ESCRIBE
FREDY GAMBETTA
En mi
hogar, desde la niñez más temprana, oía que se hablaba, con
admiración, acerca del doctor Jorge Basadre. Sabía que era un
ilustre tacneño, con antepasados tan ilustres como él, cuyos nombres
llevaban algunas calles de Tacna. Cuando cumplí los diez años viajé
a Lima. Entonces, el querido personaje, ejercía las funciones de
Ministro de Educación Pública, en el segundo gobierno del doctor
Manuel Prado Ugarteche. Fue en una actuación pública, en el Politécnico
José Pardo que, acompañando a mi mamá María, lo vi por primera vez
y hasta me "colé" en una fotografía, de docentes, para
aparecer en ella cerca de tan ilustre tacneño.
Sin duda fue EL ALMA DE TACNA el primer libro que
he leído con avidez. Me admiré como dos jóvenes, Jorge Basadre y
José Jiménez Borja, lograron escribir una bella obra capaz de
condensar paisajes, costumbres, historia y folklore, en una versión
local de lo que Pereda llamaba "el sabor de la tierruca", de
manera hermosa, en el fondo y en la forma, con el plausible objetivo
de que los nativos tacneños y ariqueños mantuvieran el amor a la
patria peruana que los viera nacer.
Después de aquella primera lectura tuve en mis
manos adolescentes, INFANCIA EN TACNA, breve libro en el que Basadre
dirige su mirada, y el fuego de su recuerdo, a los felices años
vividos en la ciudad natal, a principios del siglo XX, en la casona
ubicada frente a la plaza de Armas desde la cual, sus ojos de niño
asombrado, observaran las tropelías que cometían las turbas
chilenas, especialmente aquella terrible noche de 1911, cuando, después
de saquear el Club Unión, y destruir e incendiar las imprentas de los
diarios peruanos, EL TACORA y LA VOZ DEL SUR, al pasar destrozaran los
vidrios de las ventanas de su casa al término de aquel mitin que
ellos llamaban "patriótico".
Todavía nada había leído del erudito
historiador, del sesudo ensayista y ya había tenido contacto con él
a través de esas dos obras que son, sin duda, las que le dictara el
corazón. Por eso mismo son aladas y tuvieron la virtud de tocarnos
las íntimas fibras del alma contribuyendo a cimentar, en nosotros,
entonces imberbes lectores, lo que más tarde sería una continua y
apasionada vocación por Tacna, a través del ejercicio literario o de
la investigación histórica.
Conocí físicamente al doctor Basadre en los
primeros años de la década de los 70, del pasado siglo, en una
actuación programada por el Instituto Nacional de Cultura. Recuerdo
que, tímidamente, me acerqué a él. Me impresionó su brillante
mirada, de hombre acucioso e inteligente. Mediano de estatura, de tez
blanca, escaso de cabello, de nariz aguileña, que tenía un tono de
voz muy suave, casi apagado, que correspondía a su espíritu discreto
y fino. En algunos momentos de la conversación había que hacer
esfuerzo para escucharlo.
Su fraternidad impresionaba por sobre todas las
cosas. Extendía sus brazos como para estrecharnos en un abrazo que lo
sentíamos de hermano. De hermano mayor, como le gustaba que lo llamásemos.
Pocos días después, de aquel primer encuentro,
tuve la satisfacción inmensa, que me halagó sobremanera, de recibir
una tarjeta suya, que conservo, en la que me agradecía los momentos
departidos en Tacna. Este fue el primer detalle que me hizo apreciarlo
en toda su grandeza. No alcanzaba a entender cómo un hombre de su
estatura intelectual, dos veces Ministro de Estado, el autor de la
Historia de la República del Perú, respetado y admirado, no
solamente en el Perú, tenía la delicadeza de remitir una esquela a
un joven paisano al que poco había tratado y que, en ese momento,
apenas había publicado algunos poemas en algunas revistas.
Aquel envío me trajo el código de algunas de sus
positivas intenciones. En primer término, el interés sincero que tenía
de relacionarse con la nueva intelectualidad tacneña, con los
creadores que surgían, a partir de los años 1967 o 1968 y que,
gracias al asesoramiento del poeta Livio Gómez, recién llegado a
Tacna, publicábamos en revistas, algunas fundadas y dirigidas por Gómez
o por nosotros mismos, los tacneños. Basadre deseaba saber más de
aquellos jóvenes para alentarlos. Conocía, perfectamente, que desde
la entrega de Tacna al Perú, el 28 de Agosto de 1929, no había
surgido, a la vera del Caplina, ningún grupo cultural de polendas o
publicado una revista importante, que hubiese tenido continuidad.
Tacna, a lo largo del siglo XX, hasta la segunda
mitad de la década de los 60, no aportó, notablemente, a la
bibliografía peruana. Primero porque cerca de cincuenta años vivió
cautiva, en poder de Chile, y después porque, explicablemente, la
ciudad se movía solamente entre el comercio y la burocracia. Aquí no
habían universidades u otros institutos superiores. Parecía que los
creadores eran raras avis no destinadas a morar entre el Arunta y el
Intiorko.
Basadre veía en nosotros a los confalonieros de la
nueva Tacna culta. Su fino espíritu, su intuición natural para
despertar vocaciones, le indicaba que el camino del renacer cultural
tacneño podía ser encomendado a la nueva generación que empezaba a
publicar sus trabajos en las revistas que aparecían entonces.
Después de aquel primer encuentro mantendríamos
una correspondencia epistolar que, en parte, la Universidad Nacional
de Tacna la publicó en su revista CONTEXTO.
En los años siguientes siempre nos encontraríamos
en Tacna en las visitas que hacía, a su ciudad natal, acompañado de
su gentil y fina esposa, señora Isabel Ayulo Lacroix, compañera de
toda la vida, que lo cuidaba con esmero no solamente de los peligros físicos,
que podrían afectar su salud, en los últimos años bastante
quebrantada por un problema circulatorio, que le impedía caminar con
facilidad, sino también de los no tan buenos espíritus que le
importunaban, tal vez no intencionalmente, pero que con su cháchara
intranscendente, llena de lugares comunes, impacientan al más
paciente.
Con el doctor Basadre conversábamos sobre el
pasado de Tacna o de hechos que habían marcado indeleblemente a la
historia nacional. Sin embargo, de manera infaltable, nos ocupábamos
de matizar las charlas con alusiones a personajes tacneños típicos,
a las costumbres de los nuevos ricos o a pecadillos que nosotros conocíamos
y que hacían sabrosa la conversación. O, simplemente, nos hacíamos
bromas. Estas bromas, que tenían como marco, casi siempre, los
distritos vecinos, especialmente el luminoso paisaje de Pachía,
provocaban en don Jorge una risa grande, de niño que demuestra su
alegría con todos los sentidos.
Recuerdo que la señora Chabuca, que así llamábamos
a su esposa, decía que le encantaba venir a Tacna porque en Lima el
doctor tenía pocas oportunidades de gozar con amistades tan
divertidas que le tocaran al infante que todos llevamos dentro del
ser. En estos periplos, por los campos de Montiel, junto a Luis
Cavagnaro y Gróver Pango, el hada madrina era siempre Virginia Lázaro
Villarroel, directora, entonces, del Instituto Nacional de Cultura.
Paseábamos por los callejones tacneños, esos
laberintos de ensueño, moradas de la buganvilla, que espían a la
ciudad y que inspiraron al doctor Basadre escribir que en Tacna no se
sabía donde terminaba la ciudad y dónde empezaba el campo.
Caminábamos por la larga avenida Bolognesi, reina
de las calles tacneñas, al final de la cual, decía, le hubiese
gustado cerrar los ojos, en una antigua casona. En el trayecto se
detenía para contemplar la arquitectura de los inmuebles y abogaba
para que se mantenga el espíritu de Tacna en sus casonas, que no se
malograse la piedra de cantería, pintándola, siendo que ella tiene
una dignidad que le da señorío a cualquier solar. Su mayor placer
era recorrer la avenida Bolognesi, la alameda para los tacneños
viejos. Decía que cualquier urbe del mundo se enorgullecería de
contar con una tan extensa, ancha y perfumada vía destinada a
concluir, por el Este, en el distrito de Pocollay.
Cuando viajaba a Lima la primera llamada telefónica
era para saludar a la familia Basadre. El doctor preservaba, con todo
derecho, su privacidad. Por ello, indefectiblemente, me contestaban
que no estaba en casa. Mas, al identificarme, tenía la gentileza de
acercarse al auricular. Inmediatamente me preguntaba por los amigos de
Tacna. No cesaba de inquirir por alguna publicación, algún proyecto
pendiente o una escenificación teatral. Todo lo recordaba. Los
asuntos de Tacna le preocupaban. Sin que de por medio hubiese ninguna
presión, pues era sumamente discreto, todo proyecto que le comunicábamos
sabíamos que significaba, de hecho, un compromiso de honor con él.
No podíamos, no debíamos fallarle.
Más de una vez tuvo la fineza de invitarme a su
residencia. En el transcurso de alguna visita le conté de mis libros
inéditos. Había publicado una plaqueta y un poemario. En esos días
me interesaba publicar unos poemas reunidos con el nombre de CASA
DERRUIDA.
En la víspera de uno de mis retornos a Tacna, el
doctor Basadre tuvo la infinita, la inmensa bondad de acercarse a la
casa donde me hospedaba y dejarme una carta dirigida a la Imprenta
Santa María. Además me obsequiaba un cheque con una nota que, en el
colmo de la sutileza, me decía que perdonara el dinero pues no sabía
cuáles eran mis gustos literarios, de tal manera que era mejor que yo
empleara esos soles comprando libros que sean de mi preferencia. También
me advertía que por ningún motivo comentase aquel detalle. Yo guardé
el secreto, por supuesto, hasta su fallecimiento. Después lo he
escrito varias veces en artículos publicados en diarios y revistas de
Lima y Tacna.
Gróver Pango me ha hecho una valiosa confidencia.
Cuando él llegó a Lima, al día siguiente que el gobierno, presidido
por el General de División EP Francisco Morales Bermúdez Cerruti, le
impusiera al doctor Basadre la Orden del Sol del Perú, lo llamó por
teléfono para expresarle la felicitación de los amigos de Tacna,
"sus hermanos menores". Don Jorge, en una nueva prueba de su
infinita modestia, le preguntó "¿ cómo estuve?. El discurso lo
escribí pensando en ustedes, los tacneños".
En efecto, el discurso finaliza con una bella y
documentada alusión a Tacna y aboga, ante las más altas autoridades,
del gobierno de entonces, por el futuro desarrollo de su ciudad natal.
Nobleza del hijo bien nacido que, por sobre los honores, no olvida a
la tierra que lo acunara en su seno.
Tan nobles gestos, amistad tan preciada, lecciones
tan vivas, no sabíamos cómo agradecerlas, cómo pagar el agua de tan
limpia y generosa fuente. En mi caso, le dediqué mi libro de poemas
RUMOR DEL CAPLINA, por lo que me mostró su agradecimiento más cálido.
Luis Cavagnaro Orellana recreó la bella época de Tacna, de fines del
siglo XIX, en estampas hermosas, llenas de música, poesía y
movimiento que el doctor alcanzara a apreciar y a elogiar en el andén
de la antigua estación del ferrocarril Tacna-Arica. Por su parte, Gróver
Pango escribiría una obra de teatro, que tituló CHALLAVIENTO y que,
seguramente, por las intensas tareas educativas a las que dedica su
tiempo, aún no ha publicado, ni llevado a la escena. CHALLAVIENTO está
basada en la historia de la comunidad, del mismo nombre, ubicada en la
cordillera tacneña, que sufriera los avatares del cautiverio, en
poder de Chile, y que tuviera que emigrar hacia Tarata. Este episodio
le interesaba sobremanera al doctor Basadre al punto de reclamarnos,
con insistencia, ocuparnos de él.
Nuestras ofrendas, nuestras retribuciones
intelectuales, a la amistad de tan grande peruano, tan grande tacneño,
se plasmaron en aportes a la poesía, al teatro y a la revista de
costumbres, a los que, con el tiempo, se añadirían libros de poesía,
de investigación histórica, de crónicas, de ensayos pedagógicos.
Si bien Basadre no fue nuestro maestro en las
aulas, lo fue en la vida. La máxima lección que nos dejó, además
del amor a la tierra natal, fue su modestia, su sencillez a ultranza.
Él, que era un faro en la cultura peruana, quiso siempre ser uno más,
entre nosotros, llegando al extremo, en mi caso, de pedir que lo
tuteara cosa que, por supuesto, jamás hice. Recuerdo también que,
ante la sorpresa, del entonces joven Lucho Cavagnaro, le pedía que le
corrigiese cuando opinaba sobre asuntos de la historia local o
nacional.
En la vida tenemos la oportunidad de encontrar
seres que por el mínimo hecho de ocupar algún puesto político
transitorio, o jerarquía un poco más alta que la nuestra, adoptan
poses que devienen en risibles al revestirse de pedantería y
fatuidad. Entonces el espíritu de Basadre nos alienta para tolerar la
malacrianza que genera mediocridad. Comprendemos porqué los hombres
realmente grandes lucen el vestido de la modestia.
Haber conocido al doctor Jorge Basadre Grohmann, el
tacneño más sobresaliente del siglo XX y uno de los más notables
peruanos de ese siglo, cuyo pensamiento, todavía vigente, no ha sido
debidamente estudiado y difundido, conversado con él, en horas
inolvidables, acompañándolo en sus reencuentros con el paisaje y la
gente de Tacna, es uno de los regalos más grandes que la vida me ha
brindado. Su presencia infundía energía y su recuerdo nos alienta a
seguir transitando por el camino de la literatura y de la investigación,
escogidos hace más de veinte años.
Quisiera que este testimonio personal exprese no
mayor orgullo que el mínimo indispensable de alguien que recibió
confidencias y apoyos del Maestro, de un brillante primus inter pares.
Siguiendo su ejemplo no deseo inscribirme en la pléyade de aquellos
que pretenden vivir a su sombra o pretenden usarlo, después de
muerto, para sus campañas, refocilándose con su memoria en propio
beneficio.
Basadre, siendo patrimonio de la patria, y de
Tacna, en particular, no puede servir a nadie de escudo, mas si de
manantial al que todos acudan puntuales a beber, a conocer la historia
de la vida republicana del Perú, nuestros atávicos problemas y las
posibilidades que existen para enfrentarlos y resolverlos a la luz del
trabajo, la honradez y la verdad.
Tacna, 12 de febrero de 2001