|
CUENTOS Y LEYENDAS DE SALVATIERRA.
|
|
|
LA PRESENTE ES UNA RECOPILACIÓN DE CUENTOS, LEYENDAS Y RELATOS CURIOSOS QUE SE CUENTAN EN SALVATIERRA Y SUS ALREDEDORES, DE SER POSIBLE SE NOMBRA LA FUENTE O EL NOMBRE DEL COLABORADOR, SI TIENES ALGÚN RELATO QUE COMPARTIR, ENVÍALO POR e-mail A: salvatierra_gto@yahoo.com.mx Conquistar a la Novia
la Cruz del
Culiacán La Taconuda |
|
Cuentan los ancianos de una forma efectiva para conquistar
a la muchacha que se quiere para novia, hay que buscar un nido de gorriones,
se agarra el gorrión más pequeño y se le buscan las
plumas de la cola, se le quita la pluma de en medio. La pluma se le puede
regalar a la muchacha o ponerla sobre su foto para que caiga enamorada.
En la ciudad de Salvatierra existe un oratorio en la
calle Hidalgo, ahí está una imagen de la virgen de los dolores;
mucha gente entra a rezar o únicamente a pasar un rato de meditación
por lo acogedor del recinto sagrado; muchas personas decían
haber visto a un borracho entrar y sólo tocar el manto de la virgen.
Un día aciago murieron dos personas en la ciudad,
un hombre rico y un borracho muy pobre; los funerales fueron acordes a
la naturaleza de cada uno de los difuntos, ambas almas abandonaron sus
respectivos cuerpos y fueron a entregar cuentas al creador, la justicia
divina mandó al alma del borracho al purgatorio y la del rico al
infierno, ésta vio al creador como buscando un porque, a lo que
Dios le dijo:
- En vida fuiste abonando con limosnas no sinceras tu entrad
al cielo pero nunca dejaste de lado el pecado ni nunca te arrepentiste.
En cambio, el borracho sabía que no podía dejar su vicio
por falta de voluntad, venia a la iglesia y tocaba solo el manto de la
virgen con una vergüenza sincera sin decir promesas vanas, si pudieras
ver el manto encontrarías los huecos que hizo el borracho al tocar
el manto todos los días sin faltar uno solo.
Así cada uno recibió su castigo justo.
Cuentan que un grupo de muchachos siempre andaban en
busca de aventuras y problemas, no les importaba a quien dañaran;
en cierta ocasión andaban en una de las periferias de la ciudad
robando fruta, era ya tarde y empezaba a anochecer, salieron cargados del
huerto; en eso salió de su casa un anciano quien era dueño
de la huerta, les llamó la atención pero ellos se burlaron
de él insultándolo, y hasta le aventaron algunas guayabas.
El anciano se sentó, se les quedó viendo y dijo:
- Algún día pagarán todo lo malo que hacen,
todo se paga.
Los muchachos se fueron a un callejón a comerse sus guayabas y perones, todavía se seguían burlando del viejo y de cómo lo maltrataron; en eso estaban, cuando alguien vio un burro amarrado de unos arbustos, decidieron soltarlo para montarle. Uno de ellos le montó, mientras otro lo desamarraba, empezaron a hacer su alboroto acostumbrado, uno empezó a golpear al asno con una vara para que reparara, el callejón se empezó a obscurecer. Otro chavo se subió al burro, en medio de la obscuridad otro sintió que quedaba lugar y subió también al burro; sin darse cuenta de lo anormal de la situación uno a uno se fueron subiendo hasta estar todos al lomo del asno... uno de ellos grito que ya amarrarán al burro, todos empezaron nombrar a todos y se dieron cuenta de lo increíble, nadie estaba abajo, el pánico los invadió, empezaron a bajarse como pudieron sin saber donde caían, ya abajo vieron como le brillaban los ojos al burro, lo que siguió los acabó de dejar pasmados, algunos dicen que oyeron un grito como de lamentos pero los muchachos juran que fue un rebuzno del asno endiablado, huyeron despavoridos del lugar...
A la mañana siguiente gente fue al callejón, habían encontrado el cadáver de un joven de 18 años totalmente ensangrentado, nadie de los vecinos dijo haber visto que alguien dejara amarrado un burro en el callejón, pues nadie de ellos tenía. Dicen que aquel burro extraño ha vuelto a aparecer en algunas noches de luna nueva, quizá en busca de más jinetes.
"Publicado en periódico Correo, en el suplemento Expresso"
El 9 de agosto de 1735 fue un día muy caluroso pero se presentó un cambio de temperatura, por el lado de la sierra de los agustinos aparecieron nubes de tormenta y horas más tarde inicio una lluvia copiosa, un indio ya viejo, su yerno y dos nietos se refugian bajo un corpulento mezquite; la tormenta empeoró y en todo el valle se escuchó un trueno que sacudió y lleno de pavor a la ciudad de Salvatierra, los 4 indios habían sido fulminados por un rayo, encontrándose dispersos y solo una de los nietos pudo sobrevivir.
Los cuerpos fueron levantados por campesinos del lugar, encomendaron al niño que encontraron con vida al Señor Crucificado que se encontraba en la capilla del Calvario, junto a la hacienda de Sánchez y como se recuperó en poco tiempo, se consideró aquella cura como un prodigio de la Divina Providencia, por lo que se le dio el título de Señor de la Clemencia. Poco tiempo después, al ver los franciscanos que la capilla era frágil ante las crecidas del río, trataron de llevarse la imagen a otra, pero dicen que cuando trataron de moverla se hizo tan pesada que no la pudieron mover.
En 1682 se hizo una junta para solicitar una imagen de Cristo Crucificado para su veneración en el templo de San Juan Bautista; una vez hechas las diligencias preliminares llegaron los escultores que se iban a encargar de la obra, saliendo de inmediato al monte cuatro indios separadamente para buscar un árbol que fuese apropiado. El día siguiente volvió uno de los enviados con la noticia de haber encontrado un árbol como el que solicitaban, llamó a todos los indios para que fueran a cortarlo; fueron a descortezarlo y conforme fueron retirando la corteza fueron descubriendo la imagen ya formada y perfecta de un crucifijo, declarando los escultores que la talla era tan perfecta que no era menester más que ponerle "la encarnación"; dándose aviso al juez Ecco. Quien le dio la advocación y título de Señor del Socorro.
Cuentan los ancianos que en cierta ocasión
dos muchachos muy acaudalados se disputaban el amor de una joven, heredera
de una gran fortuna en la ciudad de Salvatierra; un muchacho era originario
de Yuririahpúndaro y el otro originario de San Nicolás de
los Agustinos.
El día de sus quince años la muchacha
tuvo su anhelada fiesta de presentación a la sociedad, sus dos pretendientes
aprovecharon la ocasión para dar a conocer sus intenciones de matrimonio
con la joven, su padre le preguntó si tenía predilección
por alguno de los dos y ella no supo decidir, pues ambos le eran atractivos.
Ante el dilema el padre de la muchacha ideo una forma
de decidir quien sería el esposo de su hija, les dijo que fueran
por sus mejores caballos y los amarraran a una carreta lista para una carrera;
los dos jóvenes obedecieron, fueron a sus respectivos hogares y
dispusieron todo para la carrera.
El día pactado se presentaron todos los implicados,
el padre de la muchacha se acercó a los dos competidores y les dijo:
- Será marido de mi querida y única hija aquel cuya
carreta pierda la carrera, pero ambos deberán luchar por ganar.
Los jóvenes quedaron pasmados ante la proposición,
ambos se miraron desconcertados, ¿cómo correr para ganar
si el perdedor se casase con la hija? ; un anciano que sabía de
las condiciones de la carrera, llamó a los dos muchachos y les susurró
algo que nadie más escuchó. Los pretendientes estrecharon
sus manos, se dirigieron a las carretas y la carrera inició, una
carrera tan disputada que jamás nadie olvidaría, ambos jinetes
vociferaban y dirigían hábilmente a los cuacos para librar
los obstáculos del terreno, dieron vuelta en el lugar marcado e
iniciaron el retorno, los maderos de las carretas crujían como deseando
desvanecerse, los corceles corrían como si la vida les fuera en
ello, nariz a nariz hasta unos pocos metros antes de la meta cuando una
de la carretas volcó... una ¡aaah! rompió el tenso
silencio, unos hombres fueron a auxiliar al muchacho que había caído
mientras el padre de la novia se acercó al ganador, y le dijo que
a pesar de todo había sido una gran carrera pero que su hija se
casaría con el muchacho accidentado, pero el ganador se dirigió
a la joven y dijo a los presentes:
- Yo me desposaré con esta joven pues su padre dijo que dría
la mano de la doncella a aquel cuya carreta perdiera la carrera, bien pues,
nosotros intercambiamos carretas para que cada uno corriera en la del contrario,
así pues mi carreta perdió y yo me desposaré con la
muchacha.
Todos los presentes quedaron conformes y la boda se llevó a cabo, el anciano quien les dio la idea fue el invitado principal de la boda.
Hace muchos años
llegó a estos lugares una india, cuya hermosura asombraba a quienes la miraba,
iba siempre acompañada por sus padres ya ancianos; ellos habían establecido su
vivienda lejos del resto de la población, en el corazón del cerro del Culiacán.
Rodeose esta familia de tal misterio que llegaron a tribuírsele, sobre todo al
indio, el carácter de hechicero, cosa que nunca llegó a comprobarse.
Pero en realidad talvez únicamente trataban de proteger a su hija por el temor
de que fuera objeto de la codicia de los hombres de la región, pues cuentan que
el indio seguía considerando a los españoles como enemigos de su raza; sin
embargo, con el correr del tiempo la hermosa india se encontró con un apuesto
caballero español, Don Pedro Núñez, se enamoraron y cada uno pasaba los días
suspirando por el otro, se veían cada vez que podían, a escondidas, hasta que un
día los descubriera el padre de la joven quien se disgustó y aseguró que jamás
permitiría que su amor se consumara.
Contra todo y todos, la joven pareja concertó su matrimonio, el cual causó
revuelo en la región, se casaron y vivieron felices por un tiempo, acostumbraban
pasear por la rivera del río Lerma; pero el odio en el padre de la joven no
murió, espero paciente la oportunidad, y cuando la tuvo mató a su propia hija.
Un peón encontró el cadáver al hacer su recorrido diario, y temiendo lo culparan
enterró a la joven; el caballero español se dedicó a la vida religiosa, entrando
a la orden de los Carmelitas Descalzos, y fue él quien colocó la cruz en lo alto
del cerro del Culiacán para acallar, dicen, los fuertes lamentos que se oían en
todo el valle por la pena de su amada. Esa cruz es la protectora de los
enamorados del valle del Culiacán.
![]()
La Guajolota Debajo de la Cama.
Cuentan de un hecho tan verídico como bochornoso,
en tiempos de las apuraciones un señor recibió en su casa
a varios amigos quienes eran músicos; el anfitrión les dio
de comer y acomodó sus pertenencias para que los amigos se quedaran
a dormir en su casa. Uno de los amigos veía con ojos
maliciosos a la mujer del anfitrión, quien tan amablemente los atendía
y aseguró aprovecharía las sombras para manosear a la mujer;
al apagar las luces, el mal amigo esperó a que todos durmieran y
empezó a desplazarse lentamente hasta la cama donde sabía
estaba la hermosa mujer, a tientas fue buscando el cuerpo deseado.
De pronto sintió algo cálido que tocaban sus dedos, al toque
se escuchó un ruido como de ronroneo o suave quejido.
- No hagas ruido, no hagas ruido. – dijo el atrevido individuo.
Continuó avanzando, cuando de pronto... sintió un fuerte pellizco en la mano, pensó sería la recatada mujer, así que siguió hasta que se sintió atacado y gritó, todos se despertaron, encendieron las velas tan solo para encontrar al amigo en el suelo con una hoz en las costillas junto a una caja donde estaba una guajolota echada.
El abochornado músico dijo que sólo estaba buscando su instrumento y regreso a u lugar, a quien había tentado en realidad fue a la guajolota y al avanzar se había topado con la hoz accidentalmente.
Era pasada la
una de la mañana, cuando Don Santos Ramos, vecino de la calle Colón, propietario
de la tienda de ropa y mercería “La Estrella de Oro”, oyó el sonar de unos
tacones de mujer en la banqueta, los pasos venían del callejón del Padre Eterno,
al acercarse a ver supuso que iban a pasar frente a su casa las personas que
hacían ese ruido. Había él estado tomando toda la tarde, como era costumbre los
jueves, día que se acostumbra cerrar los comercios por las tardes, envalentonado
por su borrachera dijo a los de su casa: “Voy a ver a esa taconuda, a ver que
quiere”. Y dicho y hecho, salió a la calle y caminó rumbo a donde se oían los
pasos; su familia lo vio salir ofuscado y pasados unos minutos lo vieron
regresar blanco de miedo y sin poder hablar, hasta lo borracho se le había
quitado, no pudo decir a los ahí presentes que había visto.
Afuera se escucharon los pasos de la taconuda alejarse con rumbo al
callejón del Padre Eterno y, aunque trataron, nadie se atrevió a salir para ver
quien era; aunque en la mente de todos pasó la idea de la taconuda.
La ahora calle Colón, se llamaba calle del Biombo, que servía de
atajo para ir del centro de la ciudad al puente grande o de Batanes, era camino
obligado para los caminantes y viajeros quines iban hacia Michoacán; por ello,
en esta calle se habían establecido dos mesones: “El Mesón de San Juan”, cuya
entrada era donde hoy están las oficinas de La Cámara de Comercio; y el “Mesón
Doña Josefa”, donde ahora se realizan eventos sociales, propiedad de la familia
Guerrero. Como en todo lugar de estas características había un gran número de
prostitutas, quines se ofrecían a los viajeros y los transeúntes, estas damas
vivían en su mayoría en el callejón del Padre eterno, donde convivían con
tahúres, ladrones y mal vivientes. Ahí se cometían todo tipo de ilícitos y
crimines.
Entre dichas prostitutas había una mulata muy bella, llamada Juana, quien se
enamoró de un rico viajero, quien se acostumbraba alojar en el mesón “San José”,
más que el cuerpo, le entregó todo su amor y pasión, provocando enojo en su
protector, con quien vivía, y el padrote mató al rico viajero, Juana, al tratar
de de defenderlo también perdió la vida.
Su alma no ha encontrado descanso, y en ocasiones hace el mismo
recorrido de la calle Colón al callejón del Padre Eterno, pues no pudo ir ni al
edén ni al averno. Y quien sabe, quizá algunos borrachos que salen de los bailes
del mesón Doña Josefa la hayan encontrado.
Se cuenta en la región que Doroteo Arango Y Pancho Villa eran dos personas distintas, Pancho Villa, el jefe revolucionario del norte; y Doroteo, una joven que se vengó de un hacendado matándolo. Por ello Doroteo tuvo que huir y se unió a la bola, por prueba le puso Pancho Villa que fuera a un pueblo y le trajera a una muchacha, prueba que Doroteo superó.
Así lucharon codo a codo ambos, con cierto parecido físico; en cierta batalla en que fueron emboscados casi todo el batallón fue exterminado, los sobrevivientes huyeron, entre ellos Doroteo y Pancho Villa; quienes fueron a dar a una cueva, ahí Pancho le ordenó a Doroteo tomar su lugar y seguir la lucha con su nombre para que la gente siguiera con el ánimo en alto. Le ordenó que a quienes encontrará en su camino les preguntara: “¿quién soy yo?” y que matara a quien no lo reconociera como Pancho Villa.
Doroteo obedeció las ordenes, luego de sepultar a Pancho, fue en busca de los sobrevivientes, les preguntó como le fue ordenado y mató a quien no lo reconocía como Pancho Villa.
De una tribu que en su recorrido nómada se estableció a la margen izquierda del Río Grande, algún tiempo y que después emigró, se desprendió uno de sus componentes. Era un indio que por nombre llevaba Ztirú; lo acompañaba su mujer y un pequeño hijo. Ztirú era inteligente y trataba de ganarse la vida como todos los de su raza, con su arco y sus flechas; logró establecerse y formar su casa rudimentaria, domando algunos animales que le servían para su subsistencia. Del río escogió lo más hermoso de su ribera, al calor de grandes y frondosos ahuehuetes (sabinos), y a su manera primitiva también logró sacar del río los más grandes peces, de un remanso que a manera de presa artificial tenían como criadero rudimentario. Algún tiempo fue feliz con su matrimonio que aumentaba la prole, según aumentaba el tiempo que pasaba sin sentir en aquel lugar paradisíaco.
Un día salió por la mañana para
su trabajo ordinario, con su arco al hombro y sus flechas a la espalda,
en medio de la maleza y la obscuridad del bosque, se oyó silbar
en la quietud una lecha y esta arma arrojadiza fue a incrustarse entre
los dos ojos del desgraciado Ztirú. La india, su esposa, al
notar que no regresaba fue en su busca. Después de mucho
caminar, lo encontró sobre una roca al paso de las aguas, con la
mitad de la flecha en su mano y la otra clavada en el cráneo; seguramente
él mismo se la trató de desprender, antes de caer muerto.
De su mujer y su prole, no se volvió a saber nada.
Se cuenta que en cierta comunidad del municipio una joven pareja decidió casarse, el novio fue a pedir el consentimiento del padre de la novia, este accedió con la condición de que el pretendiente pasara una prueba, debía permanecer una noche desnudo, en el cerro; el joven aceptó la prueba para poder casarse. La siguiente noche se fue al cerro, se despojo de la ropa y se quedó a esperar que pasaran las horas; el papá de la novia enviaba a unos peones a cerciorarse de que la prueba se cumpliera cabalmente; la muchacha le recriminó a su padre la prueba tan dura que le había impuesto a su pretendiente, él le contestó que haría algo para aligerar su estancia en el cerro.
El señor mando a sus peones encender una fogata en el cerro vecino a donde se encontraba el muchacho, lo suficientemente grande para que la alcanzara a ver. Y así pasó el esto de la noche el joven, viendo a lo lejos el fuego, mientras él sentía helarse esa noche de enero.
La prueba fue superada y la fecha de la boda fue dispuesta;
los días siguientes el padre de la muchacha le pidió le preparara
su almuerzo pero todos los días encontraba los frijoles crudos y
la carne fría, cuando el señor le preguntó que pasaba,
ella le contestó:
- Si mi novio se pudo calentar de un cerro a otro, ¿por qué
no se podrían calentar los frijoles y la carne de esta casa, si
la cocina de la vecina está junto a la nuestra?.
Cuentan las abuelitas que el Diablo sintió
envidia por la habilidad que tenía la Virgen María para coser,
así pues, un día el Diablo se decidió a retar a la
virgen para ver quien era quien cosía más rápido y
mejor; la virgen aceptó amablemente.
El día de la competencia se reunieron
un gran número de seres a presenciar tan singular evento, los contendientes
ambos tomaron sus herramientas e iniciaron sus respectivas costuras, la
Virgen usaba hebras cortas mientras que el Diablo las usaba largas, según
él para terminar primero; La virgen con su infinita paciencia, terminaba
una hebra y ensartaba otra, por su parte al Diablo se le hacían
nudos sus hebras por lo largo. La Virgen lo derrotó y quedó
demostrado que con paciencia las cosas salen mejor.
En la región del valle de Huatzindeo
se corre el rumor de que hay un tesoro oculto en alguna parte del cerro
Tetillas, con esta idea varias personas fueron en busca del tesoro anhelado,
muchas de ellas relataron la misma historia:
"Subí sólo, bueno, llevaba
mi burro, por aquello de que tocara buena suerte... lo primero que se me
ocurrió fue ir a echar un vistazo a la barranca que
da a Santo Tomas, nada encontré. Seguí mi camino
cerro arriba buscando cualquier indicio de alguna excavación, pues
es sabido que mucha gente enterraba su dinero bajo un cadáver; de
pronto, una idea cruzó mi cabeza, las cuevas, claro, ¿por
qué no lo había pensado antes?, tenían que ser las
cuevas el lugar ideal para servir de resguardo. Busqué
la cueva mayor, camine adentro alumbrando con una antorcha, caminé
por unos minutos hasta que di con unos costales viejos, abrí uno
y vi que estaba lleno de centenarios; pero apenas agarré uno se
escucho una voz que decía: "Todo o nada, si puedes llevarte todo
mi dinero en un sólo viaje es tuyo..."
Agarre un costal y salí con él
a cuestas, lo subí a mi burro y todo espantado bajé del cerro;
pero cuando llegué a mi casa y abrí el costal... estaba lleno
de estiércol.
Así que el tesoro sigue allí, en alguna de las cuevas esperando a que alguien acepte el reto del Diablo.
En cierto pueblo, en cierto tiempo había una familia tradicional, el padre, la madre, un hijo y tres hijas. Eran pobres en su forma de vivir mas no en pertenencias, pues como muchas familias de rancho tenían gallinas, una vaca y una pequeña parcela.
Cuentan que por lo regular desayunaban frijoles y atole, la madre y las hijas no comían bien pero gozaban e una rebosante salud, el padre y su hijo se dedicaban a trabajar la tierra, que no quedaba muy lejos de casa, se podía ver la parcela desde el patio de la casa.
Un día todo cambió en aquella familia, desayunaron juntos como de costumbre, el padre y su hijo salieron a la labor diaria; minutos después la mamá mandó a una de las hijas que se fijara si los hombres estaban trabajando, luego la mamá le encargo a su hija mayor que fuera al cuarto por “el encargo”, le dio una llave y la hija se marchó. No vieron cuando un primo entró a la casa, él vio a su prima entrar al cuarto y fue a ver que hacía, vio que sacaba de un baúl un envoltorio, se escondió para ver que llevaba, la muchacha salió del cuarto, lo cerró y fue a la cocina; le entregó a su madre el envoltorio, era carne, las mujeres de la casa se pusieron a cocinar.
El primo salió de la casa y le platico a su tío
lo que vio, el señor le dijo que no contara nada, él ya sospechaba
que si no comían bien delante de él y se veían tan
bien de salud era por que comían en casa de algún pariente,
pero no imaginó lo de esconder la carne.
Al día siguiente se repitió la
rutina, el marido dijo a su mujer que iba a limpiar el cuarto de
las muchachas pero ella se opuso, le dijo que ellas lo harían para
que no vieran lo que eran cosas de mujeres. El esposo le dijo que no iban
a ir a la parcela porque tenían que bajar al pueblo por fertilizante,
claro que no fueron, esperaron unos minutos y después regresaron
a casa cuidando de que no los vieran, entraron y...
Encontraron a la mamá y las hijas dándose su banquete de todos los días, el señor obligo a la mamá a abrir el baúl y encontró dinero y cortes de carne; le puso su maltratada a la mujer y desde entonces él manejo el dinero y las compras.
A principios de este siglo, corría de boca en
boca, de que en ciertas noches, cuando la luna no aparecía en el
firmamento, al llegar al jardín de Capuchinas las personas se topaban
con un camino de velas encendidas que lo llevaban hasta el viejo Kiosco,
que estaba en el centro del Jardín. Los transeúntes
que por las noches caminaban y entraban entre las velas no podían
salirse de él, teniendo que llegar hasta el kiosco mismo, éste
se iluminaba por completo en ese momento.
Las luces y las velas desaparecían cuando la
persona rezaba la magnifica. Decía la gente que las
velas eran las almas de los desgraciados que penaban en el jardín,
porque habían muerto en pecado mortal en el hospital que se encontraba
en el ex convento de enfrente.
Cuentan que un señor se casó
y se fue a vivir a Estados Unidos junto con su esposa, allá vivieron
algunos años, al cabo de los cuales su esposa fue enfermando
hasta el punto de agonía; el señor vino a Salvatierra algunas
veces de vacaciones y conoció a una hermosa dama con quien hizo
planes de matrimonio en cuanto muriera su esposa. En
una ocasión el señor llamó por teléfono a su
prometida en Salvatierra desde Estados Unidos y le indicó
que arreglará todo lo concerniente a la boda pues era cuestión
de horas para que muriera su actual mujer...
En la fecha indicada la prometida
acudió a la central, vio como bajaban un ataúd cuidadosamente,
cuando se acercaba vio bajar del autobús a la esposa de su prometido,
viva, muy enferma, pero viva.
Quien llegó muerto fue el
señor que planeo su segunda boda aún casado.
Última actualización
Jueves Enero 11, 2007
Visitas