- Espérame aquí un momento Martha, te voy a mostrar un secreto. Ruidos extraños
parecen escucharse tras la pared, Martha echa un vistazo entre las sombras sin
distinguir algo.
- Mira amiga, de este lado hay “algo”.
Rebeca abre una puerta disimulada en la pared muy lentamente, acerca su vela
blanca para descubrir… un altar queda al descubierto, Rebeca enciende las
veladoras de los 7 niveles; Martha siente que el miedo la invade al observar
aquellas calaveras alineadas de una forma casi sacra, cada una tiene el nombre
de un ser viviente en la frente. Al pie del altar hay aserrín cubriendo el
fango, un camino está trazado con piedras de río; en el altar hay frutas, vino,
ropa, utensilios de trabajo, y en el último nivel una fotografía... un militar.
De pronto Martha se da cuenta que la amiga la ha dejado sola, no se percató
cuando desapareció de su lado; el sótano se ilumina de súbito con la luz de 7
antorchas incrustadas en la pared tras el altar, alumbrando las calaveras en
todo su esplendor, a Martha le parece ver sangrar los nombres en las frentes.
De entre las sombras surge un hombre, vestido en indumentaria militar.
- Martha, no temas, mi nombre es Agustín; he estado vagando entre el mundo de
los muertos y el de los vivientes por 81 años, sé que tú puedes ayudarme a
descansar en paz.
- ¿Yo?
- Sí, por mí nadie rezó cuando morí; eso es lo que necesito de ti, ora por mi
alma en una misa sacra. Yo maté a 7 niños por error y cargué con esa culpa hasta
morir, la gente jamás me perdonó el infanticidio imprudencial, y nadie se
atrevió a pedir por el descanso de mi alma; si lo haces tú con sinceridad yo
podré descansar.
De la nada de la habitación surge un frío viento y las antorchas se apagan, olor
a incienso viejo invade el sótano, Martha ve como los nombres han dejado de
sangrar, si no estuviese tan mareada podría ella jurar que escuchó voces de
niños llorando en el altar. Las fuerzas le abandonan y siente caer en un abismo
profundo y negro, esa caída del alma que hace despertar al cuerpo, Martha
despierta en su lecho, la cama hecha por su padre.
Lo único cierto es que el sueño apareció en el lecho de la dama llamada Martha,
lo incierto es dónde ocurrió la petición del alma sin descanso, el cálido lecho
de una joven o el frío de un sótano de calaveras.
Es 1898, un 17 de diciembre, en el valle de Huatzindeo la niebla cubre las cimas
circundantes a la capilla del padre Prisciliano; dentro, Martha reza por el
alivio de aquella alma la cual le rogó por una plegaria, Agustín es el nombre
que la ha perseguido por días, es por su alma que la dama sincera derrama un par
de lágrimas, luego piensa en los niños y sus dedos se crispan tomando el rosario
con más fuerza. Sus ojos cerrados ven como el consuelo va alcanzando al alma ya
no olvidada de Agustín; si tan sólo hubiera abierto los ojos durante su plegaria
hubiera visto el rostro de aquel a quien tanto anhela conocer observándola con
ternura, si tan solo sus oídos se hubieran abierto al Divino hubiera escuchado:
“En verdad un día estarás conmigo en mi jardín”.
Terminada la sacra misa sale del templo blanco rumbo al este, se persigna ante
la cruz pétrea y pide por última vez por el descanso eterno de Agustín; con cada
paso que la aleja del barrio de indios se va borrando de su mente el nombre de
aquel quien le habló en sueños.
Es un nuevo día, Martha visita a su amiga Rebeca, entre bromas le pregunta
acerca del sótano de su casa y de las calaveras que ahí se encuentran.
- No hay sótano en la casa, y nunca ha habido uno amiga. ¿Por qué lo preguntas?
- Olvídalo, mejor invítame un té y te platico lo que soñé - una paz inexplicable
le invade dentro.
Luego de tomar el té de hierbabuena caminan por la vieja casa mientras Martha le
cuenta su sueño extraño, disimuladamente busca rastros que le digan que fue
verdad lo que soñó, pero todo luce tan “normal” cómo cualquier día de diciembre.
Ya en la puerta de madera, Rebeca despide a su amiga con una risa enigmática
iluminando su rostro, le da un beso en la mejilla y al verla empezar a alejarse
le dice “Adiós”, con un tono más de agradecimiento que de deseo de volver a
verla.
De existir el sótano de las calaveras, Agustín ya no vagará ahí, su alma alcanzó
ya el reposo eterno; mientras en su corazón, Martha conservará el recuerdo de
alguien, cuyo nombre ha olvidado; sin embargo, la paz que alcanzó ese día ya no
la abandonará, si tan solo supiera que un día llegará a conocer a Él a quien
tanto anhela, si tan solo supiera que su alma será guiada por 7 pequeños
espíritus que si supieron perdonar.
Fin.
Gracias a Mónica Palafox por su colaboración para la edición del texto
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Publicado en Periódico Correo, en el suplemento Extravagario