SEIS CARROZAS
Junto a mí, una anciana indígena vestida a la usanza Purépecha,
siempre con una sonrisa dibujada en sus labios resecos; en el mismo lugar
también nos acompañaban 2 mujeres enlutadas custodiadas por un hombre mayor,
barbado, con una pipa siempre en la mano y una mirada interrogante.
De vez en vez nos deteníamos en un paraje acogedor para ingerir nuestros
alimentos o simplemente para estirar los pies y vaciar el cuerpo. Esa última
parada antes de entrar a la sierra de Guanajuato fue un tanto tensa, el guía
sereno nos habló al término de la merienda.
- Señores y señoras, estamos a punto de arribar a la sierra de codornices,
podremos observar cimas cubiertas por bosques de encinos, son un bello
espectáculo, sin embargo, hay u riesgo intrínseco: “Los Asesinos de la Niebla”,
bandidos que asaltan de noche, son seres malvados quienes no conocen piedad ni
moral alguna.
- Pero no teman – interviene un sargento – pues yo y mis hombres custodiaremos
la caravana, y por mi honor militar juro saldremos con bien hasta la minera
ciudad de Santa fe de Guanajuato.
Era aquella amenaza como una leyenda entre los pobladores de la región, porque
sólo un par de hombres juraban haber sobrevivido a un ataque de “Los Asesinos de
la Niebla”, ellos no dejaban testigos, nadie sabía como ellos eran físicamente o
si se trataba de entes, fantasmas del diablo o aguerridos forajidos. Antes de
reanudar el viaje pude ver en los ojos de los niños el temor, como si en el
destello de sus pupilas cabalgara ya la muerte.
Iniciamos la travesía a través de la sierra, ese día no ocurrió cosa
interesante, habló el hombre barbado del nuevo gobernador Agustín Arroyo,
perteneciente al grupo verde; movía su pipa como dirigiendo una orquesta.
- No creo que él sea capaz de acabar con los bandoleros, sólo Colunga hubiese
logrado hacerlo.
- Y del viaje, ¿qué opina? – intervine para evitar la charla política.
- Será grandioso mi joven amigo, maravilloso.
- Si ves, mirarás, si miras, observarás; si entiendes, escribirás – me dijo la
anciana con un gesto de seguridad, que no le abandonaba nunca – mientras me daba
un par de palmadas en la pierna.
Acampamos al anochecer en medio de una atmósfera emotiva, quizá todos creíamos
haber caído en las manos de nuestro destino; seguíamos avante al atardecer según
concejo del guía para llegar a una vista hermosa de la ciudad capital del
estado. No obstante el optimismo de él, la niebla no nos permitía una visión
clara 20 metros lejos de nuestra ventana; cuando los caballos se detuvieron no
fue obra del conductor sino de su sentido primario de sobrevivencia, jadeaban y
algunos empezaron a reparar nerviosos… 2 disparos se escuchan rompiendo el
silencio, todos callamos a un tiempo, nadie se movía, las miradas fijas, los
rostros expectantes como tratando de adivinar que había más allá de la
visibilidad, éramos unas víctimas indefensas ante el aviso.
Yo esperaba en mi carruaje asustado, por fin vencí un poco mi miedo y me asomé
por una de las ventanas, vi aproximarse unos jinetes a trote lento, surgían de
entre la bruma cual entes infernales; bajo los sombreros salían negros cabellos
al parecer bien cortados, mas no así la barba y el bigote en los rostros de
aquellos quienes ya empezaban a mostrarse, quien parecía el líder lucía
diferente, talvez se afeitó sólo para esta ocasión, dicen que un buen bandido
siempre se afeita entes del atraco, al igual que lo hace un banquero. Eran
aquellos hombres como buitres ante la carroña suculentamente dispuesta e
inmóvil, estábamos seguros nos devorarían, bueno, menos la anciana, ella siempre
serena, murmuraba unas extrañas oraciones a algún dios auxiliador en las causas
perdidas.
Mientras nos estudiaban con su vivaz mirada sentíamos el tiempo sin correr, una
ventisca fría se filtraba a través de la espesa bruma con olor a humedad
atrapándonos cual víctimas próximas a ser inmoladas. Se acercan.
Reflexionaba entonces mi vida por si hubiese otra oportunidad, por si no
encontraba salida a esa situación y ellos me matasen ahí mismo en mi asiento,
ellos, los mercenarios de la sierra; vi mi reloj y marcaba las 6:36, agonizante
día, joven noche tomaría mi último aliento. El sol se había ya ocultado raudo en
complicidad de los jinetes amenazantes. En eso, el jefe se adelantó a su gente
lentamente, desesperantemente, quise gritar, mas no pude, la anciana se me
acercó para susurrar:
- Observa bien lo que hay frente a ti, así, prepara tu libro ahora mismo, una
gran historia se aproxima como el águila desde la cima, será un mito de temor y
heroísmo.
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LA APARICIÓN
Busqué entre mis bolsillos algo para hacer apuntes, el jefe
bandolero se venía acercando como cortando el viento a su firme paso, mi mano
nerviosa no encontró lo que buscaba.
- Los ojos no sólo son útiles para ver sino para observar, tu mente no
únicamente piensa sino archiva y reflexiona.
Estas fueron las palabras de la anciana Purépecha, acto seguido, me señaló hacia
un punto en la joven obscuridad, algo, como un ente, se dibujaba como una figura
confusa, un jinete bajaba de su montura ágilmente, junto a su corcel permaneció
sin movimiento, asechando, quizás real o alguna mítica ilusión en la niebla
reina. Observar aquella silueta era como presenciar un alba a la medianoche,
cuando estábamos al límite de nuestro tiempo; sin embargo nadie más parecía
observarla.
A 60 metros se detuvo el bandolero, ¿Qué le detuvo?; una águila volando encima
de la escena rompiendo el silencio con su aleteo casual, así hubiera querido
volar para huir del acoso, pero ahí estábamos, indefensos, ante nuestro ejecutor
sin defensa. Él llegó hasta un cofre, en la parte trasera de una carroza… Lo que
sucedió entonces fue dramático: Un joven soldado salió avante a enfrentarle,
pero un tiro en la frente lo paró en seco, se desplomó en frente de nosotros sin
vida, hubiese podido jurar que vi salir una luz de su cuerpo, pero tal vez fue
la luz de la luna reflejada en la niebla, ¿qué estoy diciendo?.
- “Apresúrate a escribir”- Me dijo la anciana y luego comenzó a orar en su
dialecto; en tanto, el bandido abrió el cofre con dos disparos. El humilde
sargento que nos iba a proteger no se movía, ni hablaba, solo temblaba de pies a
cabeza.
- Ve, pero no temas Morir- Me ordenó la anciana, de primero no me moví, luego,
me dirigí a mi muerte confiando en la sabiduría indígena, seguro me protegería.
¡Bang, Bang!, Caigo de rodillas, no me hirieron; mire al cielo como buscando a
Dios, sin embargo, sólo vi al águila aquella volar cerca de las jóvenes
estrellas. A una señal la legión avanzó hacia nosotros dispuestos a carroñar,
era el golpe final.
Una oración se escuchaba, el jefe de los mercenarios se dirigió a la mujer para
callarla; ella se adelantó al ordenar:
- ¡No avances más, el águila mandará un aliado con la maldición contra ti y tú
legión!
- Ridículo, ¡ ja, ja, ja !, todos morirán.
Aquella tensión me parecía que nos mataría antes que cualquier bala; 6 disparos
rompieron la niebla hasta el corazón de 6 bandidos; vi a la silueta acercarse
sin titubear, ¿sería un ángel u otro de los bandidos?, todos alzaron la mirada,
las mujeres de negro tomaron sus rosarios asombradas. El conjuro de la anciana
parecía subir al cielo, infundiendo miedo en el asesino ante la observación de
la silueta. Todos estos actos entraron por mis ojos y quedaron inscritos en mi
mente.
Yo permanecía en medio de la acción, entre el fuego y el abismo, sentí morir, y
me preguntaba como es que fui a dar a ese lugar, el destino seguía tejiendo sus
hilos. La silueta se aproximó más, el bandolero no se percataba de ella porque
su mirada estaba fija en la anciana, ¿cómo parar su rezo si no podía mover el
gatillo?
Me incorporé, corrí a un escondite, sentí haber corrido un mundo hasta unos
arbustos aun par de metros; vi que los bandidos habían comenzado el saqueo, los
militares yacían rostro a tierra maniatados, estábamos indefensos.
Uno de aquellos bandidos tomó un rifle, apuntó con cuidado, pacientemente…
Disparó la carga contra el águila sin herirla; en eso… una luz azul, la niebla
se disipa por unos segundos, aquel jinete misterioso surgió de las sombras bajo
la luz de la luna, alzo su mano izquierda hacia los bandidos, 6 destellos vi, 6
bandidos cayeron con el corazón en pedazos.
- ¡Vayan por él! ¡mátenlo! - Ordenó el jefe a su legión diezmada; 7 se
adelantaron contra la sombra, la cual movía sus brazos sin que alcanzara a ver
para que, los asesinos se acercaron le amenazaron, pero sólo vieron un
resplandor ante los ojos y sintieron un fuego atravesar su cerebro; sin más, uno
a uno cayeron al fango, algunos aún con su arma en la mano, mientras la silueta
mantenía ambos brazos alzados hacia el lider.
Caminé a un lugar donde pudiese observar mejor, tropecé con un cadáver, tenia
los ojos abiertos, blancos; un hilillo de sangre surgía del orificio en su
frente.
Los asaltadores que sobraban amenazan a aquel ser con rabia, pero él ignoró toda
amenaza, o quizás, no podía escuchar las palabras amedrentadoras; verle era ver
a la muerte cabalgando con su espada de fuego. Y yo, ahí, junto a un cadáver sin
lograr comprender, vi a la anciana alzar su mirada a donde el águila descendía
con pesar, bajó de su vuelo hasta posarse en mis piernas temblorosas, mientras,
a poca distancia los atracadores sobrevivientes disparaban a la silueta con el
infierno reflejado en las pupilas.
Uno a uno, cuerpos caen en el fango y la silueta camina sin estrago; ya yacen 26
bandidos sin alma sólo resta el líder, quien se aleja de la anciana y enciende
las cortinas de una carroza.
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EL DUELO
Frente a frente, nuestra muerte y nuestra salvación, listas a la
prueba; observé con atención cuando el águila aleteó, volteé a verla, ella me
ofreció una de sus finas plumas, contenía sangre aun fina, para que “escribiera
e inmortalizara” su acto, según palabras de la anciana; “una saga: la noche que
murieron los asesinos los asesinos de la sierra”.
Pero aún faltaba el acto final: aquella anciana continuaba orando,
el asesino apuntó con su pistola a su oponente, ahora iluminado por el fuego de
la carroza, no podía fallar esta vez, y no lo hizo, 3 disparos surgieron y 3
balas chocaron con el pecho de la silueta haciéndole dar un paso atrás.
- No puedo creer que todavía estés de pie, y ya no tengo balas; eso no importa
mucho porque te destrozaré con mis propias manos.
Se encaminó hasta su oponente, jadeaba como un corcel de guerra en
silencioso susurro, con una sonrisa en los labios resecos. De su camisa saco una
daga y se abalanzó, seguro de dar muerte a su contrincante, éste esperó hasta
tenerlo a un par de metros… Con movimiento rapidísimo lo esquivó al tiempo que
alzó su diestra; esa fue una escena dantesca: la silueta permanecía apoyada en
el suelo con su rodilla izquierda mientras su diestra aún estaba alzada, como
saludando al cielo; su respiración era agitada. Mientras tanto, el bandido
estaba de pie, con ambas manos se agarraba la garganta sin emitir lamento. Los
segundos trascurrían lentos, se me la anciana y me murmuró al oído.
- Ahora el ve a todos aquellos a quien dio muerte, almas y personalidades le
acosan.
Sucedió entonces que se desplomo el mercenario; fue hasta entonces cuando la
gente corrió a desatar a los militares y apagar la carroza, yo me dirigí al
jinete, que se marchaba, lo alcance cuando ya havia llegado a su cuaco.
- Permíteme ayudarte – asintió con la cabeza, la ayude a quitarse la casaca
negra cuidadosa mente, pude percatarme de varios orificios en lugares que me
paresia debían ser impactos mortales.
- Es una suerte que estés vivo, tienes suerte asintió por segunda ocasión con la
cabeza; vi que se despegaba de otra prenda, la cual brillaba con la tenue luz de
la luna y el fuego de la fogata, de una sacudida cayeron dos balas; la tome, era
pesada, en ves de hilo es taba echo de una fina malla, ella había por lo menos
otras siete balas incrustadas ala altura del pecho, algunas manchas de sangre
llamaron mi atención.
- ¿Estas herido? – no contesto; lentamente se quito una prenda blanca dejándome
ver su espalda desnuda, su piel mostraba algunos rasguños, tome mi pañuelo y
limpie un poca de su sangre, al tocar su piel la sentí cuan tersa era, ¿era
acaso un ángel?, no, porque la sangre era humana.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando su cabellera cayó cubriendo su
espalda morena, era aquel un cabello bien cuidado; me percate que ya no tenia
cubierto el rostro así que pare frente a… en ese momento quise decir algo colocó
su dedo sellando mis labios, no pude hablar, acallé así mi asombro.
Tomo vestiduras nuevas de su montadura para cubrir su identidad una ves mas;
monto y se alejo entre la sierra. Regrese a la caravana, al pasar junto al
cadáver del jefe de los bandoleros me incline para ver porque se havia agarrado
la garganta con desesperación.
Era un pequeño cuchillo, lo entregué con cuidado para dejármelo como recuerdo de
aquella batalla sin igual; cuando fuimos salvados por una mujer.
Al llegar el alba nos cubrió al fin la calma, ante nosotros estaba la ciudad
minera; Guanajuato; ahí escribí lo que presencie, mi relato escrito en la sangre
de una águila, la saga de los asesinos
Fin.
Última Modificación 23/04/2007