo llevaron ante el pontífice.
Éste y los sacerdotes, empezaron a injuriarle de esta manera:
«¿Por qué has usurpado fraudulentamente el
derecho matrimonial a una doncella, a quien los ángeles de Dios
alimentaban en el templo como si fuera una paloma, y que nunca
quiso ver siquiera el rostro de un varón, y que tenía además
un conocimiento perfecto de la ley de Dios?
Si tú no la hubieras violentado, ella hubiera
permanecido virgen hasta el día de hoy.»
Mas José juraba que no la había tocado.
Entonces, el pontífice Abiatar le dijo: «Vive Dios que ahora
mismo te haré beber el agua del Señor y al instante quedará
descubierto tu pecado.»
2. Y se reunió el pueblo entero de Israel en cantidad tal, que
era imposible contarlo. María fue llevada también al templo de
Dios. Y los sacerdotes, al igual que sus
parientes y conocidos, le decían llorando:
«Confiesa tu pecado a los pontífices: tú que
eras como una paloma en el templo de Dios y recibías el alimento
de manos de un ángel.»
Fue llamado José ante el altar de Dios y le
dieron a beber el agua del Señor. Aquel agua que, al ser gustada
por un hombre perjuro, hacia aparecer en su rostro una señal
divina, después de dar siete vueltas en torno al altar de Dios.
José la bebió con toda tranquilidad y dio las vueltas rituales,
sin que apareciera en él señal alguna de haber pecado. Entonces
los sacerdotes, los ministros de éstos y todo el pueblo le
proclamaron inocente con estas palabras:
«Dichoso eres, porque no se ha encontrado en
ti reato alguno de culpa.»
3. Después llamaron a María y le dijeron:
«Y tú, ¿qué excusa podrás alegar? ¿O es que podrá haber
alguna señal en tu descargo de más peso que ese embarazo que te
está delatando? Ahora, puesto que José es inocente, sólo
exigimos de ti que nos digas quién ha sido el que te ha engañado.
De todas maneras será mejor que tú misma te delates antes de
que la ira de Dios ponga el estigma en tu cara a vista de todo el
pueblo.»
Entonces María, sin vacilación alguna ni
temor, dijo:
«Si es que hay en mí alguna contaminación o
pecado por haberme dejado llevar de la concupiscencia o de la
impureza, manifiéstelo el Señor a la vista de todas las gentes
y sirva yo a todos de escarmiento.»
Y dicho esto, se acercó decididamente al altar
de Dios, dio las vueltas rituales y bebió el agua del Señor,
sin que apareciera en ella señal alguna de pecado.
4. Estaba todo el pueblo lleno de estupor, y al mismo tiempo
perplejo, al ver por una parte las señales de su embarazo y
constatar por otra la ausencia de indicios que comprobaran su
culpabilidad. Por lo cual se formé un revuelo de opiniones en
tomo al asunto. Unos la proclamaban santa. Otros, de mala fe, se
convertían en de-tractores de su inocencia. Entonces María,
viendo cómo el pueblo sospechaba aún de sí, pensando que no
estaba perfectamente justificada, dijo en voz clara para que todo
el mundo la oyera:
«Por vida de Adonay, Señor de los ejércitos,
en cuya presencia estoy, que no he conocido nunca varón ni aún
pienso conocerlo en adelante, ya que así lo tengo decidido desde
mi infancia. Éste es el voto que hice al Señor en mi niñez:
permanecer pura por amor de Aquel que me creó. En esta
integridad confío vivir para Él solo, transcurriendo mi
existencia libre de toda mancha.»
5. Entonces todos la abrazaron, rogándole que les perdonara sus
injustas sospechas. Y toda la multitud, juntamente con los
sacerdotes y las vírgenes, la condujo hasta casa. Todos estaban
llenos de júbilo y clamaban con gritos de alegría:
«Bendito sea el nombre de Dios, que se ha
dignado poner en claro tu inocencia ante el pueblo entero de
Israel.»
XIII
[...]
3. Hacía un rato que José se
había marchado en busca de comadronas. Mas cuando llegó a la
cueva, ya había alumbrado María al infante. Y dijo a ésta:
«Aquí te traigo dos parteras: Zelomí y Salomé.
Pero se han quedado en la puerta de la cueva, no atreviéndose a
entrar por el excesivo resplandor que la inunda.»
4. La otra comadrona, llamada Salomé, al oir que la madre seguía
siendo virgen a pesar del parto, dijo:
«No creeré jamás lo que oigo, si yo misma en persona no lo
compruebo.»
Y se acercó a María diciéndole:
«Déjame que palpe para ver si es verdad lo
que acaba de decir Zelomi.» Asintió María, y Salomé extendió
su mano, pero esta quedó seca nada más tocar. Entonces la
comadrona empezó a llorar vehementemente...
[...]
6. También unos pastores afirmaban haber visto al filo de la
media noche algunos ángeles que cantaban himnos y bendecían con
alabanzas al Dios del cielo. Éstos anunciaban asimismo que había
nacido el Salvador de todos, Cristo Señor, por quien habrá de
venir la restauración de Israel.
7. Pero, además, había una enorme estrella que expandía sus
rayos sobre la gruta desde la mañana hasta la tarde, sin que
nunca jamás desde el origen del mundo se hubiera visto un astro
de magnitud semejante. Los profetas que había en Jerusalén decían
que esta estrella era la señal de que había nacido el Mesías,
que debía dar cumplimiento a la promesa hecha no sólo a Israel,
sino a todos los pueblos.
XIV
Tres
días después de nacer el Señor, salió María de la gruta y se
aposentí en un establo. Allí reclinó el niño en un pesebre, y
el buey y el asno le adoraron. Entonces se cumplió lo que había
sido anunciado por el profeta Isaías:
«El buey conoció a su amo, y el asno el
pesebre de su Señor.» Y hasta los mismos animales entre los que
encontraba le adoraban sin cesar. En lo cual tu vo cumplimiento
lo que había predicho el profeta Hababuc:
«Te darás a conocer en medio de los animales.»
En este mismo lugar permanecieron José y María
con el niño durante tres días.
XV
1. Al sexto día, después del nacimiento, entraron en Belén, y allí pasaron también el séptimo día. Al octavo circuncidaron al Niño y le dieron por nombre Jesús, que es como le había llamado el ángel antes de su concepción
XVI
1. Después de transcurridos dos años,
vinieron a Jerusalén unos magos procedentes del Oriente,
trayendo consigo grandes dones, Éstos preguntaron con toda
solicitud a los judíos:
«¿Dónde está el rey que os ha nacido? Pues
hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarle.»
Llegó este rumor hasta el rey Herodes. Y él
se quedó tan consternado al oírlo, que dio aviso en seguida a
los escribas, fariseos y doctores del pueblo para que le
informaran dónde había de nacer el Mesías según los
vaticinios proféticos. Éstos respondieron:
«En Belén de Judá, pues así está escrito:
Y tú, Belén, tierra de Judá, en manera alguna eres la última
entre las principales de Judá, pues de ti ha de salir el jefe
que gobierne a mi pueblo Israel.»
Después llamó a los magos y con todo cuidado
averi-guó de ellos el tiempo en que se les había aparecido la
estrella. Y con esto les dejó marchar a Belén, diciéndoles: «Id
e informaos con toda diligencia sobre el niño, y cuando hubiéreis
dado con él, avisadme para que vaya yo también y le adore.»
2. Y mientras avanzaban en el camino, se les apareció la
estrella de nuevo e iba delante de ellos, sirviéndoles de guía
hasta que llegaron por fin al lugar donde se encontraba el Niño.
Al ver la estrella, los Magos se llenaron de gozo. Después
entraron en la casa y encontraron al Niño en el regazo de su
madre.
Entonces abrieron sus cofres y donaron a José
y María cuantiosos regalos. A continuación fue cada uno
ofreciendo al Niño una moneda de oro. Y, finalmente, el primero
le presentó una ofrenda de oro; el segundo, una de incienso, y
el tercero, una de mirra. Y como tuvieran aún la intención de
volver a Herodes, recibieron durante el sueño aviso de un ángel
para que no lo hicieran. Y entonces adoraron al Niño, rebosantes
de júbilo, tornando a su tierra por otro camino.
Protoevangelio
de Santiago
(Santiago
el Menor: hermano menor de Jesús, que fue obispo de Jerusalem y
murió al ser tirado desde las murallas del Templo)
VI
Y
día a día la niña se iba robusteciendo. Al llegar a los seis
meses, su madre la dejó sola en tierra para ver si se tenía, y
ella, después de andar siete pasos, volvió al regazo de su
madre. Ésta la levantó diciendo: «Vive el Señor, que no andarás
más por este suelo hasta que te lleve al templo del Señor.»
Y le hizo un oratorio en su habitación, y no
consintió que cosa común o impura pasara por sus manos. Llamó,
además, a unas doncellas hebreas, vírgenes todas, y éstas la
entretenían.
[...]
...Al llegar a los tres años, dijo Joaquín:
«Llamad a las doncellas hebreas que están sin mancilla y que
tomen sendas candelas encendidas, no sea que la niña se vuelva
atrás y su corazón sea cautivado por alguna cosa fuera del
templo de Dios.» Y así lo hicieron mientras iban subiendo al
templo de Dios. Y la recibió el sacerdote, quien, después de
haberla besado, la bendijo y exclamó: «El Señor ha
engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de
los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de
Israel.»
Bajaron sus padres, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo como una palomica, recibiendo alimento de manos de un ángel.
VIII
2. Pero, al llegar a los doce años,
los sacerdotes se reunieron para deliberar, diciendo:
«He aquí que María ha cumplido sus doce años
en el templo del Señor, ¿qué habremos de hacer con ella para
que no llegue a mancillar el santuario?»
Y dijeron al sumo sacerdote:
«Tú que tienes el altar a tu cargo, entra y
ora por ella, y lo que te dé a entender el Señor, eso será lo
que hagamos.»
3. Y el sumo sacerdote, endosándose el manto de las doce
campanillas, entró en el sancta sanctorum y oró por
ella. Mas he aquí que un ángel del Señor se apareció diciéndole:
«Zacarías, Zacarías, sal y reúne a todos
los viudos del pueblo. Que venga cada cual con una vara, y de
aquel sobre quien el Señor haga una señal portentosa, de ése
será mujer.»
Salieron los heraldos por toda la región de
Judea y, al sonar la trompeta del Señor, todos acudieron.
IX
1. José, dejando su hacha, se unió
a ellos y, una vez que se juntaron todos, tomaron cada uno su
vara y se pusieron en camino en busca del sumo sacerdote. Éste
tomó todas las varas, penetró en el templo y se puso a orar.
Terminado que hubo su plegaria, tomó de nuevo las varas, salió
y se las entregó, pero no apareció señal ninguna en ellas. Mas
al coger José la última, he aquí que salió una paloma de ella
y se puso a volar sobre su cabeza. Entonces el sacerdote le dijo:
«A ti te ha cabido en suerte recibir bajo tu
custodia a la Virgen del Señor.»
2. José replicó: «Tengo hijos y soy viejo, mientras que ella
es una niña; no quisiera ser objeto de risa por parte de los
hijos de Israel.»
Entonces el sacerdote repuso:
«Teme al Señor tu Dios y ten presente lo que
hizo con Datán, Abirón y Coré: cómo se abrió la tierra y
fueron sepultados en ella por su rebelión. Y teme ahora tú
también, José, no sea que sobrevenga esto mismo a tu casa.»
3. Y él, lleno de temor, la recibió bajo su protección. Después
le dijo:
«Te he tomado del templo; ahora te dejo en mi
casa y me voy a continuar mis construcciones. Pronto volveré. El
Señor te guardará.»
X
1. Por entonces los sacerdotes se
reunieron y acordaron hacer un velo para el templo del Señor. Y
el sacerdote dijo:
«Llamadme algunas doncellas sin mancha de la
tribu de David.»
Se marcharon los ministros y, después de haber
buscado, encontraron siete vírgenes. Entonces al sacerdote le
vino a la memoria el recuerdo de María y los emisarios se fueron
y la trajeron.
2. Después que introdujeron a todas en el templo, dijo el
sacerdote:
«Echadme suertes a ver quién es la que ha de
bordar el oro, el amianto, el lino, la seda, el jacinto, la
escarlata y la verdadera púrpura. Y la escarlata y la púrpura
auténtica le tocaron a María, quien, en cogiéndolas, se marchó
a su casa. En aquel tiempo se quedó mudo Zacarías, siendo
sustituido por Samuel hasta tanto que pudo hablar. María tomó
en sus manos la escarlata y se puso a hilarla.»
XI
1. Cierto día cogió María un cántaro
y se fue a llenarlo de agua. Mas he aquí que se dejó oír una
voz que decía:
«Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú
entre las mujeres.»
Y ella se puso a mirar en tomo, a derecha e
izquier-da, para ver de dónde podía provenir esta voz. Y, toda
temblorosa, se marchó a su casa, dejó el ánfora, cogió la púrpura,
se sentó en su escaño y se puso a hilarla.
2. Mas de pronto, un ángel del Señor se presentó ante ella,
diciendo:
«No temas, María, pues has hallado gracia
ante el Señor omnipotente y vas a concebir por su palabra.»
Pero ella, al oírlo, quedó perpleja y dijo
entre sí:
«¿Deberé yo concebir por virtud del Dios
vivo y habré de dar a luz luego como las demás mujeres?»
3. A lo que respondió el ángel:
«No será así, María, sino que la virtud del
Señor te cubrirá con su sombra; por lo cual, además, el fruto
santo que ha de nacer de ti, será llamado Hijo del Altísimo. Tú
le pondrás por nombre Jesús, pues Él salvará a su pueblo de
sus propias iniquidades.»
Entonces dijo Maria: «He aquí la esclava del
Señor en su presencia; hágase en mí según tu palabra.»
XII
1. Y, concluida su labor con la púrpura
y la escarlata, se la llevó al sacerdote. este la bendijo y
exclamó:
«María, el Señor ha ensalzado tu nombre y
serás bendecida en todas las generaciones de la tierra.»
2. Llena de gozo, María se fue a casa de Isabel su parienta.
Llamó a la puerta y, al oírla Isabel, dejó la escarlata, corrió
hacia la puerta, abrió y, al ver a María la bendijo diciendo:
«¿De dónde a mí el que la madre de mi Señor
venga a mi casa?; pues fíjate que el fruto que llevo en mi seno
se ha puesto a saltar dentro de mí, como para bendecirte.»
Pero María se había olvidado de los misterios
que la había comunicado el arcángel Gabriel y elevó sus ojos
al cielo y dijo:
«¿Quién soy yo, Señor, que todas las
generaciones me bendicen?»
3. Y pasó tres meses en casa de Isabel. Y de día en día su
embarazo iba aumentando, y, llena de temor, se marchó a su casa
y se escondía de los hijos de Israel. Cuando sucedieron estas
cosas, tenía ella dieciséis años.
XVII
1. Y vino una orden del emperador
Augusto para que se hiciera el censo de todos los habitantes de
Belén de Judá. Y se dijo José:
«Desde luego que a mis hijos sí que les
empadronaré, pero ¿qué voy a hacer de esta doncella? ¿Cómo
voy a incluirla en el censo? ¿Como mi esposa? Me da vergüenza.
¿Como hija mía? ¡Pero si ya saben todos los hijos de Israel
que no lo es. Éste es el día del Señor, que Él haga según su
beneplácito.»
2. Y, aparejando su asna, hizo acomodarse a María sobre ella, y
mientras un hijo suyo iba delante llevando la bestia del ronzal,
José les acompañaba. Cuando estuvieron a tres millas de
distancia, José volvió su rostro hacia María y la encontró
triste; y se dijo a sí mismo: «Es que el embarazo debe causarle
molestias.»
Pero, al volverse otra vez, la encontró
sonriente, y le dijo:
«María, ¿qué es lo que te sucede, que unas veces veo
sonriente tu rostro y otras triste?»
Y ella repuso:
«Es que se presentan dos pueblos ante mis ojos,
uno que llora y se aflige, y otro que se alegra y regocija.»
3. Y al llegar a la mitad del camino, dijo María a José:
«Bájame, porque el fruto de mis entrañas
pugna por venir a luz.>
Y le ayudé a apearse del asna, diciéndole:
¿Dónde podría yo llevarte para resguardar tu
pudor?, porque estamos al descampado.»
XVIII
1. Y, encontrando una cueva, la
introdujo dentro, y habiendo dejado con ella a sus hijos, se fue
a buscar una partera hebrea en la región de Belén.
2. Y yo, José, me eché a andar, pero no podía avanzar; y al
elevar mis ojos al espacio, me pareció ver como si el aire
estuviera estremecido de asombro; y cuando fijé mi vista en el
firmamento, lo encontré estático y los pájaros del cielo inmóviles;
y al dirigir mi mirada hacia atrás, vi un recipiente en el suelo
y unos trabajadores echados en actitud de comer, con sus manos en
la vasija. Pero los que simulaban masticar, en realidad no
masticaban; y los que parecían estar en actitud de tomar la
comida, tampoco la sacaban del plato; y, finalmente, los que
parecían introducir los manjares en la boca, no lo hacían, sino
que todos tenían sus rostros mirando hacia arriba.
También había´unas ovejas que iban siendo
arreadas, pero no daban un paso, sino que estaban paradas, y el
pastor levantó su diestra para bastonearlas con el cayado, pero
quedó su mano tendida en el aire. Y al dirigir mi vista hacia la
corriente del río, vi cómo unos cabritillos ponían en ella sus
hocicos, pero no bebían. En una palabra, todas las cosas eran en
un momento apartadas de su curso normal.
XIX
1. Y entonces una mujer que bajaba
de la montaña me dijo: «¿Dónde vas tú?»
A lo que respondí: «Ando buscando una partera
hebrea.»
Ella replicó: «Pero, ¿tú eres de Israel?»
Y respondí: «Sí.»
«¿Y quién es -añadió- la que está dando a
luz en la cueva?»
«Es mi esposa», dije yo. A lo que ella repuso:
«Entonces, ¿no es tu mujer?»
Yo le contesté: «Es María, la que se crió
en el templo del Señor, que aunque me cayó en suerte a mí por
mujer, no lo es, sino que ha concebido por virtud del Espíritu
Santo.»
Y le interrogó la partera: «¿Es esto verdad?»
José respondió: «Ven y verás.»
Entonces, la partera se puso en camino con el.
2. Al llegar al lugar de la gruta, se pararon, y he aquí que ésta
estaba sombreada por una nube luminosa. Y exclamó la partera:
«Mi alma ha sido engrandecida hoy, porque han
visto mis ojos cosas increíbles, pues ha nacido la salvación
para Israel.»
De repente, la nube empezó a retirarse de la
gruta y brilló dentro una luz tan grande que nuestros ojos no
podían resistirla. Ésta por un momento comenzó a disminuir
hasta tanto que apareció el Niño y vino a tomar el pecho de su
madre, María. La partera entonces dio un grito, diciendo:
«Grande es para mí el día de hoy, ya que he
podido ver con mis propios ojos un nuevo milagro.»
3. Al salir la partera de la gruta vino a su encuentro Salomé, y
ella exclamó:
«Salomé, Salomé, tengo que contarte una maravilla nunca vista,
y es que una virgen ha dado a luz; cosa que, como sabes, no sufre
la naturaleza humana.»
Pero Salomé repuso:
«Por vida del Señor, mi Dios, que no creeré
tal cosa si no me es dado introducir mi dedo y examinar su
naturaleza.»
XX
1. Y habiendo entrado la partera,
le dijo a María: «Disponte, porque hay entre nosotras un gran
altercado con relación a ti.»
Salomé, pues, introdujo su dedo en la
naturaleza, mas de repente lanzó un grito, diciendo:
«¡ Ay de mí! ¡ Mi maldad y mi incredulidad
tienen la culpa! Por tentar al Dios vivo se desprende de mi
cuerpo mi mano carbonizada.»
2. Y dobló sus rodillas ante el Señor, diciendo: «¡Oh
Dios de nuestros padres, acuérdate de mí, porque soy
descendiente de Abraham, de Isaac y de Jacob; no hagas de mí un
escarmiento para los hijos de Israel; devuélveme más bien a los
pobres, pues tú sabes, Señor, que en tu nombre ejercía mis
curas, recibiendo de ti mi salario.»
3. Y apareció un ángel del cielo, diciéndole:
«Salomé, Salomé, el Señor te ha escuchado.
Acerca tu mano al Niño, tómalo, y habrá para ti alegría y
gozo.»
4. Y se acercó Salomé y lo tomó, diciendo: «Le adoraré
porque ha nacido para ser el gran Rey de Israel.»
Mas de repente se sintió curada y salió en
paz de la cueva. Entonces se oyó una voz que decía:
«Salomé, Salomé, no digas las maravillas que
has visto hasta tanto que el Niño esté en Jerusalén.»
Liber de infantia Salvatoris
...y la
comadrona entró en la cueva. Se paré ante la presencia de María.
Después que ésta consintió en ser examinada por espacio de
horas, exclamó la comadrona y dijo a grandes voces:
«Misericordia, Señor y Dios grande, pues jamás
se ha oído, ni se ha visto, ni ha podido caber en sospecha
humana que unos pechos estén henchidos de leche y que a la vez
un niño recién nacido esté denunciando la vir-ginidad de su
madre. Virgen concibió, virgen ha dado a luz y continúa siendo
virgen.»
70. Ante la tardanza de la comadrona, José penetró dentro de la
cueva. Vino entonces aquélla a su encuentro y ambos salieron
fuera, hallando a Simeón (uno de los hijos de José) de pie. Éste
le preguntó:
«Señora, ¿qué es de la doncella?, ¿puede
abrigar alguna esperanza de vida?»
Dícele la comadrona:
«¿Qué es lo que dices, hombre? Siéntate y
te contaré una cosa maravillosa.»
Y elevando sus ojos al cielo, dijo la comadrona
con voz clara:
«Padre omnipotente, ¿cuál es el motivo de
que me haya cabido en suerte presenciar tamaño milagro, que me
llena de estupor?, ¿qué es lo que he hecho yo para ser digna dé
ver tus santos misterios, de manera que hicieras venir a tu
sierva en aquel preciso momento para ser testigo de las
maravillas de tus bienes? Señor, ¿qué es lo que tengo que
hacer?, ¿cómo podré narrar lo que mis ojos vieron?»
Dícele Simeón: «Te ruego me des a conocer lo
que has visto.»
Dícele la comadrona:
«No quedará esto oculto para ti, ya que es un
asunto henchido de muchos bienes. Así pues, presta atención a
mis palabras y retenlas en tu corazón:
71. Cuando hube entrado para examinar la doncella, la encontré
con la faz vuelta hacia arriba, mirando al cielo y hablando
consigo. Yo creo que estaba en oración y bendecía al Altísimo.
Cuando hube, pues, llegado hasta ella, le dije:
Dime, hija, ¿no sientes por ventura alguna
molestia o tienes algún miembro dolorido? Mas ella continuaba
inmóvil mirando al cielo, cual una sólida roca y como si nada
oyese.
72. En aquel momento se pararon todas las cosas, silenciosas y
atemorizadas: los vientos dejaron de soplar; no se movió hoja
alguna de los árboles, ni se oyó el ruido de las aguas; los ríos
quedaron inmóviles y el mar sin oleaje; callaron los manantiales
de las aguas y cesó el eco de voces humanas. Reinaba un gran
silencio. Hasta el mismo polo abandoné desde aquel momento su
vertiginoso curso. Las medidas de las horas habían ya casi
pasado. Todas las cosas se habían abismado en el silencio,
atemorizadas y estupefactas. Nosotros estábamos esperando la
llegada del Dios alto, la meta de los siglos.
73. Cuando llegó, pues, la hora, salió al descubierto la virtud
de Dios. Y la doncella, que estaba mirando fijamente al cielo,
quedó convertida en una viña, pues ya se iba adelantando el
colmo de los bienes. Y en cuanto salió la luz, la doncella adoró
a Aquel a quien reconoció haber ella misma alumbrado. El niño
lanzaba de sí resplandores, lo mismo que el sol. Estaba lirnpísimo
y era gratísimo a la vista, pues sólo Él apareció como paz
que apacigua todo...
Aquella luz se multiplicó y oscureció con su
resplan-dor el fulgor del sol, mientras que esta cueva se vio
inundada de una intensa claridad...
74. Yo, por mi parte, quedé llena de estupor y de admiración y
el miedo se apoderé de mí, pues tenía fija mi vista en el
intenso resplandor que despedía la luz que había nacido.
Y esta luz fuese poco a poco condensando y
tomando la forma de un niño, hasta que apareció un infante,
como suelen ser los hombres al nacer.
Yo entonces cobré valor: me incliné, le toqué,
le levanté en mis manos con gran reverencia y me llené de
espanto al ver que tenía el peso propio de un recién nacido. Le
examiné y vi que no estaba manchado lo más mínimo, sino que su
cuerpo todo era nítido, como acontece con la rociada del Dios
Altísimo; era ligero de peso y radiante a la vista.
75.[...] Cuando tomé al infante -prosigue su explicación la
comadrona- vi que tenía limpio el cuerpo, sin las manchas con
que suelen nacer los hombres, y pensé para mis adentros que a lo
mejor habían quedado otros fetos en la matriz de la doncella.
Pues es cosa que suele acontecer a las mujeres en el parto, lo
cual es causa de que corran peligro y desfallezcan de ánimo.
Y al momento llamé a José y puse al niño en
sus brazos. Me acerqué luego a la doncella, la toqué, y comprobé
que no estaba manchada de sangre.
¿Cómo lo referiré?, ¿qué diré? No atino.
No sé cómo describir una claridad tan grande del Dios vivo...
»
Evangelio árabe sobre la Infancia de Jesús
1. Y sucedió que, habiendo nacido
el Señor Jesús en Belén de Judá durante el reinado de Herodes
-dice el manuscrito- vinieron a Jerusalén unos Magos según la
predicción de Zaradust (Zoroastro). Y traían consigo como
presentes oro, incienso y mirra. Y le adoraron y ofrecieron sus
dones. Entonces María tomó uno de aquellos pañales y se lo
entregó en retorno. Ellos se sintieron muy honrados en aceptarlo
de sus manos.
Y en la misma hora se les apareció un ángel
que tenía la misma forma de aquella estrella que les había
servido de guía en el camino. Y siguiendo el rastro de su luz,
partieron de allí hasta llegar a su patria.