CARTA A MIS ADORABLES VECINOS

 



Estimados vecinos hijos de puta:




 




            Con todos los respetos del mundo, estoy hasta los cojones de esas bestias demoníacas que tenéis por hijos, y de su compulsiva afición por corretear salvajemente por todo el piso, causando un martilleo incesante, incisivo, inconmensurable e insoportable,  en mi cerebro y oídos.




 




            Cualquier persona empezaría esta carta diciendo: Me cago en vuestra puta madre y en todos vuestros putos muertos, pero como yo soy una persona de exquisita educación, os diré: Me defeco en la profesional del placer que es vuestra madre, y me defeco en la totalidad de vuestros difuntos.




 




            Como ciudadano de bien que soy, quiero hacer un bien a la humanidad, y se me ocurren varias soluciones para que esos pequeños diablillos dejen de dar por culo, ejem, perdón, dejen de dar por el pompis a todas horas y consigan, dentro de lo que su genética les permita, ser criaturas civilizadas y comportarse como personas, en lugar de como bestias salvajes indomables.




 




            La primera solución sería que grabáramos sus voces en una cinta, y las reprodujéramos al revés en presencia de un sacerdote amigo mío, especialista en exorcismos, para que vea lo que puede hacer, y averigüe si se trata de un demonio de este planeta y de este universo, por el que estén poseídos sus hijos, o si es de algún otro; o si, por el contrario, descartamos totalmente esa posibilidad para apuntar ya a alguna especialidad psiquiátrica




 




            La segunda solución, tal vez ya un poco más tajante, pero no por ello menos justa y menos efectiva, sería amputarles las piernas a todos sus hijos para que no pudieran correr, conservándolas, eso sí, en una criogénesis para podérselas coser en un futuro, si alguna vez en su edad adulta consiguen recuperar la calificación de Ser Humano, que  el Organismo Internacional para la Protección de la Salud Mental Pública les quitó en su día.




 




            La tercera solución sería administrar a todos los vecinos de la comunidad, una droga que desinhiba  todos los impulsos asesinos que han ido reprimiendo y acumulando durante todos estos años, dando así rienda suelta a esa imaginación malévola y retorcida que a todos se nos despierta cuando llevan años tocándonos los cojones




 




            Siempre pensando en el bien de la humanidad, me voy a permitir darles algunos consejos respecto a las circunstancias en que viven sus hijos.  Para empezar, el tiempo que les quede de vida antes de que algún día misteriosamente desaparezcan,  deberían tener una vida digna y libre de las burlas y motes, con los que Uds. les han condenado a vivir al bautizarlos con esos nombres, tan ajenos a su cultura como inadecuados para lo que sus rasgos faciales sugieren. Probablemente Simba o Chita serían más adecuados que los que Uds. les pusieron: Milton y Cindy, que sin duda provocan un conflicto entre sentidos visual y auditivo en la gente que observa sus caras y a la vez escucha sus nombres. La única explicación racional que se me ocurre para este fenómeno sin igual en la naturaleza, es que los genes que en el resto de la humanidad evolucionaron desde los primates hasta convertirnos en humanos, diferenciándonos de los primeros en cráneo, rasgos faciales e inteligencia, en sus antepasados se perdieron en algún punto del camino, y en la actualidad conservan Uds. ese primitivismo ancestral que tanto les caracteriza en su aspecto y comportamiento, dicho todo, eso sí, con el mayor de los respetos del mundo.  Por otra parte......¿Cómo se le puede ocurrir a alguien ponerle a su hijo el nombre de un método de esterilización de biberones? No se dan Uds. cuenta de que cuando alguien llama a Milton y él se gira, lo que esa persona ve en su cara es una tetina de biberón desinfectada con pelo, ojos, nariz y boca? Es que son ganas de traumatizar a la gente, de verdad, tanto a quien tiene que pasar por ese trauma visual que su imaginación asociativa le escupe, como para el propio biberón, quiero decir, el propio hijo al que uno sentencia de por vida llamándole así. 




 




            Y ya por último, una advertencia, como sigáis por la vía de poner nombres de productos de desinfección a vuestros hijos, la Iglesia Católica va a tener que pronunciarse al respecto, porque ya me imagino la cara de espanto que pondrá el cura cuando tenga que bautizar a vuestros próximos dos hijos: Neutrex y Mister Proper




 




Sin más, me despido de Uds.




 




Desquiciadamente,




                                                           Faustino Rupérez



 


 


Autor: Rafael Fuster