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Lope de Vega

Lope de Vega

     Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto,
burla burlando van los tres delante.

     Yo pensé que no hallara consonante,
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

     Por el primer terceto voy entrando,
y aun parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.

     Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que estoy los trece versos acabando:
contad si son catorce, y está hecho.

Lope de Vega

     Daba sustento a un pajarillo un día
Lucinda, y por los hierros del portillo
fuésele de la jaula el pajarillo
al libre viento, en que vivir solía.

     Con un suspiro a la ocasión tardía
tendió la mano, y no pudiendo asillo,
dijo (y de las mejillas amarillo
volvió el clavel, que entre su nieve ardía).

     "¿Adónde vas, por despreciar el nido,
al peligro de ligas y de balas,
y al dueño huyes, que tu pico adora?"

     Oyóla el pajarillo enternecido,
y a la antigua prisión volvió las alas:
que tanto puede una mujer que llora.

Lope de Vega

     Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;

     arder como la vela y consumirse
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;

     hablar entre las mudas soledades,
pedir prestada, sobre fe, paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;

     creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma y en la vida infierno.

Lope de Vega

     Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

     no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

     huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

     creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor: quien lo probó lo sabe.

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Lope Félix de Vega Carpio nació en Madrid (ESPAÑA) en 1562, de padres humildes (aunque se vanagloriara de sus orígenes hidalgos). Estudió con los jesuitas, y tal vez en las Universidades de Alcalá y Salamanca. A los veintiún años participa en la conquista de la isla Terceira (Azores). Se enamora de Elena Osorio (Filis), hija de un empresario teatral, separada de su marido. Tras cinco años de apasionadas relaciones, ella lo dejó por otro amante rico, y el poeta hizo correr poemas que la insultaban. Por ello, en un proceso resonante, se le condenó a ocho años de destierro de Madrid, y dos de Castilla. Durante el destierro, Lope se alistó en la Armada Invencible; no es seguro que combatiera. Y se casó con Isabel de Urbina; con ella se instala en Valencia, donde hay una vida teatral muy activa. Escribe comedias y las estrena en Madrid y otras ciudades. Cumplido el destierro de Castilla, vive en Alba de Tormes (Salamanca), al servicio del duque de Alba. En 1594, muere Isabel. Perdonado en 1595, regresa a Madrid. Allí se enamora de otra hermosa mujer casada, Micaela Luján (Lucinda), y contrae matrimonio con Juana de Guardo, vulgar pero de padres ricos; sin embargo, su esposa no recibió la dote. A los cuarenta y tres años entra al servicio del frívolo duque de Sessa, al que sirve en degradantes aventuras amorosas. Pero, al morir su hijo Carlos y su esposa, reacciona y se ordena sacerdote (1614). Recae, no obstante, doblegada su voluntad por el duque de Sessa. Se enamora de la bellísima Marta de Nevares, también casada, de veintiséis años; él cuenta cincuenta y seis. Tienen varios hijos. Vive en pleno escándalo, pero su popularidad es inmensa. Marta queda ciega y presenta síntomas de locura. Lope le consagra sus cuidados, en diez años de expiación. Pasa apuros económicos; algunas de sus comedias son silbadas; una de sus hijas más queridas, le roba y huye con un galán. Entre tantas calamidades, muere en Madrid en 1635. Una gran multitud acudió a su entierro.

La vida de Lope es un mosaico de luz y de sombras, de gallardía apasionada y de caídas lamentables. El pueblo lo adoraba; un discípulo cuenta: "No hay casa de hombre curioso que no tenga un retrato de él." Y corría una oración semiblasfema, que empezaba: "Creo en Lope de Vega, poeta del cielo y de la tierra...". Aunque su dedicación principal fue el teatro, cultivó todos los géneros de su tiempo, con la única excepción importante de la novela picaresca. Y así, escribió obras líricas, épicas y narrativas. La lírica de Lope es muy rica y variada. Aparece intercalada en obras dramáticas o novelescas; y constituyendo libros, como las Rimas (1604), Rimas sacras (1614), Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos (1634) y La Vega del Parnaso (1637). Su inspiración es, por tanto, religiosa (y alcanza entonces cimas de espiritualidad dignas de los místicos del siglo anterior) y profana. Los temas, en ambas vertientes, proceden de una fuerte motivación autobiográfica: describe sus estados emocionales más trascendentes o los acontecimientos menos discretos de su apasionado vivir. Sus versos, a veces, eran crónicas poco disimuladas de sus amoríos, que el público leía con avidez. Pero logra siempre felices resultados, y su poesía ocupa una primera línea en la historia literaria. Maestro en todos los metros, son admirables sus romances, sus sonetos y sus poemillas de inspiración popular.

En Italia, dos grandes poetas épicos renacentistas, Ariosto y Tasso, habían escrito dos grandes poemas, admirados en toda Europa. En su línea, Lope escribe La hermosura de Angélica (sobre los amores de Angélica y Medoro) y La Jerusalén conquistada (1609), en endecasílabos. Son también importantes poemas épicos suyos: La Dragontea (1598), que narra la derrota del pirata inglés Drake. El Isidro, en octosílabos, sobre el santo patrón de Madrid, lleno de garbo popular. La Gatomaquia (1634), de carácter épico burlesco, donde canta graciosamente las proezas de unos gatos.

Prolongando géneros novelescos renacentistas, Lope publica una novela (su primera obra) ajustada al género pastoril (en la que el propio Lope aparece bajo su seudónimo favorito de Belardo): La Arcadia (1598); y una novela bizantina: El peregrino en su patria (1604), que incluye cuatro autos sacramentales. Escribió también cuatro novelas cortas a imitación de las ejemplares cervantinas, tituladas Novelas a Marcia Leonarda. Pero su obra en prosa más importante, rigurosamente magistral, es la "acción en prosa" La Dorotea, dialogada como 'La Celestina'. Ya con setenta años, recuerda con nostalgia su mocedad, sus amores con Elena Osorio, evocados serenamente con un estilo terso y juvenil. Es creador de la fórmula teatral denominada comedia española. Por la fecundidad y rapidez de su producción dramática, fue llamado 'Fénix de los Ingenios Españoles y Monstruo de la Naturaleza'. En efecto, escribió ¡1.500 obras teatrales! (se conservan 314 comedias y 42 autos sacramentales). Ello supone una media diaria de más de doscientos versos, si se cuenta desde los dieciocho años hasta la fecha de su muerte. A parte, conviene recordar que escribió, además, muchas obras no teatrales. El Fénix se inspiró abundantemente en temas históricos y legendarios de España. A este grupo pertenecen títulos fundamentales como Fuenteovejuna, El caballero de Olmedo o Peribáñez y el comendador de Ocaña. Pero desarrolló también asuntos inventados en abundantes obras, como La dama boba (1613), La viuda valenciana, El castigo sin venganza y El perro del hortelano. Para componer las obras del primer grupo, Lope estudió profundamente la historia y las tradiciones locales, antiguas y modernas. El Romancero viejo le suministró abundantes temas, así como las canciones populares, que introduce frecuentemente en sus comedias. En el segundo grupo, desarrolla argumentos de su propia invención, o tomados de relatos novelescos, normalmente italianos.

Escribió también comedias religiosas (La buena guarda), mitológicas (El laberinto de Creta) y de historia extranjera. Y abundantes autos sacramentales. Como Cervantes, Lope se sintió inclinado a la llaneza expresiva; pero su actitud no fue tan firme. En la pugna entre culteranos y conceptistas, se sintió más próximo a su amigo Quevedo, aunque sintió envidia de Góngora, al que a veces imitó vergonzantemente aunque se burló de él: hubiera deseado gozar del reconocimiento de los doctos que tanto alababan a su rival. Pero su éxito se lo daba el pueblo en los corrales, y a él se consagró cultivando, en lo esencial, la claridad. Lo adoraba el pueblo, pero Góngora y sus seguidores lo despreciaban. Ése fue su drama de artista. La posteridad, sin embargo, ha reconocido su genialidad. Lope, que conoció los momentos de plenitud del poderío hispano y el comienzo de la decadencia, recorre esos años de historia fundido con su pueblo, exaltando sus glorias militares, políticas y religiosas, sin que casi nunca su mirada intentase abarcar la realidad nacional con ojos críticos. Dio a los españoles lo que querían: seguridad, conciencia de grandeza, fe, regocijo (y, a veces, escándalo). Él mismo encarnó gallardías y vilezas con su vivir y crear apasionados. El país lo amó: quizá nunca ha tenido nación alguna un poeta que la haya representado de modo tan fiel. Pertenecen a la escuela de Lope de Vega autores dramáticos muy importantes: Guillén de Castro, valenciano (1569-1613), autor de un drama famosísimo: 'Las mocedades del Cid'; Fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina, madrileño (1584-1648), a quien se deben dos obras fundamentales: 'El burlador de Sevilla' (primera aparición teatral del tema de don Juan), y 'El condenado por desconfiado', sobre el tema de la predestinación: un ermitaño, que duda de su destino final, se condena, mientras que un bandolero se salva por haberse arrepentido a tiempo; Juan Ruiz de Alarcón, mejicano (1581-1639), gran conocedor de la psicología humana en obras como 'La verdad sospechosa' (contra el vicio de mentir), o 'Las paredes oyen' (contra la maledicencia); Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), otro genio de las letras, merecedor de un capítulo a parte en esta sección.

 

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