Son cuerpos celestes que
describen órbitas muy alargadas alrededor del Sol. Los
astrónomos han relevado el hecho asombroso de que un cometa es
meramente una acumulación de gases helados y cascajos, de no
más de pocas millas de diámetro, con una densidad mucho menos
que el agua. En el espacio, sin la luz del Sol, los cometas no
tienen cola. Pero cuando se aproximan al Sol, la energía solar
vaporiza sus capas exteriores y forma una abultada cabeza, y
después disipa algo de esta materia vaporizada hacia atrás,
formando una cola de incandescencia dirigida hacia el espacio en
dirección opuesta al Sol. Entonces el volumen completo de un
cometa puede ocupar un espacio mucho más grande que el Sol, pero
los cometas son de tan poca densidad que se los puede considerar
como formados por muy escasa materia.
Composición:
Un cometa consta de un claro núcleo, de hielo y roca,
rodeado de una atmósfera nebulosa llamada cabellera. El
astrónomo estadounidense Fred L. Whipple describió en 1949 el
núcleo de los cometas, que contiene casi toda la masa del
cometa, como una "bola de nieve sucia" compuesta por
una mezcla de hielo y polvo.
Hay diversos datos que sustentan la teoría de la bola
de nieve. De los gases y partículas meteóricas observados que
se expulsan para formar la cabellera y la cola de los cometas, la
mayor parte de los gases son moléculas fragmentarias o radicales
de los elementos más comunes en el espacio: hidrógeno, carbono,
nitrógeno y oxígeno. Las radicales provienen de la rotura de
algunas de las moléculas estables como el metano, el amoníaco y
el agua, que pueden permanecer en el núcleo como hielos o como
compuestos más complejos y muy fríos. Se ha comprobado otro
hecho que apoya la teoría de la bola de nieve: en algunos los
cometas, sus órbitas se desvían bastante de las previstas por
las leyes newtonianas. Esto demuestra que el escape de gases
produce una propulsión a chorro que desplaza el núcleo de un
cometa ligeramente fuera de su trayectoria. Además, los cometas
de periodos cortos tienden a desvanecerse con el tiempo. Por
último, la existencia de grupos de cometas demuestra que los
núcleos cometarios son unidades sólidas.
La cabeza de un cometa, incluida su difusa cabellera, puede ser mayor que el planeta Júpiter. Sin embargo, la parte sólida de la mayor parte de los cometas tiene un volumen de algunos kilómetros cúbicos solamente. Por ejemplo, el núcleo oscurecido por el polvo del cometa Halley tiene un tamaño aproximado de 15 por 4 kilómetros.
Historia:
Las apariciones de grandes cometas se consideraron
fenómenos atmosféricos hasta 1577, cuando el astrónomo danés
Tycho Brahe demostró que eran cuerpos celestes. En el siglo XVII
el científico inglés Isaac Newton demostró que los movimientos
de los cometas están sujetos a las mismas leyes que controlan
los de los planetas. Comparando los elementos orbitales de
algunos de los primeros cometas, el astrónomo británico Edmund
Halley mostró que el cometa observado en 1682 era idéntico a
los dos que habían aparecido en 1531 y en 1607, y predijo con
éxito la reaparición del cometa en 1759. Las primeras
apariciones de este cometa, el cometa Halley, se han identificado
ahora a partir de registros fechados en el año 240 a. C., y es
probable que el brillante cometa observado en el año 466 a. C.
fuera también este mismo. El cometa Halley pasó por última vez
alrededor del Sol a principios de 1986. En su fase de alejamiento
fue visitado en marzo de ese año por dos sondas cósmicas de
construcción soviética, Vega 1 y Vega 2, y por
otro vehículo espacial, llamado Giotto, lanzado por la
Agencia Espacial Europea. También fue observado a gran distancia
por dos astronaves japonesas.
El Cometa Halley:
el astrónomo inglés Edmund Halley (1656-1742) fue el primero en
descubrir que algunos cometas retornan cometas periódicamente;
en 1705 demostró que el cometa hoy llamado Halley aparece cada
75 o 76 años.
Los astrónomos chinos
observaron el cometa Halley hace más de 2.000 años; también
aparece en el tapiz de Bayeux, del siglo XI.
Las Bolas de Nieve que
cruzan el cielo: los antiguos, observando que los cometas
aparecían y desaparecían de manera imprescindible, rodeados de
una pálida cabellera y seguido de una cola extremadamente
cambiable, no tuvieron dudas: eran «algo» que venía a
trastornar el orden celeste. El hecho mismo de que no si
siguieran el movimiento de los planetas no hacían más que
fortalecer esta creencia, que llevó a atribuir a los cometas la
«responsabilidad» de acontecimientos históricos generalmente
graves. De este modo, durante siglos, se consideró que los
cometas eran mensajeros de infortunios y su aparición era causa
de preocupaciones en los pueblos.
Grupo
de cometas:
El grupo más conocido incluye el espectacular cometa
(que casi rozó el Sol) Ikeya-Seki de 1965, y otros siete que
tienen periodos de cerca de mil años. El astrónomo
estadounidense Brian G. Marsden dedujo que el cometa de 1965 y el
de 1882, incluso más brillante, se separaron de un cometa
principal, posiblemente el de 1106. Tal vez este cometa y otros
del grupo se separaran de un cometa gigantesco hace miles de
años.
Hay
también una estrecha relación entre las órbitas de los cometas
y las de las lluvias de meteoros. El astrónomo italiano Giovanni
Virginio Schiaparelli demostró que las Perseidas, lluvia de
meteoros que aparece en agosto, se mueve en la misma órbita que
el Cometa III de 1862. De la misma forma las Leónidas, lluvia de
meteoros, que aparece en noviembre, estaba en la misma órbita
que el Cometa I de 1866. Se ha sabido de otras lluvias diferentes
relacionadas con las órbitas de los cometas y se supone que son
restos diseminados por un cometa a lo largo de su órbita.
En
algún momento se creyó que los cometas procedían del espacio
interestelar. Aunque no se ha aceptado del todo ninguna teoría
detallada de su origen, muchos astrónomos creen que los cometas
se originaron en los primeros días del Sistema Solar en su parte
exterior, más fría, a partir de la materia planetaria residual.
El astrónomo danés Jan Hendrik Oort ha formulado que una 'nube
de reserva' de material cometario se ha acumulado más allá de
la órbita de Plutón, y que los efectos gravitatorios de las
estrellas fugaces pueden enviar parte de este material en
dirección al Sol, momento en el que se haría visible en forma
de cometas.
Nuestro
planeta, ha pasado a través de colas de cometas ocasionales sin
que esto haya producido efectos de consideración. La caída del
núcleo de un cometa en una gran ciudad probablemente la
destruiría, pero es muy poca la posibilidad de que esto ocurra.
Sin embargo, algunos científicos sugieren que ha habido
colisiones en el pasado que incluso pueden haber tenido un efecto
climático en la extinción de los dinosaurios.
En
1992 el cometa Shoemaker-Levy 9 explotó en 21 fragmentos
de gran tamaño a medida que entraba en el fuerte campo
gravitatorio de Júpiter. Durante una semana, en julio de 1994,
los fragmentos irrumpieron bruscamente en la densa atmósfera de
Júpiter a velocidades de 210.000 Km/h. En el impacto, la enorme
cantidad de energía cinética de los fragmentos se convirtió en
calor mediante explosiones masivas, algunas de ellas visibles
como bolas de fuego mayores que la Tierra.
Periodos
y órbitas:
Los cometas describen órbitas elípticas, y se han calculado los periodos (el tiempo que tarda un cometa en dar una vuelta alrededor del Sol) de unos 200 cometas. Estos varían desde 3,3 años para el cometa Encke a 2.000 años para el cometa Donati de 1858. Las órbitas de la mayor parte de los cometas son tan amplias que pueden parecer parábolas (curvas abiertas que apartarían a los cometas del Sistema Solar), pero como suponen los astrónomos, son elipses de gran excentricidad, posiblemente con periodos de hasta 40.000 años o mayores.
No se conoce ningún cometa que se haya aproximado a la Tierra con una órbita hiperbólica; esto significaría que su origen estaba en el espacio exterior. Sin embargo, algunos cometas pueden no volver jamás al Sistema Solar debido a la gran alteración de sus órbitas originales por la acción gravitatoria de los planetas. Esta acción se ha observado en una escala más pequeña: unos 60 cometas de periodos cortos tienen órbitas que han recibido la influencia del planeta Júpiter, y se dice que pertenecen a la familia de Júpiter. Sus periodos varían de 3,3 a 9 años.