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Don Manuel González
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Beato Manuel González García
Baeto Manuel González
 

 Manuel González García (Sevilla 1877 ­ Madrid 1940) Obispo de Málaga y Palencia.
Alcanzado por la presencia pudo contemplar el rostro de Cristo, siendo evangelio vivo y despertando vida como pastor, formador, fundador de obras eucarísticas y sociales... plasmándolo en numerosos escritos.
Quiso ser conocido como "El Obispo del Sagrario abandonado"

Un hombre imantado hacia Dios


Don Manuel es un vocacionado a la Eucaristía abandonada. Vocación que tiene su cenáculo en los comienzos de su vida sacerdotal en Palomares del Río, se consolida y adquiere forma con la fundación de su Obra para los Sagrarios-Calvarios, se confirma y sublima durante su vida de obispo y se perpetúa hasta después de su muerte en su sepultura, en sus libros, en sus obras, que siguen señalando a todos: "'¡Ahí está Jesús! ¡No dejad lo abandonado!".


En el beato Manuel González García podemos descubrir cómo fue llevado por la atracción amorosa del Padre hacia Jesús Eucaristía. El Obispo de la Eucaristía hablaba ya en su tiempo de la Eucaristía como "experiencia fundamental de la Iglesia". Él escribe: "Jesús en la Eucaristía no es sólo un dogma que hay que creer, sino que es un amor que hay que respirar con todo el corazón, una vida que hay que vivir con exclusión de toda otra vida".


Los cristianos estamos habituados a afirmar que la Eucaristía es el centro vital de la Iglesia, el gesto sacramental privilegiado donde se condensa, se expresa y realiza todo lo que es la comunidad cristiana. Si esto es así, quiere decir que, cuando los creyentes no vamos a la Eucaristía, o no entramos en comunión con ella, cuando falseamos y deformamos el significado de la Eucaristía, cuando la vaciamos de su auténtico contenido y empobrecemos su celebración, corremos el riesgo de falsear y deformar toda la vida de la comunidad cristiana vaciándola y empobreciéndola de manera radical.


Don Manuel dirá que "es por falta de darse cuenta. Todos saben lo que allí hay, pero ¡qué pocos se dan por enterados!". Él dedicará toda su vida a despertar el sentido de darse cuenta de la Eucaristía.


La convicción profunda que él tenía, y que resultaba contagiosa, encontró su inspiración y su alimento diario en la Eucaristía. Habló mucho y escribió siempre, dejando rienda suelta a la abundancia de su corazón hecho eucaristía. En su vida personal, don Manuel vive una profunda experiencia del misterio eucarístico. Experiencia enraizada en su vocación sacerdotal episcopal, y enmarcada en la aventura trágica de la Iglesia de su tiempo.



Experiencia, personal y eclesial, que será piedra angular sobre la que él asiente su ministerio profético y pastoral. Su piedad eucarística -experiencia y mensaje- abarca los tres planos fundamentales del misterio de la Eucaristía: el sacrificio de la Misa, el sacramento de la Comunión, y la permanente presencia real del Señor Sacramentado.



En la trayectoria humana de don Manuel, vida y obra son casi una misma cosa, tan reciamente ensambladas están su vocación y misión eclesial, con su ideario, sus convicciones pastorales y sus escritos. Ello se debe a que una sola idea asume todo su interés y polariza toda su existencia desde su experiencia carismática de Palomares del Río, donde palpó en toda su crudeza el abandono de los hombres hacia la Eucaristía



Él escribirá quince años más tarde sobre aquella experiencia carismática: "¡Cómo te agradezco, Jesús, que entre todas las impresiones de mi vida, la dominante y casi exclusiva hayas querido que sea la producida por el abandono del Sagrario! ¡Cómo te agradezco el que me hayas llamado a sentir y predicar el Sagrario abandonado! Gracia tuya ha sido, y muy larga, la de haberme como clavado mis ojos, mi boca, mi pluma y mi alma en ese abandono".



Un Sagrario solitario se adentró en el corazón de este joven sacerdote; fue sensible a un abandono por parte de los hombres, desde entonces lucharía por acabar con este abandono, y con todas las consecuencias del mismo. La Eucaristía abandonada le marca y le configura, hasta el punto que vendría a definir toda su vida de sacerdote y de obispo:



" Yo no quiero que en mi vida de obispo, como antes en mi vida de sacerdote, se acongoje mi alma más que por una sola pena, que es la mayor de todas, el abandono del Sagrario y se regocije más que con una sola alegría, el Sagrario acompañado. Yo no quiero ser más que el obispo del sagrario abandonado". y hoy ya son muchos los que conocen al beato Manuel González con el nombre familiar que realmente lo define "El Obispo del Sagrario abandonado".