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Calderón de la Barca

Calderón de la Barca

Ruiseñor que volando vas,
cantando finezas, cantando favores,
¡oh, cuánta pena y envidia me das!
Pero no, que si hoy cantas amores,
tú tendrás celos y tú llorarás.

¡Qué alegre y desvanecido
cantas, dulce ruiseñor,
las aventuras de tu amor
olvidado de tu olvido!
En ti, de ti entretenido
al ver cuán ufano estás,
¡oh, cuánta envidia me das
publicando tus favores!
Pero no, que si hoy cantas amores,
tú tendrás celos y tú llorarás.

Lope de Vega

Con cada vez que te veo
nueva admiración me das,
y cuando te miro más,
aún más mirarte deseo.
Ojos hidrópicos creo
que mis ojos deben ser,
pues cuando es muerte el beber,
beben más, y desta suerte,
viendo que el ver me da muerte
estoy muriendo por ver.

Pero véate yo y muera;
que no sé, rendido ya,
si el verte muerte me da,
el no verte qué me diera.
Fuera más que muerte fiera,
ira, rabia y dolor fuerte;
fuera muerte; desta suerte
su rigor he ponderado,
pues dar vida a un desdichado
es dar a un dichoso muerte.

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Pedro Antonio Calderón de la Barca de Henao y Riaño nació en Madrid (ESPAÑA) el 17 de enero de 1600, de familia acomodada. Entre 1608 y 1613 se educó en el madrileño Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, cuya filosofía ascética tanto influirá en sus sistemas de ideologización del mundo y en la organización estética de su dramaturgia. Parece ser que en 1614 estudiaba lógica y retórica en la Universidad de Alcalá de Henares y, tras la muerte de su padre en 1615, marcha a la Universidad de Salamanca (si bien la documentación existente no acredita su matrícula hasta el curso 1617-18). Allí obtendrá el grado de Bachiller en Cánones y experimentará, quizá, sus primeros versos de tema amatorio, romances publicados en Delicias de Apolo, recreaciones del Parnaso. Sin embargo, sus escarceos literarios se inauguran oficialmente con su participación en las justas poéticas que, con motivo de la beatificación de San Isidro Labrador, se celebran en Madrid en 1620 y, más tarde, en 1622, esta vez para celebrar su canonización. La primera obra dramática, documentalmente atribuible, es Amor, honor y poder, representada en el Real Palacio el 21 de junio de 1623. Comienza así un brillante periodo de progresiva madurez como autor de teatro profano tanto para los corrales públicos como para palacio: El purgatorio de San Patricio, El príncipe constante o La dama duende, hasta que en 1636 publica su Primera parte de comedias, al frente de la cual sitúa La vida es sueño. Junto con célebres obras como El médico de su honra (1635) o El alcalde de Zalamea (1636), comienza a escribir sus primeros autos sacramentales y comedias de esplendor cortesano y mitológico (El mayor encanto, amor, 1635) para el Coliseo del Buen Retiro. Transcurrirá una década de intensa vida cortesana, a cuyos medros y oficios deberá Calderón su hábito de Santiago (1637). Haciendo honor a éste, quizá tomara parte en el cerco que habían puesto los franceses a la plaza de Fuenterrabía (1638). Los sucesivos cierres de los teatros (que abarcan, casi ininterrumpidamente, desde 1645 a 1649) y -en el terreno de la especulación- diversos avatares de su vida privada (desde el nacimiento de un hijo hasta la muerte de su hermano Diego en 1647) pudieron persuadirle a seguir la carrera sacerdotal, hacia la cual su familia intentó decidirle desde el principio: en 1651 ocupa la capellanía fundada por su abuela doña Inés de Riaño. Más tarde, en 1653, hace lo propio con la capellanía de los Reyes Nuevos de Toledo, no sin antes habérsele exigido pruebas de información de su limpieza de sangre. Su dedicación dramática se orientará entonces, decisivamente, hacia la escritura de los autos para el Corpus de Madrid o de Toledo, y de piezas de grandiosidad escenográfica y musical, en los nacientes géneros de la zarzuela o de la ópera (El golfo de las sirenas, 1656; El laurel de Apolo, 1658; La púrpura de la rosa, 1660; El hijo del Sol, 1661). Regresa a Madrid en 1663. Al morir Lope, quien lo había elogiado desde siempre, es nombrado capellán de honor del rey y, en 1666, de la Congregación de Presbíteros Naturales de Madrid. Tras la muerte de Felipe IV en 1665 las representaciones palaciegas no se reanudarán hasta 1670 con el estreno, precisamente, de Fieras afemina amor. También desde esta fecha el Ayuntamiento madrileño le encarga la preparación de los autos del Corpus hasta su muerte: será en 1677 cuando se decidirá a publicarlos en un tomo de doce piezas impreso en Madrid por José Fernández de Buendía. El reinado de Carlos II, no obstante, supone el decrecimiento notable de su producción y, como consecuencia, vive una cierta penuria económica de la que se le trató de resarcir en 1679 al concedérsele una cédula real para poder abastecerse en especie de la despensa palaciega "en atención a sus servicios de tantos años a esta parte y hallarse con tan crecida edad y con muy cortos medios". El día 3 de marzo de 1680 se representó ante Carlos II y doña María Luisa su última comedia, Hado y divisa de Leónido y Marfisa. Y aún llegó a escribir uno de los autos de 1681 (El cordero de Isaías). Murió el 25 de mayo de 1681 y se le enterró al día siguiente en la iglesia de San Salvador, seguramente con el seguimiento de sus indicaciones testamentarias, en las que pidió gran sobriedad y mesura en sus pompas fúnebres y ser llevado -como ahora es ya notoria fama- descubierto, para "públicos desengaños de mi muerte".

Pocas veces se encontrará en la literatura un dramaturgo (pues por tal se tiene a Calderón, es decir, un verdadero hombre de escena y no sólo un escritor de literatura dramática) que haya suscitado las apasionadas controversias del autor de La vida es sueño. Defendido por los románticos, denostado por ilustrados, por el academicismo positivista y algunos filósofos de la llamada posmodernidad (una posmodernidad que a través de la relectura de Hegel o de Walter Benjamín le observa ahora llena de curiosidad), Calderón se ve privado, como señaló Vossler, de ese punto intermedio entre lo terreno y el más allá que seguramente le hubiera hecho ser nuestro irrenunciable contemporáneo. La vida de Calderón contrasta con la de Lope. Salvo los lances de juventud, poco chocante o anómalo se documenta de él. Y aunque es el más importante discípulo del Fénix, frente a la improvisación y vitalidad de éste, Calderón escribe con reflexión, hondura y serenidad doctas. Calderón se consagró exclusivamente al teatro. Se conservan de él 120 comedias, 80 autos sacramentales y una veintena de piezas menores (entremeses, loas, etc.). Se distinguen dos épocas en su quehacer. En la primera -hasta los treinta y cinco o cuarenta años- siguió de cerca el modelo de comedia lopesca; entre sus mejores obras de esa época figuran La dama duende y Casa con dos puertas mala es de guardar. En su segunda época, mantiene la fórmula lopesca, pero la sosiega, trabaja con mayor cuidado los detalles. También elabora con más atención la forma, acentuando su barroquismo (con elementos ornamentales gongorinos y no poco conceptismo). Y dramatiza temas de mayor enjundia ideológica. Sus comedias se hacen así más "perfectas", pero pierden lozanía y frescura. Son más arte y menos naturaleza. Resulta de todo ello una cierta rigidez académica. Las dos obras maestras -cumbres del teatro mundial- son El alcalde de Zalamea y La vida es sueño. Calderón cultivó también los dramas de honor. El médico de su honra, A secreto agravio, secreta venganza, El mayor monstruo, los celos, etc.

Desde la Edad Media, en la procesión del Corpus se representaban obras con temas religiosos muy diversos. Poco a poco, se fue imponiendo, como tema más adecuado a la fiesta del día, la exaltación de la eucaristía. Las obras que lo desarrollan se llamaron 'autos sacramentales'. En los siglos XVI y XVII, las ciudades rivalizan en dar mayor esplendor a tal fiesta, contratan las mejores compañías, y encargan autos a los mejores autores de comedias, que se representaban en tablados o carros al paso de la procesión. Lope compuso muchas de esas obras, pero quien alcanzó la mayor perfección en el género fue Calderón. Los autos sacramentales eran obritas en un acto y en verso, con personajes alegóricos (la Idolatría, la Iglesia, el Pecado, etc.), que desarrollaban, también alegóricamente, un argumento espiritual (normalmente, la Redención del hombre por Cristo), y que acababan con una exaltación y adoración de la Eucaristía. Los principales autos de Calderón de la Barca son: El gran teatro del mundo, La cena del rey Baltasar y La vida es sueño (distinto de la comedia).

El alcalde de Zalamea, es un drama inspirado en otro anterior atribuido a Lope, pero lo supera de modo absoluto. En él, un alcalde de pueblo (poder civil) prende a un capitán que ha violado a su hija; pero el general don Lope de Figueroa le reclama al prisionero para someterlo a la jurisdicción militar. El alcalde Pedro Crespo, lejos de entregárselo, ordena darle garrote. Y así, por un lado, hallamos a un villano con honor -como en Lope-, que lo defiende cuando es ultrajado; por otro, se afirma la unidad de la justicia, que se ejerce en nombre del rey, sin privilegios para nadie. Sigue en el teatro la defensa de los derechos de los villanos o campesinos, que Lope había iniciado. Para que su dignidad resalte frente a la de muchos hidalgos, aparece en el drama uno completamente ridículo. Por lo demás, la pirámide social del XVII está bien firme: en la base, la clase llana; en el centro, los aristócratas y los militares; en el vértice el rey, que interviene para recomponerla cuando aquella estructura sufre alteración.

 

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