La Colectiva Con Versos, fragmentos de una antología futura, además de a Héctor Martínez, reúne a jóvenes poetas como Pedro Gilthoniel, Xurde Portilla, Carlos G. Torrico, Fernando Pérez de Blas, Iván de la Casa, Ana García Polavieja, Lola Martínez, José Joaquín Romero, Elena Moral, Sergio Lorente, José Aurelio Martín, Stella Fernández y Lydia López. Y tres son las bisagras de la formación de este grupo: por un lado, la Asociación Libreconfiguración; por otro, el coordinador de la edición, principal impulsor del proyecto, Antonio Albiol Martín; en tercer lugar, la propia Ediciones Antígona. En la colaboración de Martínez Sanz, titulada Por un horizonte de niebla, encontramos ocho composiciones cuya variedad supone una incompleta pero cercana presentación de su labor poética. No puede olvidarse que, si bien es mayor su producción ensayística, no es menos importante la actividad lírica por la que empezó a escribir desde muy joven. Así mismo, la reflexión poética se encuentra presente en gran parte de aquélla. Sin embargo, son más las poesías guardadas en un cajón que las que han llegado a ver la luz en diferentes medios. El conjunto de los siete primeros poemas La lucha con y contra la "palabra" por parte del escritor y poeta es un eje central en su pensamiento y en sus versos. Así, las composiciones Anonimato y En mi verso y mi palabra ya no queda nada redundan acerca del tema de la palabra como vía de comunicación, el problema de su imprecisión y el consecuente distanciamiento entre quienes la usan para tratarse. Así en el primero leemos en los versos iniciales: El nombre no dice nada/ del que se sienta solo/ a escribir y pensar./ Los ojos/ ahora más que palabras/ dejaron de decirlo todo/ al llegar la soledad. O en el segundo: En mi verso y mi palabra/ la arrogancia del que ama;/ en mis ojos y mi alma/ el sonido hueco de la estancia/ vacía y solitaria. Estamos ante una situación de incomunicación, ante un "horizonte de niebla", que conlleva tanto la desorientación en el mundo como el no poder ver más allá de los misterios que son vida y muerte o el paso del tiempo, temas recurrentes y que ocupan el resto de composiciones: Muerto y vivo, Estamos hechos de tierra y polvo, Cuando todo sean cenizas, Cumpleaños y Muertos. A la vida como enfermedad, descrita en el primero de ellos, se siguen las descripciones del segundo, con ecos poéticos del Barroco conceptista de Quevedo: Estamos hechos de tierra y polvo/ y de barro enamorado (...) Versos que recuerdan aquél "Serán ceniza, mas tendrá sentido; Polvo serán, mas polvo enamorado", donde lo único que omite nuestro autor es, precisamente, ese tener "sentido". Tal omisión se comprende en los siguientes versos de este poema: (...) Nombre, palabra/ letra hablada por ancianos/ (...) Somos papel en blanco/ que se arruga ante los errores/ sobre cubos arrojados/ se nos olvida sin reproche. Vejez de la letra, el nombre que no dice nada y la palabra inferior a los ojos. Lógico que el eco quevediano siga en la siguiente composición Cuando todo sean cenizas, donde el "polvo enamorado" se convierte en "polvo amortajado" y: cuando acaban tiempo y vida/ y marchamos muertos y callados;/ cuando el alma queda en sí misma/ y la carne cede espacio;/ cuando los ojos ya no pidan/ ni nos dejen ver los párpados; (...) Se marcha callado, con los ojos cerrados -los mismos ojos que antes eran "más que palabras"- y el alma encerrada en sí misma. La muerte está descrita como conclusión de la insuficiente "palabra" y la soledad de la incomunicación. Es una muerte personal, inefable, silenciosa. No es casual que Quevedo siga presente en Cumpleaños: Consumirse, agotando los momentos,/ la vida, la juventud -en la solapa/ una ramita de florecido ciruelo-,/ la primavera, los colores y el silencio./ Y he levantado altas murallas/ en este campo abierto/ donde todo es divertimiento/ alegría y algaraza,/ -pienso, sólo pienso/ refugiado entre las palabras. Sensiblemente parece leerse el soneto Miré los muros de la patria mía, donde el tiempo y la edad hacen claudicar ante el muro. Y allí también dice Quevedo "salíme al campo" lleno de vida, mientras que Martínez Sanz levanta "murallas en este campo abierto donde todo es divertimiento[1], alegría y algazara", murallas de palabras, refugio del pensamiento incomunicable que no permite la unión absoluta. Y así: ¿Cómo decirlo? Me siento viejo/ acabado, terminado, sujeto/ al poema sin sustancia/ y que sin embargo, celebro. Ya la pregunta delata el dilema de no encontrar las palabras -"¿cómo decirlo?"-, y el sentimiento de vejez reaparece en el poema escrito, "poema sin sustancia", que se celebra -recordemos el título del poema Cumpleaños. El poeta ha empezado con una intuición acerca de que el nombre, la palabra, no dicen nada al pensamiento; antes bien, la palabra se vuelve refugio del alma separada de todo lo demás, en pura soledad, una separación que es muerte. La última composición de la serie ya sentencia en el título: Muertos. Y también se advierte el cierre del ciclo en el primer y últimos versos, hilvanados con el también primer verso que inició el conjunto: Los muertos no tienen nombre/ (...) los muertos ya no tendrán/ nunca más unos ojos que les vean. Sin nombres, sin ojos que vean y que digan con su mirar. Lo definitivo del conjunto es la muerte total, la desunión absoluta con el mundo al cerrarse los ojos, únicos que verdaderamente hablan. Estas siete composiciones no esconden la deuda al conceptismo ni a Quevedo, libres los versos, no obstante, de medidas métricas. El ritmo viene marcado por la combinación de parataxis, cesuras y encabalgamientos, acelerando y pausando los versos con precisión, junto a las continuas anáforas y paralelismos como recursos típicos de repetición, aportando esta trabazón el tono reflexivo del conjunto. Si bien predomina la asonancia, es de señalar la mezcla magistral con rimas consonantes en la gran mayoría, igual que la variedad de esquemas de rima de poema en poema, algunos de ellos bastante arriesgados y que se pierden si no se siguen bien las pausas y encabalgamientos en la recitación, como si ante un pentagrama musical nos encontráramos. El octavo: A una sonrisa Estamos ante una oda y alegoría de la sonrisa, perfectamente dibujada, sin mencionarla, a través de acciones cotidianas como el saludo, el suspiro, el bostezo, el comer o el beber agua. Se trata de un poema aislado del resto del grupo anterior, más alegre y jovial, aunque es posible ligarlo por la repetición del tema anterior en la primera estrofa, cambiado el tono, donde el poeta dice: Perdona, amiga mía, que cuando hables/ haya veces que pierda tus palabras/ porque me detuve al instante/ que salían entre las piedras blancas. Martínez Sanz continúa otorgando mayor valor a los elementos más expresivos del rostro -en el caso no son los ojos, sino la sonrisa- frente a las palabras que se pierden, que no se atienden ni se escuchan cuando existe otro aspecto más comunicador. Sin embargo, aunque el lenguaje sigue resultando conceptista, surgen evocaciones de la metáfora gongorina "perlas de nácar de tu boca", apareciendo aquí "piedras blancas", "labios blancos" -en realidad traslación metonímica- o "joyas encerradas" pero sin omitir, en el último verso el referente real "dientes". Así mismo, la prosopopeya del "regocijo de los labios que me saludan" unida a la metonimia antes señalada de los labios "de pronto blancos". Ella sonríe en el encuentro con el poeta. El sentido hiperbólico que sigue a continuación, reforzado por exclamaciones, ayuda a exaltar aún más líricamente el valor frágil de la sonrisa y su portadora: ¡Qué error cometes al poner/ la mano por ser educada!/ (...) O al comer/ te mueves delicada/ como si se fueran a romper/las joyas que llevas encerradas. En los cinco últimos versos que, introducidos por puntos suspensivos y por medio de hipérbaton pausan el ritmo, se traslada la imagen que describe con exactitud: una escena a cámara lenta, cuyo sujeto aparece realzado por medio del quiasmo o retruécano que transforma el "agua bendita" en "bendita agua", sin perder el símbolo y ritual religioso en que el agua es bendecida por los dientes al rozarlos. La verdadera significación de los versos, por tanto, es la divinización de la sonrisa y su carácter sacro. Volvemos a encontrar una composición amétrica con combinación de rimas asonantes y consonantes, cuya estructura va variando a lo largo del poema, exigiendo una correcta interpretación de la puntuación, las pausas, los encabalgamientos y la coordinación. (Actualizado octubre, 2008) [1] En meses posteriores surgirán los llamados "Divertimentos", composiciones donde los trágico y lo cómico rozan en objetos y situaciones cotidianos. Volver a Inicio Biografía Comentarios a Unamuno Publicaciones
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