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CAPITULO
3
3.1.
EL CUERPO DE BATALLONES DE MARINA
3.1.a. La refoma de Patiño
Durante
el reinado de Carlos II la extrema necesidad de España, acosada
externamente y convulsa internamente por los movimientos de emancipación
de Portugal y Cataluña, hace que las unidades más militares de
Infantería de Armada, como son el Tercio del Mar de Nápoles, sucesor
de las Compañías Viejas, y el Tercio de Armada se empleen, respectivamente,
en Lombardía y en el principado catalán.
La guerra es larga y aún lo es más
la situación inestable que obliga a mantener estas fuerzas fuera de
sus bases y de sus habituales cometidos; por ello, a poco d_ acceder
Felipe V al trono español se encuentra sin Infantes de Marina, porque
el Tercio de Galeones ha sido prácticamente deshecho en el -desastre
de Vigo de 1702, los otros dos (Armada y Mar de Nápoles) han perdido su
vinculación marítima tras largos años de empleo como unidades del Ejército
y las guarniciones de galeras, excepto las de España, se han disuelto
tras perderse los reinos italianos.
Para
corregir este orden de cosas, y dentro del proceso general de
racionalización de las instituciones públicas llevada a cabo por
Felipe V, se deslindarán los campos de actuación del Ejército y de la
Armada Real, que como entidades orgánicas con personalidad propia van a
agrupar, por separado, las diversas instituciones militares que, por
tierra o por mar, servían a la Monarquía.
Los Tercios de Infantería de
Armada, que fueron reorganizados como regimientos entre 1704 y 1707 con
los nombres de Bajeles, Armada, Mar de Nápoles y Marina de Sicilia,
parecían encontrarse en medio de ambos campos, pues prestaban servicios
de tierra y mar.
Por ello, el Rey parte de cero y
reorganiza en 1717 la Infantería de Marina, que a partir de este
momento es y será única y general, como única y general era la Real
Armada.
La
fecha
La fecha de 1717 divide en un antes y un después la historia de
la Infantería de Marina española. En este momento se crea una fuerza
unificada nacional conocida como "Cuerpo de Batallones" y se
le dota de una estructura moderna. El organizador de los batallones
por encargo de Patiño, Ministro de Marina e Indias, será el Mariscal
de Campo D. José de Vicaría, elegido para mandados como Comandante-
Inspector, cargo que posteriormente se vería desdoblado, el primero
como representante del director general de la Armada y el segundo para
todo lo relativo al servicio y al personal. En este año y por real
orden el inspector D. José de Vicaría formaba en Puerto Real, con el
pie de tropa del Segundo Batallón del Regimiento de la Corona, antiguo
Tercio de la Mar de Nápoles, y algunas compañías sueltas, el Cuerpo
de Batallones. Fueron cuatro los batallones constituidos, sin contar
con el de Galeras, denominado en esta fase "Mediterráneo" y
que quedará desvinculado de la organización general de .batallones,
con la intención, de hacer de ellos la Infantería de Marina
("Batallones") de la nueva Armada Real. De alguna forma se
instituye la Infantería de Marina "nacional" y por ello este
momento histórico es el que para algunos corresponde al de la creación
de una Infantería de Marina que atiende a los intereses generales de la
Monarquía.
Cada
batallón: “Armada”,”Marina”,”Bajeles” y “Océano”,
lo componen seis compañías con 100 hombres de la clase de tropa.
Parte
de los antiguos regimientos pasó al Ejército, cambiando su nombre ellO
de febrero de 1708: Armada por Mallorca, Bajeles por Córdoba, Mar de Nápoles
por Corona y Marina por Palencia.
El batallón "Mediterráneo"
a partir de 1728 cambió su nombre por el de "Galeras" y
acabaría por extinguirse en 1748, pasando sus fuerzas a engrosar las de
los demás.
En 1731 se creó el batallón de
"Barlovento" para reprimir la piratería con base en
Veracruz. Dos años más tarde se aumentan en dos el número de
batallones que pasa a ser de seis, sin contar con el de
"Galeras" y el de "Barlovento". A partir de este
momento se conocerán por su número correlativo, escalafonándose los
existentes del 1.° al 6.°. En 1741 se amplía el número de
batallones a ocho.
En 1776 se destina a Cartagena un
nuevo batallón, como preludio de la ampliación a doce del número de
éstos que se establece ese mismo año.
Los
Batallones de Marina se crean con la doble finalidad de custodiar barcos
y plazas. El combate naval con los medios artilleros de los buques en
liza no era una tarea rápida, por lo que se recurría al abordaje,
saltando con armas a propósito sobre la cubierta enemiga
para batirla en combate cuerpo a cuerpo en múltiples ocasiones y
como forma de rendir antes al enemigo y hacer presa. La guarnición de
los buques fue, por supuesto, evolucionando al compás de la técnica
y de la táctica naval.
En esencia, estaba instituida por
una plana mayor, con oficiales, sargentos, tambores y el omnipresente
e inevitable "pífano" y un núcleo de soldados que varió en
función del tonelaje al principio y en función del número de cañones
más tarde.
En
estos tiempos, la Infantería es superior en número a la marinería,
pero poco a poco va disminuyendo, y al final es norma general que la
Infantería de Marina no sobrepase en 1/3 a la marinería. Más adelante
lo que determina el número de soldados es el número de cañones, dándole
a aquéllos no sólo la misión de "fusilero", sino también
la de servir las piezas de artillería. En 1740 el navío "El
Real", por ejemplo, llevaba 257 fusileros y 143 artilleros (además
de 416 marineros, 224 grumetes y 56 pajes).
Teniendo en cuenta que la misión
principal de los batallones era la guarnición de buques y el hecho de
que los oficiales del Cuerpo de Batallones procedían del Cuerpo General
de la Armada (a diferencia de los suboficiales y tropa que procedían de
los propios batallones) está claro que las guarniciones estaban
adaptadas a los barcos y no podían, al desembarcar, integrarse en
unidades tácticas que permitiesen combatir en tierra eficazmente, máxime
si carecían de oficiales preparados para ello.
Simultáneamente a esta pérdida
de capacidad anfibia, no se recuperó la pérdida de disponibilidad o
de capacidad expedicionaria que los tercios de tierra habían sufrido en
tiempos de CarlosII.
3.1.b. Las acciones y los héroes
Como
se ha dicho, la misión principal del Cuerpo de Batallones fue la
guarnición de los buques en la que predominaban los fuegos de fusilería
en los abordajes. Además, formaban parte de las dotaciones de artillería
y realizaban desembarcas formando "Columnas de Desembarco",
constituidas por la suma de las guarniciones de los buques que intervenían
en la acción. Sin embargo, este tipo de "desembarcas" tenían
el inconveniente de que, por un lado, los buques se quedaban
temporalmente desguarnecidos y, por otro, que las llamadas
"columnas" carecían de la organización táctica necesaria
para un eficaz combate en tierra.
Sin embargo, y no obstante su
precaria organización táctica, la actuación del Cuerpo de Batallones
fue decisiva en múltiples ocasiones, corriendo al unísono con la
actividad de nuestros barcos y escuadras. En todos los combates navales,
individuales o conjuntos, participaron las guarniciones, corriendo la
misma suerte que los buques a los que servían. La defensa de plazas y
fortalezas marítimas también les competía y en ella también se
distinguieron, como en el caso del Morro de La Habana.
En
el castillo del Morro de La Habana, en 1762, se defienden con heroicidad
600 soldados y artilleros de la escuadra durante 44 días, en trinchera
abierta y bajo el continuo fuego de 12.000 británicos y de 2.292 piezas
de artillería, y al entrar en la fortaleza después de su voladura sólo
encontraron un montón de cadáveres. Infantes y artilleros de Brigadas
merecieron por esta acción la recompensa de Carlos III, quien declaró
a sus respectivos cuerpos "reales" (R.O.
22-03-1763) y al cabo Moyano, uno de los más abnegados
supervivientes, le hizo acreedor a usar sus insignias en galón de oro.
Su actuación, al mando del capitán
de navío D, Luis Vicente de Velasco, sirvió de ejemplo a las
generaciones posteriores.
En el combate a bordo de los navíos
del rey se distinguieron muchos infantes, de entre los cuales podemos
destacar dos que por circunstancias, no diferentes pero sí
extraordinarias, salieron del anonimato en el que se 'vieron inmersos
los demás; se llamaron mientras prestaron' su servicio los soldados Álvarez
y Soto.
En la memorable jornada de San
Vicente quedaron una vez más patentes las virtudes militares del
Cuerpo, pero entre todos los héroes de la jornada, que fueron muchos,
destaca el granadero Martín Álvarez.
Nacido nuestro héroe en Montemolín
(Badajoz), pasa a Sevilla para alistarse como soldado de Caballería, el
26 de abril de 1790, yen lo que
le dijeron llamarse "los dragones del viento", que en realidad
era la tercera compañía del noveno batallón del Cuerpo.
Con motivo de una causa formada al
comandante y oficiales del navío "San Nicolás", apresado por
el enemigo en el combate naval de San Vicente el 14 de febrero de 1797,
resultó de varias declaraciones que con motivo del abordaje del
"Captain" en que arbolaba su insignia el como doro Nelson,
estando de servicio en la toldilla al lado de la bandera el soldado
Martín Álvarez, en defensa de ésta atravesó con su espada a un
oficial inglés atacante, clavándolo en un mamparo próximo. Mientras
trataba de desasir su arma, varios enemigos cayeron sobre él y fue
herido de gravedad en la cabeza, no obstante lo cual, siguió peleando
durante más de una hora sin rendirse, hasta caer sin sentido. Capturado
y conducido a Lagos, fue posteriormente puesto en libertad; embarcado en
el "Concepción" de la escuadra de Mazarredo se dirige a
Brest, en cuyo hospital falleció de resultas de una desgraciada caída
sufrida estando de guardia.
Nada
se publicó en su momento sobre su gesta, pero la comisión presidida en
1848 por el mayor general de la Armada D. Francisco de Hoyos, muy
impresionada por los hechos, propuso que, como premio y estímulo de las
clases de tropa y marinería, a partir de entonces un buque de menos de
diez cañones llevara el nombre del héroe; lo que se acordó por R.O.
de 12 de diciembre de 1848, confirmada por otras posteriores.
El 4 de julio de 1878 Alfonso XII,
"para dar al Cuerpo de Infantería de Marina una prueba ostensible
del aprecio en que tiene sus servicios...", decretaba que el nombre
de Martín Álvarez "deberá también figurar constantemente como
presente a la cabeza de las nóminas de revista de la primera compañía
del primer batallón del primer regimiento; y que al pasarse ésta sea
pronunciado por el coronel del mismo para que sirva de noble estímulo
en el Cuerpo, que debe honrarse con la memoria del héroe soldado que,
legando un recuerdo imperecedero, supo ennoblecerlo con su bizarría y
abnegación, cuyos medios todos tienen para lograrlos".
En esta segunda mitad del siglo
XVIII aparece, además, la primera mujer alistada en la Infantería de
Marina, aunque no como tal mujer, sino haciéndose pasar por hombre.
El 26 de junio de 1793 sentaba
plaza de voluntario de Infantería de Marina, en la Sexta Compañía del
XI Batallón, quien respondía al nombre de Antonio María de Soto,
natural de la villa de Aguilar (Córdoba), a la edad de 16 años, mínima
para estos casos. En su asiento figuraba ser hijo de Tomás y tener el
pelo castaño y los ojos pardos.
Sus destinos fueron muy diversos y
en todos actuó con eficacia, disciplina y abnegación. Embarcó en las
fragatas "Mercedes", participando en el combate naval de San
Vicente, y "Matilde" y luchó en Aljama, Bañuls y Rosas, y en
1797 formó parte de la guarnición de las famosas cañoneras de Barceló,
que con otras fuerzas sutiles defendieron Cádiz.
Pese
a que su comportamiento siempre había sido ejemplar, no hubiese
saltado a la fama y a la historia de no haber solicitado el 1 de agosto
de 1798 la difícil licencia, y para justificarla, declarado ser mujer,
de nombre Ana María Antonia, lo que, debidamente comprobado, fue
causa inmediata, no sólo de la concesión de la solicitud, sino del
premio que correspondía a su patriótico e inusual proceder.
Por la R.O. de 4 de diciembre de
1798 se le concedía el grado y sueldo de sargento primero de
Batallones, y por otra de 24 de julio del año siguiente, "en
atención a la heroicidad de esta mujer, la acrisolada conducta y
singulares costumbres con que se ha comportado durante el tiempo de sus
apreciables servicios...", se le otorgaban dos reales diarios por vía
de pensión y "que en los trajes propios de su sexo pueda usar de
los colores del uniforme de Marina como distintivo militar"
3.2.
DECLIVE DEL CUERPO DE BATALLONES
El
Cuerpo de Batallones subsistió durante más de cien años, pero a pesar
de que las últimas guerras habidas eran de marcado carácter marítimo,
su función fue de guarnición de buques o, por mejor decirlo, de
"artillado de buques". Esta misión llevaba en sí el germen
de la agonía del Cuerpo por dos razones:
a) Las posibilidades de
abordaje disminuían dada la mayor potencia de andada de los barcos y,
en consecuencia, disminuían los soldados fusileros y aumentaban los
soldados "artilleros", con lo que se desnaturalizaba la
Infantería de Marina.
b) Dada la escasez de Infantería
de Marina, muchas veces se guarnecían los buques con unidades de Ejército,
y si éstas cumplían más o menos bien su papel, ¿por qué iba la
Marina a cargar con los gastos que implicaba el sostenimiento del Cuerpo
de Batallones?
Este proceso fue "in crescendo"
y ya en 1806 se hablaba de la extinción del Cuerpo, pero no se decidían
a ello, primero, por el peso de la tradición y, segundo, porque se tenía
la sensación de que la Infantería de Marina era la nervadura militar
de la Armada, aunque ésta no era, por supuesto, su misión, ya que ello
implicaría el cubrir con una institución el defecto orgánico de
otra. Ya las Ordenanzas de Galeras de 1 de junio de 1621 estipulaban
que: "La infantería embarcada sólo se ocupe de las guardias de
puerto y de pelear, el oficio que hasta aquí han tenido de guarda a la
chusma lo han de hacer ahora los marineros, como se acostumbra en mis
galeras de Nápoles".
Tras
la derrota de Trafalgar en 1805 la Armada quedó diezmada y con ella
gran parte de la Infantería de Marina. En 1808 estalla la Guerra de la
Independencia y automáticamente se invierten las circunstancias, en
vez de ser las unidades del Ejército las que reforzaban a la Infantería
de Marina para guarnecer los barcos, ahora es la Infantería de Marina
la que baja de los escasos buques inmovilizados.
3.2.a. Gestas peninsulares y
americanas
La
Junta Central organizó cuatro ejércitos de operaciones debiendo
reforzarse con la tropa de Batallones y Brigadas que no fuese absolutamente
imprescindible en los departamentos y arsenales.
Seis regimientos se formarían,
integrados los tres primeros por los seis batallones de Cádiz. Los
cuatro batallones de Cartagena, escasísimos de personal, no pudieron
formar el Cuarto y el Quinto, sino sólo el Primer Batallón del Cuarto,
constituyéndose el Sexto en Ferro!. Para las atenciones de buques e
instalaciones de la Armada se creó sólo un Séptimo Regimiento.
Su actuación en los campos de
batalla fue notable, destacando por su disciplina y asistiendo a las
principales acciones desde la de Badén a la de Tolosa.
El 19 de noviembre de 1809 tenía
lugar la derrota de Ocaña, en la que correspondió al Primer Regimiento
de Marina, al mando de don José Salomón, el proteger la retirada del
ejército, en virtud de sus exigentísimos privilegios de ocupar el
primer puesto en vanguardia en la ofensiva y la extrema retaguardia en
las retiradas. Su labor fue ordenada y eficaz pese a la desbandada española,
aunque le costó un elevado número de bajas, i24 oficiales y más de
mil soldados!
El jefe de la división en que
estaba encuadrado, general Jácome, lo citaría en el parte oficial:
"se ha comportado en todo el tiempo... con la más digna disciplina
y sus Jefes y Oficiales con el más delicado pundonor...; mereciéndome,
por consiguiente, toda mi confianza..., eterna debe ser su memoria para
las armas españolas",
En esa misma trágica acción se
distinguiría también el Segundo Regimiento, al mando del coronel D.
José Meléndez Bruna. Su jefe de división, general Copons, emitiría
un emocionado panegírico en su relación del suceso a las Cortes:
"se ha portado en la batalla del 19 de noviembre, dada a los
franceses en los llanos de Ocaña, con todo el honor, valor e intrepidez
digno de elogio, y que ha llenado este Cuerpo de tal forma sus deberes
que lo hacen acreedor a toda la consideración de S .M. y aprecio de la
nación".
Durante
esta batalla se distinguió José Fermín Pavía, oficial abanderado
de la coronela de su regimiento, el 20 de Marina. Dicha bandera fue
defendida por este oficial contra varios dragones franceses que querían
arrebatársela, y lo hizo con tal denuedo y continua valentía que por
estos hechos de heroísmo, don José Fermín Pavía fue recompensado
con la Cruz Laureada de San Fernando.
El Primer Batallón del 4. o
Regimiento, al mando de don Antonio Ruiz Mateos, estuvo encuadrado en la
2ª División del Ejército de Cataluña. Al amanecer el día 12 de
enero de 1810, en un choque entre fuerzas españolas y francesas, ambas
fuerzas tratan de alcanzar la excelente posición de Fuentes Frías,
cuando una briosa carga a la bayoneta del Batallón de Infantería de
Marina pone en desordenada fuga a las fuerzas francesas, que abandonaron
más de 100 hombres y todo su material de guerra en el campo de batalla.
Ese mismo Batallón, nueve días más
tarde, tras rechazar una carga de coraceros franceses (en la que murió
el jefe del Bon. D. Ángel Jover) , desalojaron a la infantería
francesa de la altura denominada Casablanca y cuya conquista abrió las
puertas de Mollet.
En América las fuerzas de
Infantería de Marina también combatieron por su Patria. Se trata
concretamente de las compañías de los regimientos Tercero y Quinto, de
guarnición en los buques de guerra, en base a las que se estructuraron
las columnas organizadas en Veracruz, Montevideo y Costa Firme para
combatir a los independentistas.
En Venezuela están a las órdenes
de D. Pablo Murillo, antiguo infante de marina.
El teniente general D. Pablo
Morillo se había iniciado en la carrera de las armas sentando plaza
de soldado en Infantería de Marina a la edad de 13 años, alistándose
en la comisión de recluta de Toro (15-31791). Embarca más tarde y
asiste al combate de Tolón contra los republicanos franceses.
Posteriormente embarca en el navío
"San Isidro" y asiste al combate naval del Cabo de San
Vicente, junto con Martín Álvarez. En este combate fue hecho
prisionero. Libertado, embarca nuevamente y, como soldado aún, asiste
al combate naval de Trafalgar, en el que sufre, con su compañero Pérez
de los Ríos, varías heridas y salva, con peligro de su vida, una
bandera que hubiera caído al mar.
Pronto,
por sus méritos, asciende a cabo y a sargento, destacándose en todo
momento. Toma parte muy importante en la Guerra de la Independencia,
asistiendo a la rendición de la escuadra de Rosily (1808), en donde
acredita sus excepcionales dotes militares; asiste con su batallón a la
acción de Bailén, donde la tropa de Marina destacó luciendo por
primera vez banderas bicolores, mereciendo el ascenso a alférez en el
campo de batalla.
Pasa
entonces a formar parte del Ejército, y vuelve a brillar su estrella en
tal forma, que alcanzó el grado de coronel como premio a la gloriosa
defensa de Vigo y del Puente de Sampayo (8-6-1809).
Con
Castaños alcanza el grado de general de brigada y, al año siguiente,
el de división. Pasa al ejército de lord Wellington y termina
brillantemente su campaña peninsular.
Combatió en América, donde
conquistó Cartagena de Indias y venció a Simón Bolívar en Puente y
en Cachiri y fue capitán general de Galicia en 1832. Luchó en las
guerras carlistas y falleció a los cincuenta y nueve años, tras
cuarenta y seis de servicio.
Es, por tanto, forzoso reconocer
que la Infantería de Marina combatió con valor, valor que fue ejemplo
para otras unidades en muchas ocasiones. Tanto es así que estas
unidades llegan a figurar entre las predilectas de Wellington, quien las
cita elogiosamente en varias ocasiones, y concede al 6.° Regimiento
(actual Tercio del Norte) la corbata azul de Tolosa, prometida a la
primera unidad que batiese al Ejército de Napoleón en su propio suelo.
Pero, desde
el punto de vista orgánico, acaso sea el efecto más importante de
aquella guerra la consolidación del Cuerpo como institución, produciéndose
una identificación entre oficiales y tropa. Tanto es así que, en 1817,
los oficiales natos de batallones solicitaron del Rey separarse del
Cuerpo General e integrarse con sus hombres en un solo Cuerpo, 110 cual
lograrían en 1827.
3.3. LAS PRIMERAS REFORMAS
Al
finalizar la Guerra de la Independencia se contaba con seis regimientos,
además de las guarniciones de los escasos buques en servicio. En 1816
se resumen en cuatro. Al año siguiente son sólo tres, los antiguos 1.°,
5.° y 6.°, asignados respectivamente a los departamentos de Cádiz,
Cartagena y Ferrol.
La guerra había sido un continuo
esfuerzo con los medios que la necesidad y la improvisación habían
proporcionado, pero los años que la siguieron no fueron mejores.
El ministro Vázquez de Figueroa
presentó una memoria al Rey en 1816 en la que se exponían estos años
de auténtica hambruna en los que las unidades de Infantería de Marina
habían vuelto a cumplir sus cometidos habituales en tiempo de paz, y
algunos otros, aunque los destinados a la guarnición de buques eran
pocos, dada la escasez de éstos.
La solución idónea era la de
dotar al Cuerpo con un mínimo de medios de todo tipo, pero al carecerse
incluso de esto se optó por lo que parecía menos costoso y que
solucionaba de momento las carencias no sólo de la Infantería de
Marina, sino también de la Artillería, mediante una unión de ambos
que en realidad encubría una reducción real de efectivos. Un decreto
de las Cortes de 27 de diciembre de 1821, que sancionaba una nueva ley
orgánica de la Armada, establecía: "Los actuales Cuerpos de
Infantería y Artillería de Marina se refundirán en uno sólo, al que
se dará igual instrucción en el manejo del cañón y demás piezas de
artillería que en el fusil y evoluciones militares". Sin embargo,
esta norma no se puso en práctica de momento y tuvo que esperar hasta
1827, en que el ministro Salazar la hizo propia.

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