La Vía Láctea está
compuesta por infinidad de estrellas muy juntas, por lo cual no
puede considerarse como una verdadera nebulosa, puesto que ese
aspecto es solo aparente, pudiendo resolverse en estrellas.
Ejemplos de nebulosas resolubles o cúmulos de estrellas
hay muchísimas.
La Vía Láctea constituye el
más importante sistema de mundos, al que pertenece nuestro Sol,
que se halla casi en su centro.
Los
otros cúmulos, como las Nubes de Magallanes en el hemisferio
sur, son otras tantas galaxias o universos, alejados del nuestro
hasta cientos de miles de años luz.
En
las nebulosas propiamente tales, la materia no ha llegado
todavía a considerarse en soles aislados, permaneciendo en
estado casi caótico, como sucede con las nebulosas llamadas amorfas,
o que no presentan una forma regular. La más hermosa de todas es
la Gran nebulosa de Orión, visible a simple vista, y que mirada
con un anteojo constituye un espectáculo maravilloso. Otras,
como las planetarias o globulares, empiezan ya a
manifestar la estructura esférica, como si fueran astros en
formación, y finalmente, las espirales son inmensos
torbellinos de materia cósmica y soles embrionarios lanzados a
velocidades más fantásticas aún, que unas veces vemos de
frente, haciéndose entonces perceptibles las espiras, semejantes
a los penachos de rueda de fuegos artificiales; otras, en
escorzo, alargadas, elípticas, y otras de canto, en forma
lenticular, a veces atravesadas por una banda negra que
corresponde al borde, como si estuviese rodeado de materia opaca.
Son los llamados universo islas, de los cuales poco o nada
se sabe.
Actualmente se sabe que el Sistema Solar está a unos
dos tercios de su tamaño desde el centro. El nombre de Vía
Láctea suele aplicarse a todo el sistema o galaxia. Las
estrellas del sistema están todas unidas por la gravedad y giran
alrededor de un centro distante. En el estudio de la estructura
de la Vía Láctea es de fundamental importancia el conocimiento
de la distancia de las estrellas. El método de paralaje para
determinar estas distancias sólo se puede aplicar a unos pocos
miles de las estrellas más próximas. Hay una clase especial de
estrellas, las variables cefeidas, que varían de brillo en
periodos que dependen de su intensidad intrínseca. La
comparación del brillo observado de una estrella de este tipo
con el brillo intrínseco conocido nos proporciona un medio de
determinar su distancia. Siguiendo el descubrimiento de Henrietta
Swan Leavitt de la relación entre el periodo y la luminosidad,
Harlow Shapley utilizó las variables cefeidas, esparcidas por
toda la Vía Láctea para medir su tamaño. Un rayo de luz a una
velocidad de unos 300.000 Km/s necesitaría 400.000 años para
atravesar la Vía Láctea de extremo a extremo de su halo (se
describe más abajo). La espiral visible mide unos 100.000 años
luz. En conjunto, la Vía Láctea está compuesta por unos
100.000 millones de estrellas que giran alrededor de un centro
común. El Sol, situado a unos 30.000 años luz del centro de la
Vía Láctea, viaja a una velocidad de unos 210 Km/s y completa
una revolución entera cada 200 millones de años.
La Vía Láctea
incluye gran cantidad de polvo y partículas de gas esparcidos
entre las estrellas. Esta materia interestelar intercepta la luz
visible emitida por estrellas distantes, de modo que los
observadores en la Tierra no pueden contemplar con detalle las
partes lejanas de la Vía Láctea. Se inició una nueva rama de
la astronomía cuando el ingeniero electrónico estadounidense
Karl G. Jansky descubrió en 1932 que las radiosondas se emitían
desde la Vía Láctea. Un estudio posterior situó parte de esta
radiación en la materia interestelar y parte en fuentes
discretas, denominadas al principio radioestrellas. Las
radiosondas emitidas por las partes distantes de la Vía Láctea
pueden penetrar la materia interestelar opaca a la luz visible y
permitir de esta forma a los astrónomos observar regiones
ocultas a los instrumentos ópticos. Estas observaciones han
revelado que la Vía Láctea es una galaxia espiral con un
engrosamiento central de estrellas viejas, un disco exterior de
estrellas tanto viejas como jóvenes y calientes que constituyen
los brazos espirales y un gran halo de estrellas pálidas.
El núcleo de la Vía Láctea ha sido hasta hace poco una región misteriosa, oculta a la vista por oscuras nubes de polvo interestelar. Los astrónomos obtuvieron la primera descripción detallada en 1983, cuando fue lanzado el Satélite de Astronomía Infrarroja (IRAS). Liberados de los efectos atmosféricos de la Tierra que los ocultaba, los sensores a bordo del IRAS grabaron con detalles sin precedentes las posiciones y las formas de innumerables fuentes de energía infrarroja que ocupan el corazón de la Vía Láctea. Entre éstas se descubrió un objeto macizo que no era una estrella y demasiado compacto para ser un cúmulo de estrellas; se pensó que podría ser un agujero negro.