I.
Libertad se opone a fatalidad; contingencia a necesidad. Todo acto libre ha de ser, pues, contingente. Por lo que nos encontramos ante el siguiente dilema: Si la omnisciencia se basa en el conocimiento necesario de las cosas, ¿cómo puede respetar la libertad? Y si la libertad se fundamenta en la contingencia de los actos, ¿cómo puede tolerar la omnisciencia?.
La solución de Leibniz es la armonía, es a saber: Hay dos órdenes totalmente predeterminados, el de las voliciones y el de las causas. Dios "ajusta" ambos para que se den simultáneamente en cada caso, aunque no exista un contacto efectivo entre ellos, puesto que sus naturalezas son completamente disímiles. En virtud del principio de no contradicción (por el que nada es y no es al mismo tiempo) y el de razón suficiente (por el que nada carece de causa) Dios conoce a priori los dos órdenes; mas no por ello deja sin efecto la contingencia de los actos libres, sino que la conserva. Y algo así es posible a través del vínculo metafísico mencionado, cuya efectividad la providencia de Dios fijó para que sirviera como mediador entre ambos reinos desde los albores de la creación.
La armonía sería, pues, la razón del orden y de la libertad, ya que la presciencia (orden) se da de suyo tanto en los procesos naturales y espirituales, de un modo apreciable, como, inapreciablemente, en los sobrenaturales, pero sólo a los primeros se constriñe el ámbito de las causas libres. Podríamos definirla, en resumen, como una especie de fenómeno contingente en grado máximo (superior a la naturaleza y continuamente milagroso) decretado para mantener la posibilidad y la necesidad dentro de la omnisciencia divina, a pesar del antagonismo lógico que las enfrenta.
Concluimos ya con estas palabras a guisa de corolario. La mente está determinada a pensar lo que piensa, aunque sea consciente de ello y lo haga libremente, sin compulsión. Los cuerpos están también necesariamente determinados a moverse de un modo y no de otro. Ahora bien, todo aquello que afecta al reino de la libertad, esto es, allí donde entran en juego los principios simples o substancias (mentes, mónadas) con los compuestos o extensos (cuerpos), goza de un estado de contingencia permanente sostenido por la armonía preestablecida; régimen que, a su vez, se articula con carácter indefectible en el plan de Dios sobre las criaturas racionales, revelándolo como el mejor de los monarcas.
II.
La acción en el mundo crea hechos contingentes a partir de variables necesarias. Es decir, una volición intencional totalmente determinada que opere objetivamente -aunque no realmente- sobre un elemento físico a su vez totalmente determinado generará, por la mera razón de interactuar con él, un hecho completamente nuevo afectado por la contingencia. Y esto es así porque la transformación en el cuerpo y en el alma a resultas de dicho acto libre no puede derivarse de un modo lógico ni de la causalidad en los entes dotados de extensión y de impenetrabilidad relativa, ni de la sucesión de pensamientos en el espíritu. Tampoco es posible deducir tal transformación de la actuación del uno sobre el otro. Si así fuera, se confundirían ambos órdenes, y las determinaciones del alma resultarían una continuación de las de la materia, al tiempo que éstas concurrirían a las voliciones de aquélla, algo de por sí contradictorio. Ahora bien, por añadidura, en el primer caso todo queda reducido a pasión, mientras que en el segundo no hay más que acción; conclusiones estas que no podemos considerar conformes con la experiencia vulgar, y que -como se verá- tampoco encajan en el conocimiento científico. En efecto, somos incapaces de reducir a causas eficientes nuestros actos libres, y nunca encontraremos, entre las infinitas determinaciones físicas por las que transcurre el cauce de la acción espontánea, aquella que nos haya inclinado a actuar de un modo más bien que de otro; no sirviendo para ello un mero análisis a posteriori, puesto que, al ser sus variables irrepetibles, ninguna nueva experiencia podría confirmarlo un número indefinido de veces. Inversamente, no observamos en la naturaleza ejemplos de actos puros, esto es, en absoluto carentes de efectos que los precedan e interfieran en su curso. La única salvedad a este respecto la constituye, por un lado, nuestra idea de la creación divina del Universo, que se estima enteramente indeterminada y exenta de cualquier causa anterior ("creatio ex nihilo"). En segundo lugar, la noción que tenemos de la creación continua, en tanto que operada por una inteligencia suprema conciliadora de órdenes opuestos. A la vista, pues, de los contrasentidos e inconsecuencias enunciados debemos desechar la interacción real entre substancias o la reducción de una a la otra y optar decididamente por el sistema de la armonía.
Reductio:
Sin inmortalidad no hay libertad, porque nada se dirige a un buen fin, sino al único fin: el fin absoluto. Y sin libertad no puede haber moral.
Retorsio:
Pero la moral existe, creemos algunos. No sólo como convención. Existe substancialmente. Luego, para el hombre libre, hay fines mejores que otros en sentido absoluto. Y, si existe la moral, todo forma parte de la misma cadena: entonces también existen la libertad y la inmortalidad.
Sorites:
Hay cosas, en sentido absoluto, mejores que otras. Mejor es lo lleno que lo vacío, por ejemplo. Ergo, existe la libertad, que es la posibilidad a priori de escoger entre lo mejor y lo peor. Por consiguiente, existe también la inmortalidad, que permite que esos fines y esa libertad sean verdaderos y no mera apariencia.
Reductio:
Si la vida, en cambio, es efímera y no perdura más allá de la muerte, en ese caso todas nuestras acciones han de plantearse no como si fueran eternas y parte de nuestro ser, sino como la consecuencia fatal de nuestro actuar.
Si morimos, lo perdemos todo. Es más, antes de morir no tenemos nada, porque carecemos de substancia. Somos un cúmulo de accidentes sin dirección, movidos por el choque azaroso de infinitos corpúsculos.
Nadie, excepto un loco, plantea así su vida. El ateo sostiene en lo teorético lo que rechaza en la práctica.
Corolario:
A los que rechazan el axioma "lo lleno es siempre mejor que lo vacío".
Alguien podría objetar, en efecto, que para mí y para muchos puede ser mejor dormir en una habitación vacía que en otra llena de escorpiones.
¿Por qué, sin embargo, no es mejor, en sentido absoluto, una habitación sin escorpiones que otra repleta de ellos?
Porque lo que realmente te perjudicaría en una habitación llena de escorpiones es tu incapacidad relativa para librarte de ellos, es decir, tu carencia de ser o de conato frente a ellos.
No es mala, pues, la abundancia de escorpiones, sino la insuficiencia de nuestros medios contra los mismos, patente en dicha situación.
Luego lo lleno es siempre preferible a lo vacío, que es lo que tenía que demostrarse. De donde derivamos que hay fines buenos, que existe la libertad capaz de discernirlos, y que la inmortalidad es el fundamento de ambas, libertad y bondad.
10.3. Sorites sobre la inmortalidad
I.
Toda verdad es verdad siempre,
luego es eterna.
Si es eterna, el conocimiento que tengamos de ella debe ser invariable;
si es invariable, no depende de lo contingente en general ni de los sentidos en
particular;
si no depende de lo contingente, no depende del mundo;
si no depende del mundo, depende de Dios;
si nuestro conocimiento depende de Dios, el alma es eterna e inmortal.
II.
Ahora bien, si una verdad es eterna, procede de Dios. Si no procede de Dios, no es eterna. Si no es eterna, no es verdad. Si no es verdad, es una impostura. Si es una impostura, no merece ser obedecida. Ergo, o la moral procede de Dios y es siempre verdadera, o no merece ser obedecida incondicionalmente, sino sólo en tanto nos beneficia o nos perjudica.
Corolario 1.
Replican:
<< La afirmación “tengo cinco años” no es verdad
actualmente, pero lo fue en su día. Es obvio que las verdades no son “eternas”
>>.
Respondo:
No puedes negar el pasado. Lo que fue verdad una sola vez lo será siempre. Imagina que hoy trazas una línea recta y dices: “esto es una línea (o un segmento)”. Mañana trazarás tres rectas más, formando ángulos de 90 grados con la anterior, de manera que encierren un área, y dirás: “esto ya no es una línea, ahora es un cuadrado”. Pues bien, en ese caso estarías mintiendo, ya que es imposible dibujar un cuadrado sin emplear líneas rectas. Además, tampoco puedes cambiar la naturaleza de una línea añadiendo más líneas a la misma.
<< ¿Entonces no podemos
aprender nada? Esto es falso, claramente >>.
Podemos tener un conocimiento más preciso de lo que ya sabemos inconscientemente. Platón y Freud habrían estado de acuerdo en lo siguiente: Ya lo sabemos todo, pero aún no lo sabemos.
<< Pero pueden hacerse afirmaciones verdaderas
sobre hechos contingentes, así que dichas afirmaciones dependen de tales hechos
>>.
En absoluto. Dependen de un caso particular de nuestra gramática lógica, que es comprendida por la gramática universal.
<< Una verdad puede cambiar con el tiempo
>>.
Puede cambiar tu perspectiva sobre esa verdad o la expresión de ésta. La verdad nunca cambia, ya que para nada depende del tiempo. Por otro lado, es el tiempo el que depende de la verdad, ya que nada no verdadero puede suceder.
<< La verdad, por definición, debe reflejar la
realidad, y la realidad cambia con el tiempo. Luego, la verdad debe cambiar
igualmente con el tiempo >>.
No acepto tu definición. La verdad puede reflejar la realidad, pero hay también infinitas proposiciones verdaderas que no reflejan estados actuales de cosas. A menudo nos dejamos engañar por los sentidos y el lenguaje. Un cambio de forma o de concepción no convierte el estado de cosas anterior en falso, sino en parcial.
<< Una verdad nunca es parcial. La verdad no es
una cuestión de grado >>.
No digo que haya verdades parciales. Algo puede ser totalmente verdadero sin identificarse con toda la verdad.
<< No creo que la verdad sea siempre eterna
>>.
Entonces piensas que “La verdad no es eterna” tampoco es una verdad eterna. No soy capaz de discutir seriamente con quien cambia sus presupuestos a cada momento.
<< Falso dilema. Me decanto por “No todas las
verdades son eternas”>>.
Demuéstralo.
<< Algunas verdades pueden ser eternas, pero no
he de suponer que tengan una fuente de veracidad al margen de los objetos que describen
>>.
En ese caso, si no hubiera objetos en el mundo, sólo mentes e ideas, no podríamos tener pensamientos verdaderos, ¿es así? Ni siquiera éste: “No hay objetos en el mundo”. Absurdo.
Corolario 2.
Decidme, ¿alguien puede hacerse merecedor de la vida?
No, porque para ser merecedor o sujeto de derechos hay que existir. Y, si no
vives, no existes. Si no existes, no eres merecedor de nada, ergo tampoco de la
vida.
Luego la vida es un regalo para los que la adquieren. No tenemos derechos sobre
ella, salvo el derecho natural frente al resto de criaturas, pero jamás frente
al Creador que nos la ha dado.
Dios no puede dictar preceptos injustos. Sin embargo, Dios puede quitarnos la
vida, u ordenar por decreto que se nos quite, y continuar siendo justo.
Es más, si presuponemos que él es el Ser justo por antonomasia, será preciso
concluir que con ello se evitan males mayores.
De modo que, cuando Dios establece el “No matarás” como precepto general, está declarando nuestros derechos naturales, que operan como verdades eternas.
En la cosmovisión
gnóstico-ptolomeica "el cielo" se oponía a "la tierra" como
lo uno a lo múltiple o lo blanco a lo negro. "Subir al cielo", pues,
significaba progresar infinitamente hacia lo perfecto, que es Dios, para el que
todo lo que existe actualmente es cambio perpetuo. (Si no fuéramos perpetuos
bajo cierto punto de vista, Dios nos vería al mismo tiempo como existentes e
inexistentes, lo que es absurdo). Dicha progresión infinita llevaba aparejada
la idea de inmortalidad, es decir, de creación "ex vetero" de lo
finito (= resurrección de la carne). La ascensión de Cristo, que fue real, debe
no obstante ser interpretada de manera simbólica.
Añado: La resurrección de la carne logra deducirse en el siguiente orden:
(1) Ninguna sustancia puede ser creada sin
materia, dado que si así fuera no ocuparía espacio. No ocupando espacio,
estaría fuera del tiempo. Luego sería Dios. Pero Dios no puede crearse a sí
mismo. Ergo, toda sustancia creada es creada junto con la materia.
(2) Las sustancias (mónadas) son naturalmente
indestructibles una vez creadas, ya que no constan de partes.
(3) Se concluye que
todo lo creado y perteneciente a la sustancia es indestructible, puesto que de
lo contrario ésta subsistiría autónomamente. La carne de nuestro cuerpo (cuyo
corpúsculo permanece siempre adherido al alma), es extensión necesaria de la
mónada, la potencia de la cual debe ser constantemente actualizada. En este
caso, ni puede desaparecer, ni disociarse definitivamente de su núcleo, ni
sumirse en el estado de corpúsculo de forma indefinida, si es que tiene que
cumplir los fines de su desarrollo sin dar un salto hacia atrás, mutando en
cualquier otro ser inferior (metempsícosis pitagórica, en cierto modo).
Volviendo al tema que da título a este escrito, parece una broma de mal gusto
el que las generaciones posteriores del cristianismo hayan creído literalmente
lo que los primeros discípulos acuñaron como metáfora terrena de una realidad
superior. Como si el cielo físico fuera algo menos creado que la tierra...
De este modo, la fe popular se vuelve ininteligible para sí misma, condenándose
a perecer a medio o largo plazo. Así se extinguió la devoción hacia los mitos poéticos
paganos, permanentemente divorciados de las teorizaciones de los sabios.
El agnosticismo se erige como doctrina de la 'imposibilidad de conocer' ciertas cosas que serían 'en sí', y tiene a Kant como exponente máximo. Pero para edificar una ciencia sobre el mundo fenoménico hay que partir del supuesto de que lo que observamos atañe a la realidad. Luego, la 'cosa en sí' ha de causar el fenómeno, lo que conlleva aplicar a ésta una categoría propia del entendimiento (la causalidad), aspecto que Kant niega para el resto de noúmenos.
Otra contradicción grave es considerar 'cosa en sí' todo objeto exterior y atreverse a teorizar, en cambio, sobre el entendimiento humano. ¿No tiene éste, al menos, la dignidad de una 'cosa en sí'?
El error de Kant, según creo, fue querer inculcar a la filosofía el paradigma físico exclusivo de la ciencia natural: ésta está dirigida al domeñamiento de la realidad (que se toma aproblemáticamente como 'dada'), mientras que aquélla tiene por fin la inteligencia de su condición de posibilidad.
Tampoco el ateísmo (solipsismo escéptico) como 'convicción firme' resulta creíble, si hemos de tomar en serio el hecho de que como cognoscentes seamos superiores a cualquier postulado formulado por nosotros (nihilismo hermenéutico). Un verdadero 'ateo' fiel a su propia doctrina sería el ser totalmente desasido, es decir, el místico.
Por las razones alegadas no me cabe duda de que la filosofía es infinita. Y eso no significa que todo sea filosofía, sino que la filosofía concierne al Todo, repeliendo naturalmente las demarcaciones proyectadas en ella por las jergas.
Todo bien depende de un bien mayor.
Luego todo bien es dependiente.
Luego ningún bien es relativo.
Pero: todo mal es ausencia de bien.
Luego todo mal es dependiente.
Luego ningún mal es relativo.
Lo que viene a significar que, al margen de sus efectos, algo es malo de por sí cuando puede ser calificado como tal. Puesto que es obvio que el mal daña, pero dañar no es la esencia del mal, sino que basta con que se oponga al bien y lo obstaculice.
"Dependiente" y "relativo" suelen usarse como sinónimos. Yo he preferido emplearlos como antónimos esta vez, lo cual tiene su razón de ser. Y es que el relativista, más que afirmar que todos los valores dependen de otros (lo que le conduciría al valor último o Dios), sostiene que cada valor depende de un valor absoluto llamado "yo", esto es, en realidad, un no-valor.
Ahora bien, negando que los valores sean independientes y contradictorios entre sí, cosa fácilmente demostrable desde la dialéctica bien-mal, suprimo tanto la premisa de la independencia relativa entre valores como la dependencia absoluta de éstos con respecto al "yo".
De lo que se sigue:
1) Todo valor es absoluto, puesto que forma parte de un encadenamiento necesario.
2) El "yo" no es un valor.
3) Es más bien el "yo" el que progresa hacia los valores, no los valores hacia el "yo", en tanto que sólo éste tiene albedrío.
4) El carácter absoluto de un valor -bueno o malo- no excluye la posibilidad de rechazarlo en conciencia.
Sobre tus opiniones acerca de la historia de la filosofía, leo:
"La filosofía es la lucha política en la teoría por el progreso de las ciencias".
El problema es que confieres al "progreso" (por cierto, un término pasado de moda) un sentido unidireccional y unidimensional que excluye todo aquello que es contrario a la ideología que profesas. Ahora bien, ¿qué sucede si, dando por buena tu definición, la aplicamos a la definición misma, interpretándola a su propia luz? Ésta dejaría de ser universal para convertirse en una mera toma de partido.
Luego añades:
"Pero la fuerza de los argumentos no es sino la fuerza de convicción, de aceptación social en un momento dado. Cuando alguien me convence de algo, es porque ha utilizado una lógica inteligible para mi, porque ha utilizado argumentos que reconozco como válidos por la sencilla razón de que los entiendo".
Tonterías. Puedes entender algo y no aceptarlo. De hecho, si no lo aceptas, es que lo has entendido.
Y más adelante:
"Es por ello, que los argumentos de irichc, aún cuando sean internamente coherentes, e incluso formalmente irrebatibles (cosa que habría que ver) hoy ya no convencen, porque hablan en un lenguaje que ya ha sido superado y sustituido por otro, tan coherente y formalmente irrebatible como el de irichc".
Si dos proposiciones contradictorias son igualmente verdaderas, entonces el principio de identidad es inválido. Pero, si es inválido, entonces ninguna proposición es verdadera, ya que se carece de medida para la verdad. En este caso, la proposición "Es verdad que tales argumentos han sido superados" deviene absurda.
También:
"La conciencia que tenemos de la realidad depende de nuestras condiciones materiales y sociales de existencia, depende de condiciones de las que en principio no somos conscientes, y que además no controlamos".
Si la lógica y la verdad dependieran de la función de interés de cada individuo, entonces no existirían, puesto que no hay un solo hombre cuyos intereses coincidan completamente con los de otro. Pero, dirás, el individuo es una abstracción de la sociedad que lo genera. Contesto: 1) a qué llamas sociedad, y 2) por qué dos personas totalmente improductivas, parasitarias, no pueden ser una sociedad.
Por último:
"La filosofía es una lucha entre formas distintas de racionalidad, así como la búsqueda de la propia forma de racionalidad. Si no fuera así, la historia de la filosofía hubiera acabado en el momento en el que comenzó".
Triste error. La filosofía es una lucha entre formas distintas de búsqueda de una misma racionalidad.
Defino el vicio como una inclinación natural a obrar irracionalmente.
a) Una inclinación, puesto que se da reiteradamente.
b) Natural, ya que excluye la preformación del deseo en la conciencia. Podríamos hablar, en cambio, de posformación o racionalización.
c) Manifestada mediante signos exteriores y visibles, dado que nos empuja a obrar.
d) Irracional, desde el instante en que no queremos los fines de ese acto, por lo que asentimos a él padeciéndolo.
Según este punto de vista, el sexo es siempre un vicio, a no ser que o bien nazca del amor consciente hacia el otro, o bien se oriente a la procreación, o se den ambos casos.
El vicio, pues, se caracteriza por no tener fin, por tomarse como fin en sí mismo. Expresémoslo en un silogismo:
La mera búsqueda del placer es común a animales y hombres.
Los animales son irracionales.
Luego, la mera búsqueda del placer no puede ser racional.
Consecuencias del sexo vicioso (que, recordémoslo, es un fin en sí para los que lo practican): concepciones no deseadas, embarazos no deseados, hijos no deseados, matrimonios no deseados...
Así que el peor vicio es el que más se ajusta a la definición que he formulado más arriba, a saber: el que es movido por una pasión más poderosa y el que produce consecuencias menos racionales, esto es, accesorias al vicio y no queridas por sí mismas, buscadas en tanto que complemento o medio para la perduración del vicio como fin en sí.
Ahora bien, una inclinación natural no es mala per se, sino en la medida en que subordina la racionalidad y extravía sus fines. Por ejemplo, la inclinación de comer o la de hacer el amor no deben considerarse necesariamente malas: son malas cuando rompen el cerco de la conciencia y se apoderan de ella.
Yendo un poco más allá: el vicio nos acerca al pecado, y el pecado nos aleja de Dios. O lo que es lo mismo: puede haber vicio sin pecado y pecado sin vicio. Sin embargo, todo pecado es irracional, porque conlleva la condenación eterna, que es un fin no deseado. Ahí entramos en la esfera de la creencia. También podríamos decir que, a pesar de nuestro albedrío, estamos naturalmente inclinados a pecar a causa de nuestro desconocimiento de Dios, pues en eso consiste el pecado original.
Luego, bien mirado, pecado y vicio no serían tan distintos: el primero parte del desconocimiento teórico, el segundo de la indolencia práctica.
En resumen, se peca por desconocer a Dios, pero el desconocerlo no es en sí un pecado. Más bien es el origen necesario de todo pecado, su compendio o germen.
Axiomas:
1) El que puede lo más puede lo menos, pero el que puede lo menos no necesariamente puede lo más.
2) Nadie es capaz de realizar por sí mismo (sin instrumentos) lo que no corresponde a su naturaleza.
Definición:
Llamo racional al sujeto capaz de prever de forma consciente acontecimientos no experimentados, así como de exteriorizar su comprensión de la realidad mediante un código inteligible.
Prosilogismo primero:
Es racional el que se ajusta a la definición anteriormente dada.
El hombre se ajusta a ella.
Luego, el hombre es racional.
Pero: el animal no se ajusta a ella.
Luego, el animal no es racional.
Corolario:
El hombre puede comportarse irracionalmente sin perder su condición racional, si ésta permanece activa.
El animal, en cambio, no puede comportarse racionalmente sin perder su condición irracional.
Así pues, lo racional y lo irracional no tienen nada en común en orden a la racionalidad o irracionalidad.
Prosilogismo segundo:
La búsqueda del mero placer sensible es racional o irracional.
Lo racional y lo irracional no tienen nada en común en orden a la racionalidad o irracionalidad.
El animal es irracional.
El animal busca el mero placer sensible.
Luego, la búsqueda del mero placer sensible no es racional.
10.11. Demostración del
diablo
La intención es la raíz de todo acto;
no puede intentarse lo que no se entiende;
no puede entenderse lo que no es;
luego no puede hacerse lo que no es.
Se hace el mal,
ergo, el mal es antes de ser hecho;
el mal es antes de ser intentado;
el mal es antes de ser entendido.
De donde se sigue que el mal preexiste al pensamiento y, ya que el hombre es en
tanto que piensa, también preexiste al hombre.
Con todo, el mal no puede subsistir por sí mismo, dado que siempre es relativo
a un mayor bien o a un menor bien. Así que el mal es creado. Pero, si preexiste
al hombre y a toda criatura, sólo puede ser creado por Dios.
Convenimos, pues, en que el mal es anterior al hombre y creado por Dios; en que
el hombre no puede hacer nada que no intente, no puede intentar nada que no
entienda y, en fin, no puede entender nada que no sea y que no se manifieste en
su conciencia. Ahora bien, el mal puede manifestarse necesariamente o
libremente. Necesariamente, si depende de causas segundas; libremente, si
depende sólo de Dios. Al depender sólo de Dios (como hemos visto ya), el mal se
manifiesta libremente y al margen de la voluntad del hombre.
Si el mal actúa y es libre, el mal no carece de intención;
si no carece de intención, no carece de entendimiento;
si no carece de entendimiento, el mal es un sujeto;
y, si es anterior al hombre y a toda criatura, es un sujeto no humano, el
primero entre los ángeles: Satanás.
Al que, con la ayuda de Dios, hemos infligido una derrota mediante esta página.
FIN