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Sótano de las Calaveras

EL SÓTANO DE LAS CALAVERAS

   1898, 8 de julio, cae la noche sobre la ciudad del valle; una dama reza antes de ir a la cama como es costumbre en su familia, ha orado al Señor su Dios por un buen sueño y la aleje de las imágenes aterradoras.   La dama se levanta lentamente y se dirige a su lecho, se acomoda bajo las blancas sabanas tan tibias, cierra los ojos al mundo que ha quedado sin luz, sombras mundanas cubren su cuerpo al apagar la vela, que reposa sobre el buró junto a su cama hecha por su padre.   Sombras del más allá guían su mente a vagar en el jamás, sobre el límite de lo vivo y lo muerto; algo ronda allá abajo en la tierra del quizá.

   La dama da un vistazo a lo oscuro y le parece escuchar pasos a lo lejos, un destello aparece por entre el piso de madera; Ella, la dama llamada Martha, va llena de curiosidad al sótano de su casa...  de pronto, vuelve al mundo de los despiertos.

   Es el sueño que le persigue cada 9 noches desde hace 9 meses.

   1 noviembre de 1898, Martha visita a su amiga Rebeca, ambas entran a la casa colonial, charlan de cosas que les hacen reír; llevan tantos años de amistad que saben como alegrarse la una a la otra. Entran al recibidor, ahí les ofrecen un vaso de agua; de pronto Rebeca se pone de pie y va hasta la ventana, regresa frente a su amiga.
Ven conmigo un momento al sótano- Rebeca la invita con una sonrisa enigmática reflejada en el rostro – acabo de recordar que mi padre me pidió le trajera un buen vino desde hace rato y no se lo he traído.
Bien, vamos.

   Ambas entran iluminadas por una vela blanca, deben bajar con cuidado pues el suelo está un poco húmedo, fango rojo mancha levemente las zapatillas de las doncellas, ese lugar parece más una cueva, las paredes son de roca y el suelo fangoso, al fondo se encuentra un mueble de madera donde reposan los vinos en botellas verde oscuro, Rebeca extrae una botella polvorienta del estante, se la da a su amiga y le susurra al oído.


- Espérame aquí un momento Martha, te voy a mostrar un secreto. Ruidos extraños parecen escucharse tras la pared, Martha echa un vistazo entre las sombras sin distinguir algo.
- Mira amiga, de este lado hay “algo”.

   Rebeca abre una puerta disimulada en la pared muy lentamente, acerca su vela blanca para descubrir… un altar queda al descubierto, Rebeca enciende las veladoras de los 7 niveles; Martha siente que el miedo la invade al observar aquellas calaveras alineadas de una forma casi sacra, cada una tiene el nombre de un ser viviente en la frente. Al pie del altar hay aserrín cubriendo el fango, un camino está trazado con piedras de río; en el altar hay frutas, vino, ropa, utensilios de trabajo, y en el último nivel una fotografía... un militar.
De pronto Martha se da cuenta que la amiga la ha dejado sola, no se percató cuando desapareció de su lado; el sótano se ilumina de súbito con la luz de 7 antorchas incrustadas en la pared tras el altar, alumbrando las calaveras en todo su esplendor, a Martha le parece ver sangrar los nombres en las frentes.
De entre las sombras surge un hombre, vestido en indumentaria militar.
- Martha, no temas, mi nombre es Agustín; he estado vagando entre el mundo de los muertos y el de los vivientes por 81 años, sé que tú puedes ayudarme a descansar en paz.
- ¿Yo?
- Sí, por mí nadie rezó cuando morí; eso es lo que necesito de ti, ora por mi alma en una misa sacra. Yo maté a 7 niños por error y cargué con esa culpa hasta morir, la gente jamás me perdonó el infanticidio imprudencial, y nadie se atrevió a pedir por el descanso de mi alma; si lo haces tú con sinceridad yo podré descansar.

   De la nada de la habitación surge un frío viento y las antorchas se apagan, olor a incienso viejo invade el sótano, Martha ve como los nombres han dejado de sangrar, si no estuviese tan mareada podría ella jurar que escuchó voces de niños llorando en el altar. Las fuerzas le abandonan y siente caer en un abismo profundo y negro, esa caída del alma que hace despertar al cuerpo, Martha despierta en su lecho, la cama hecha por su padre.

   Lo único cierto es que el sueño apareció en el lecho de la dama llamada Martha, lo incierto es dónde ocurrió la petición del alma sin descanso, el cálido lecho de una joven o el frío de un sótano de calaveras.

   Es 1898, un 17 de diciembre, en el valle de Huatzindeo la niebla cubre las cimas circundantes a la capilla del padre Prisciliano; dentro, Martha reza por el alivio de aquella alma la cual le rogó por una plegaria, Agustín es el nombre que la ha perseguido por días, es por su alma que la dama sincera derrama un par de lágrimas, luego piensa en los niños y sus dedos se crispan tomando el rosario con más fuerza. Sus ojos cerrados ven como el consuelo va alcanzando al alma ya no olvidada de Agustín; si tan sólo hubiera abierto los ojos durante su plegaria hubiera visto el rostro de aquel a quien tanto anhela conocer observándola con ternura, si tan solo sus oídos se hubieran abierto al Divino hubiera escuchado: “En verdad un día estarás conmigo en mi jardín”.
Terminada la sacra misa sale del templo blanco rumbo al este, se persigna ante la cruz pétrea y pide por última vez por el descanso eterno de Agustín; con cada paso que la aleja del barrio de indios se va borrando de su mente el nombre de aquel quien le habló en sueños.

   Es un nuevo día, Martha visita a su amiga Rebeca, entre bromas le pregunta acerca del sótano de su casa y de las calaveras que ahí se encuentran.
- No hay sótano en la casa, y nunca ha habido uno amiga. ¿Por qué lo preguntas?
- Olvídalo, mejor invítame un té y te platico lo que soñé - una paz inexplicable le invade dentro.

   Luego de tomar el té de hierbabuena caminan por la vieja casa mientras Martha le cuenta su sueño extraño, disimuladamente busca rastros que le digan que fue verdad lo que soñó, pero todo luce tan “normal” cómo cualquier día de diciembre. Ya en la puerta de madera, Rebeca despide a su amiga con una risa enigmática iluminando su rostro, le da un beso en la mejilla y al verla empezar a alejarse le dice “Adiós”, con un tono más de agradecimiento que de deseo de volver a verla.

   De existir el sótano de las calaveras, Agustín ya no vagará ahí, su alma alcanzó ya el reposo eterno; mientras en su corazón, Martha conservará el recuerdo de alguien, cuyo nombre ha olvidado; sin embargo, la paz que alcanzó ese día ya no la abandonará, si tan solo supiera que un día llegará a conocer a Él a quien tanto anhela, si tan solo supiera que su alma será guiada por 7 pequeños espíritus que si supieron perdonar.

Fin.
 

 

 

Gracias a Mónica Palafox por su colaboración para la edición del texto

Countervisitas

Publicado en Periódico Correo, en el suplemento Extravagario