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VIVIENDO AL LIMITE CON LA CIENCIA Y LA NATURALEZ.

Si busca este lugar, aquí van unas pistas: está en el Pacífico, a unos 2.600 metros de profundidad, frente a Costa Rica y es una chimenea submarina que exhala corrientes de agua caliente con un alto contenido en hierro. En ella, investigadores de la National Science Foundation, con un robot submarino, han descubierto esta bella medusa rosácea de la que no se tenía conocimiento hasta ahora. Parece un sitio apetecible, pero es poco probable que se atreva a bajar hasta allí, porque la temperatura del agua roza los 330 grados centígrados.

¿PORQUÉ DESAPARECEN LAS ABEJAS?
Aunque de vez en cuando nos piquen, producen miel y jalea real, polinizan los campos y levantan la agricultura. Y las estamos perdiendo. Más nos vale que este homenaje a las abejas no sea póstumo. Albert Einstein dijo muchas genialidades a lo largo de su vida. Una de ellas, poco conocida, fue: «Si las abejas desaparecieran de la Tierra, el ser humano sólo podría sobrevivir cuatro años». Y razón no le faltaba. Al menos el 30 por ciento de toda nuestra alimentación depende directamente de ellas. Y su tarea polinizadora asegura también la supervivencia de muchos ecosistemas en todo el planeta. Pero desde hace unos años su número se está reduciendo drásticamente. Una cuarta parte de los enjambres norteamericanos ha desaparecido sin dejar rastro, y en algunas zonas la cifra llega al 90 por ciento. En Europa estamos empezando a notar el mismo fenómeno: la población de abejas de Alemania se ha reducido a la mitad en los últimos 15 años, y las cifras en España llevan el mismo camino. ¿Qué está ocurriendo? Nadie lo sabe aún con certeza. Los científicos apuntan varias teorías, como el empleo de pesticidas cada vez más potentes, la generalización de los monocultivos especializados o la acción de un parásito sumamente dañino, el Varroa destructor. Las últimas sospechosas en sumarse a la lista son las antenas de telefonía móvil, cuyas radiaciones podrían interferir en los sistemas de navegación de estos insectos. Quizá se trate de un problema pasajero; es posible que los expertos den pronto con la explicación. Pero, de momento, podríamos empezar a mirar a las abejas con otros ojos. Ni perros ni gatos: ellas son las mejores amigas del hombre.

INGENIERÍA CONTRA EL CALENTAMIENTO GLOBAL.
Investigadores canadienses ponen en práctica una idea: crear bloques de hielo que sustituyan a los que se deshacen por el cambio climático. Una manera de mantener estable la temperatura de Europa. Resulta irónico que una de las consecuencias del calentamiento global sea que el norte de Europa vaya a entrar en una era glacial. A medida que aumente el calor atmosférico, el Polo Norte se descongelará, lo que hará que una gran masa de agua fría se diluya en la Corriente del Golfo y frene el avance de las aguas que llegan de Centroamérica y caldean el clima de Europa. Este hecho, que hasta hace un año sólo era una hipótesis, lo ha confirmado el Centro Nacional Oceanográfico de la Universidad de Southampton (Gran Bretaña), que estima que, en 2015 la temperatura en el norte de Europa será, de media, nueve grados inferior. Esta certeza ha estimulado un inusual proyecto de investigación de la Universidad de Alberta (Canadá). Peter Flynn y Songjian Zhou han ideado un sistema para `vigorizar´ esa bomba de calor oceánica que es la Corriente del Golfo. Su propuesta es instalar entre Groenlandia e Islandia 8.100 plataformas que en invierno absorberán agua del mar y la nebulizarán para formar islas iceberg que se descongelarán en primavera y verterán su agua fría a la corriente profunda oceánica. Ese líquido llegará a la costa americana, donde se caldeará y revitalizará de vuelta a Europa. Flynn no propone su idea como la primera contra el calentamiento global ni como la mejor. «Lo ideal sería atacar las causas que lo producen, como la quema de combustibles fósiles, pero si el control del CO2 falla, esta idea puede ser válida», asegura. El proyecto costará 40 millones. «Es una cifra asumible si se piensa que cien millones de personas se verán afectadas por esta alteración. Son 400 euros por persona –dice–, muy poco si pensamos que los glaciares pueden estar, en breve, a la puerta de sus casas.»

ACUARIOS DE NUEVA GENERACION
Los teóricos del cambio climático nos recuerdan a diario los muchos peligros que se nos avecinan. Uno de ellos es la subida del nivel del mar y, como consecuencia, los estragos que se producirán cuando las aguas invadan la tierra. Pero, en realidad, esta invasión ya ha comenzado. Por todo el mundo proliferan nuevos océanos, transplantados a miles de kilómetros de distancia. Unas veces, se encuentran en ciudades costeras, como el Oceanogràfic de Valencia, el mayor de Europa; otras, allí donde el mar no se puede concebir, como el Georgia Aquarium de Atlanta, a 400 kilómetros de la playa más cercana. Sí, son los nuevos acuarios, cuyo número y tamaño aumenta sin parar desde hace unos años. Según datos de la Asociación Mundial de Zoológicos y Acuarios, desde 1990 se han abierto 125 nuevas instalaciones de este tipo en todo el mundo. Los acuarios se han convertido en una moda, en un símbolo de estatus para muchas ciudades y también en su principal seña de identidad. Y en un imán de visitantes: unos 200 millones al año. Los de nuevo cuño poco se parecen a esas pequeñas piscinas donde chapoteaban focas malabaristas y algún que otro delfín. Igual que los zoológicos, que pasaron de ser un conjunto de jaulas a intentar reconstruir los hábitats naturales, los nuevos acuarios recrean a la perfección entornos marinos muy diversos. Podemos ir de un mar tropical a uno ártico caminando unos cuantos pasos o contemplar un arrecife coralino mientras a nuestras espaldas se mecen las aguas del Mediterráneo. Miles de peces de distintas especies nadan ajenos a nuestra presencia, las siluetas amenazantes de los tiburones cruzan ante nuestros ojos y las mantas vuelan a cámara lenta como si estuviesen en su casa. Algas, corales, peces, mamíferos, moluscos, toda la enorme variedad de la vida submarina está presente en estos mares artificiales, desde los más pequeños crustáceos hasta el enorme tiburón ballena, de 18 metros de largo, o las famosas belugas blancas del Oceanogràfic. Y en una cantidad abrumadora: hasta 120.000 ejemplares conviven en el Georgia Aquarium, el mayor del mundo e inaugurado hace ahora un año.