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Signos conductuales del estrés.

Identificar el estrés implica buscar alteraciones en la conducta habitual de una persona, más que identificar símbolos absolutos. Constatar en el comportamiento cambios asociados al estrés resulta esencial para evitar que la situación empeore y llegue a ser perjudicial. Estos cambios pueden repercutir de un modo negativo en la salud, el nivel de energía, la perspectiva psicológica, las relaciones personales y la vida laboral.

Tanto el estrés agudo como el crónico provocan modificaciones en la conducta. Las asociadas al estrés agudo suelen ser efímeras y no trascienden. Por el contrario una persona crónicamente estresada puede experimentar cambios conductuales progresivos, por ejemplo en los hábitos personales, en las pautas de trabajo o en un aumento del consumo de sustancia tóxicas.

CAMBIOS EN LOS HÁBITOS
Cualquier cambio en los hábitos cotidianos de una persona podría ser síntoma de que está aquejada de estrés crónico. Así, algunos individuos se aislan de la sociedad o se vuelven inusitadamente gregarios, descuidan su higiene personal o alteran sus hábitos alimentarios.

Cambios de los hábitos sociales
Las personas estresadas con frecuencia carecen de deseo y motivación para relacionarse socialmente, quizá a causa de las preocupaciones, la sensación de cansancio o la falta de tiempo. Tienden a evitar encuentros sociales por estas razones o bien participan en ellos con una actitud poco sociable. Alguien estresado se limitará a hablar, por ejemplo, de sus problemas personales y de su sensación de angustia, o bien se mostrará ajeno a toda conversación o actividad. La conducta puede resultar nociva en dos aspectos: en primer lugar, la impresión de no estar socialmente adaptado repercute de un modo negativo en la autoestima; y, en segundo lugar, es posible que los demás reaccionen frente a esa actitud constante distanciándose, situación que en último extremo conduce a la marginación y el aislamiento. Este retraimiento puede resultar especialmente serio si implica el alejamiento no sólo de las amistades sino también de la pareja y los hijos. Los psicólogos insisten con frecuencia en la importancia de unas relaciones sociales sólidas como factor mitigador del estrés.
Por tanto, el rechazo al apoyo social y emocional puede mermar la capacidad del individuo para superar el estrés. Sin embargo un retiro temporal de una vida social activa puede indicar un intento positivo de superar el estrés. Es posible que sólo se precise tiempo para reflexionar en soledad sobre los problemas y buscar posibles soluciones o para fortalecerse psíquicamente y poder hacer frente a una época difícil. Los expertos en estrés destacan la importancia de reservar tiempo para uno mismo con el fin de relajar la mente.
Algunas personas estresadas adoptan la actitud opuesta, tornándose excesivamente sociales, saliendo todo el tiempo y no permitiéndose ni un respiro para relajarse. Este tipo de comportamiento puede ir acompañado de un aumento de la dependencia del alcohol, del tabaco o de otras drogas. De hecho, una vida social más intensa significa moverse en un entorno que incita a beber y fumar más y a consumir otras drogas. La promiscuidad sexual como válvula de escape o como forma de negación del estrés es otra característica frecuente de éste tipo de conducta, aunque los cambios en la vida sexual raramente se deben a una sola causa.

Abandono personal
Cuando el estrés deviene crónico, las rutinas de la vida cotidiana pueden empezar a perder importancia; una manifestación de ello es la pérdida de interés por la higiene personal y doméstica. Una persona estresada se descuida, va desaliñada, lleva prendas sucias, ignora problemas leves de salud y abandona alguna o todas las tareas de limpieza doméstica. Puede llegar a ser tal la consternación que se siente por las propias circunstancias estresantes que no dedique tiempo a nada más.
Pese a ello, como sucede con otras alteraciones conductuales, el abandono personal no siempre constituye un síntoma inequívoco del estrés. Si la higiene personal nunca ha figurado entre las prioridades de un individuo, no tiene sentido extraer conclusiones psicológicas de una imagen descuidada.

Cambios en los hábitos alimentarios
Las alteraciones en el apetito pueden ser indicadores clave del estrés. Entre los cambios asociados a los hábitos alimentarios se encuentran el deseo de comer más, especialmente platos "apetecibles" calóricos y nada nutritivos: tartas, galletas, chocolate y dulces o, por el contrario, la pérdida de apetito cuando la tensión impide comer o la sola idea de hacerlo provoca náuseas. La supresión de la digestión forma parte de la fisiología de la respuesta de lucha o huida.
Las alteraciones en los hábitos alimentarios pueden resultar nocivas y potenciar el estrés. Las comidas "apetecibles" generan un sentimiento de culpabilidad y temor a la obesidad. Así mismo, suelen ser poco saludables, merman la capacidad del cuerpo para hacer frente a los síntomas físicos del estrés y debilitan el sistema inmunitario. Por otra parte, una ingesta insuficiente y la pérdida crónica del apetito pueden causar una pérdida peligrosa de peso. Como consecuencia de todo ello, la persona estresada dispondrá de un bajo nivel de energía y verá minada su capacidad para desenvolverse en situaciones estresantes. Las mujeres que padecen estos síntomas deben prestar una especial atención al ciclo menstrual. La amenorrea secundaria (interrupción de la menstruación) puede indicar que el peso de la mujer es deficiente. Los desórdenes alimentarios graves como la anorexia nerviosa o la bulimia requieren tratamiento médico; pueden ser resultado de problemas más arraigados que la simple acumulación del estrés cotidiano.

CONDUCTA ADICTIVA
Muchas personas sometidas a altos niveles de tensión pueden encontrar en las sustancias popularmente consideradas con mitigadoras del estrés "alcohol, tabaco y otras drogas" una forma fácil y tentadora de relajarse.

Abuso del alcohol
El alcohol se utiliza con profusión como relajante, pero durante una etapa prolongada de tensión un individuo estresado podría empezar a refugiarse en el alcohol para relajarse con mayor facilidad e incluso olvidar sus problemas. Ingerido en exceso, el alcohol obstaculiza los procesos mentales y conduce a la toma de decisiones irracionales. Provoca así mismo cambios de humor: el bebedor deviene más propenso a la disputa y al llanto, se hace más intolerante, susceptible, irracional y en ocasiones violento. El alcohol puede provocar alteraciones del sueño y, como consecuencia de ello, fatiga y apatía, con la consiguiente merma de la capacidad para superar el estrés. El consumo excesivo de alcohol en períodos de estrés resulta contraproducente. Con el tiempo, el rendimiento laboral y las relaciones con los compañeros y la familia se deterioran, añadiendo así nuevos problemas a las causas originales del estrés.


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