El Tercer Mundo se rebela contra la construcción de nuevas presas Las compensaciones centran el debate en el Foro Mundial del Agua INMACULADA G. MARDONES / ENVIADA ESPECIAL, La Haya
Durante la presidencia de Fidel Ramos
-que participa en el Forum- prometió que se abandonaba definitivamente
el proyecto. Pero en 1993 se recuperó la idea, esta vez con la intención
de construir una presa de 200 metros de altura por 1,13 kilómetros de
longitud. Entretanto, 300 familias perdieron sus casas y las 650 hectáreas
que cultivaban en el valle. Una de las presas ha quedado inutilizada al
llenarse de fango por los arrastres de los residuos procedentes de las
explotaciones mineras situadas aguas arriba del río Agno.
Jacqueline Cariño contaba que los
beneficios de las presas nunca han recaído sobre los Ibaloy. Han tenido
que pasar 33 años para que la electricidad llegue a los municipios
donde residen desde que se levantaron las presas. Antes, los Ibaloy
cultivaban arroz y compartían los cultivos del valle; ahora son
"ilegales". Como no poseían títulos de propiedad sobre sus
tierras no se les ha reconocido ningún derecho ni para realojarlos ni
para resarcirles económicamente. Se han desplazado hacia la montaña,
donde no les alcanza el agua. Cariño, como otras tantas voces que se
han oído en La Haya dice que ni el Gobierno filipino ni los
constructores de las presas han mostrado el menor respeto hacia los
derechos de los Ibaloy; no hicieron provisiones para indemnizar sus
tierras expropiadas, no se les proporcionó realojamiento ni ningún
otro medio de vida que sustituyera al que tenían. "Mea
culpa", dijo ayer John Hennesy, presidente honorario de la Comisión
Internacional de Regadíos y Drenajes (ICID) "No se han respetado
los derechos humanos como se debía".
Vijay Paranjpye, de la India, quiso dejar
claro que no tiene sentido adoptar una posición en contra o a favor de
las presas. "Hay que restablecer la credibilidad sobre lo que se
debió de hacer y no se hizo". En la India, sin ir más lejos, el
2,3% de su población -mil millones de habitantes- ha sido desplazada
por la construcción de las presas y el 60% no ha sido realojada. Como
dice Kjell Heggelund, de la empresa estatal noruega Statkraft SF, que
construye dos complejos hidroeléctricos en Laos y Nepal, los pueblos
afectados por proyectos como éstos deberían recibir compensaciones.
Los constructores quieren maximizar sus beneficios, los bancos sus intereses y los inversores sus retornos. Y por último, pero no al final de estas prioridades, deben respetarse los valores sociales y ambientales del lugar. Heggenlund dijo que cuando se decide la construcción de una presa se manejan inversiones multimillonarias. Si la construcción se retrasa por manifestaciones o por unas compensaciones inadecuadas, el aumento de los costes puede convertir los proyectos en inviables. En defensa de la actuación de su gremio añadió que "no todos los países disponen de leyes sobre recursos hídricos y medioambientales modernas ni procedimientos de participación de los afectados en la toma de decisiones".
Algunos ancianos españoles podrían repetir las historias que decenas de indígenas relataban ayer en el foro de La Haya. Cuando se construyeron las grandes presas en España en los años cincuenta no se pedía la opinión de los pueblos que serían anegados. Ni siquiera se les proporcionaba luz eléctrica a los de los alrededores de una central hidroeléctrica. Pero las circunstancias han cambiado. Hoy, si no se cumple una guía elaborada por el Banco Mundial, es una pérdida de tiempo buscar financiación para estos proyectos. La aceptación de los afectados, como se ha visto en La Haya, es un clamor. |