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El mundo submarino a lo grande.

Las bellezas del océano salen de las profundidades y se exhiben con todo lujo y espectacularidad en los acuarios de nueva generación. Estos modernos iconos urbanos se han convertido en un imán tan poderoso como los museos estrella. Un alarde científico para contemplar los secretos marinos como nunca se habían visto. Pero no sólo ha cambiado la complejidad y variedad de hábitats reunidos, también la forma de ofrecerlos al visitante. Los nuevos materiales permiten levantar grandes muros transparentes, ventanas de más de 20 metros de ancho por diez de alto –como la del acuario japonés de Churuami, en Okinawa– abiertas al mundo que palpita bajo la superficie del agua. Los visitantes recorren pasillos transparentes que atraviesan los tanques en un inolvidable paseo por el fondo del mar o se introducen en bóvedas acristaladas con varios litros de agua sobre sus cabezas y peces de distintas especies a su alrededor. La iluminación, los juegos de colores, los sonidos e incluso la música ayudan a crear una sensación mágica: la de ser el mismísimo Neptuno en su reino submarino.

La nueva generacion de acuarios.
Para los responsables de estos centros, el entretenimiento es el pilar sobre el que se apoya otro objetivo mucho más importante: informar a los visitantes sobre las maravillas de los ecosistemas marinos para concienciarlos sobre su variedad y fragilidad. Y es que conocer la vida submarina es el primer paso para respetarla y cuidarla. En este sentido, en el acuario de Lisboa, la disposición de los tanques permite contemplar varios hábitats diferentes como si fuesen uno solo, para decirnos que todos los mares están conectados entre sí, que los problemas de uno de ellos afectan a los demás. Más ilustrativa es una fotografía expuesta en el Oceanogràfic: una playa llena de neumáticos, latas y plásticos. Lo trágico es que fue tomada en la isla de Henderson, perdida en el Pacífico Sur y a 4.500 kilómetros de la masa de tierra más cercana. El mar no sabe de fronteras; la basura, tampoco. Millones de litros de agua, miles de peces, diversos entornos… Para que todo esto funcione se necesita el trabajo de cientos de especialistas y unas instalaciones técnicas que pasan inadvertidas al visitante. Kilómetros de tuberías, cables y conductos de todo tipo forman las entrañas de estos acuarios gigantescos. Hay que vigilar y mantener la salinidad del agua y su temperatura, además de filtrar miles de metros cúbicos cada día. En agosto, cuando también funciona a tope el aire acondicionado para los visitantes, el Oceanogràfic consume tanta electricidad como 4.000 viviendas. A esto hay que unir la limpieza de los fondos y de las paredes de los tanques y los cuidados diarios que exigen sus miles de inquilinos. Veterinarios, técnicos, personal de mantenimiento, expertos en alimentación… y sí, millones de euros en comida para peces. Pero sólo gracias a este despliegue técnico y humano podemos contemplar de cerca el mayor tesoro de la Tierra: el mar.

De oruga a Mariposa, un cambio radical.
Aunque le repugnen, no las pise, porque si llegan a verano, estas orugas se convertirán en mariposas. Párese y mírelas. De cerca tienen su punto… Ignoramos quién las bautizó como ‘estómagos ambulantes’, pero la definición les viene como anillo al dedo. Las orugas son tan voraces que nada más nacer lo primero que hacen es comerse la cáscara de su huevo para luego arrasar con todo lo que pillan. Así que a nadie puede extrañarle que entre su llegada al mundo y su desaparición envuelta en la crisálida para metamorfosearse en mariposa multiplique su peso por tres mil y mude la piel hasta siete veces. Y eso que algunas no viven más que un par de semananas. Las orugas son, en realidad, la segunda fase de las cuatro del ciclo vital de la mariposa. Tras aparearse, la hembras adultas ponen sus huevos en una planta. De ellos nacen los ejemplares juveniles, las orugas, que, llegado el momento, se convierten en las pupas (crisálidas) de las que nacerán nuevas mariposas. Ese ciclo se repite, en algunas especies como la Papilio machaon, hasta tres veces entre abril y octubre, y se detiene con el frío. Ahora, el proceso está en ebullición y, a poco que uno salga al campo, es posible ver estos insectos que ni tienen buena vista ni unos sentidos muy desarrollados, que respiran a través de unos espiráculos presentes a lo largo del tórax y el abdomen, pero que pasan su vida comiendo para luego lucir hermosos como mariposas.


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