CAPITULO 4º

4.1. UN ALUD DE REORGANIZACIONES

          Esta época se inicia en 1827 y termina en 1931. En ella las necesidades de las guerras Carlistas, Cantonales y Ultramarinas dieron a la Infantería de Marina un carácter de fuerza expedicionaria casi per­manente. El 2.° Regimiento de Infantería de Marina, por ejemplo, operó durante diez años seguidos en Cuba.

       El Cuerpo llegó a estar constituido por tres brigadas de Infantería de Marina y se batió continuamente en África, Cuba, Filipinas y la Península.

       A partir de 1827, y hasta 1957, se descarga sobre la Infantería de Marina un alud de reorganizaciones por el simple hecho de que no se sabía qué hacer con ella.. Se había olvidado el concepto fundamental de fuerza anfibia desarrollado por Felipe II y se había polarizado todo en guarnición de buques, y la base orgánica de guarnición de buques se desmoronaba por momentos.

4.1.a. Reinado de Fernando VII y 1.a Guerra Carlista

         Por R.D. de 7 de enero de 1827 Fernando VII sanciona el pro­yecto de su ministro de Marina Luis María de Salazar, por el que se crea la "Brigada Real de Marina" en base a tres batallones de seis compañías y una sección en Filipinas. La reforma partía de la base de que en la guerra naval del momento el cañón era la principal e incluso única arma definitiva, y de que no tenía porqué haber ninguna incompatibilidad entre el uso del cañón y el del fusil o en el ejercicio y profesión del sol­dado de artillería y el de infantería. En la nueva organización todos sus componentes debían ser instruidos en ambas antiguas especialidades, pero en ella la parte principal correspondía a la artillería y la accesoria a la infantería, solicitándose en la propuesta de Salazar la denomina­ción de "Brigada Real de Artillería de Marina" para un cuerpo que no se consideraba de nueva creación, sino de auténtica fusión. Este nom­bre no prosperó, disponiendo el Consejo de Estado el de "Brigada Real de Marina", probablemente ante la reacción de los infantes postergados.

  Evidentemente, la miopía sobre la función de la Infantería de Marina era progresiva, y considerándola limitada a guarnición de buques, era natural que la artillería fuese considerada el arma principal a bordo.

  Patiño, en 1717, había organizado dos brigadas (compañías) de 60 hombres cada una, de Artillería de Marina, mandadas por un comi­sario de Artillería, pero encuadradas bajo los mandos del Cuerpo de Batallones de Infantería de Marina, y no fue hasta 1740, en que se creó el Cuerpo de Artillería de Marina, que aunque redu­cido, prestó siempre excelentes servicios, pero fue un Cuerpo eminentemente facultativo; el artillero ascendía a bom­bardero, de ahí a cabo y hasta primer con­destable en su brigada o compañía, pero, ascendido a oficial, se le separaba de la tropa para realizar funciones en los par­ques, laboratorios y fundiciones. En números redondos llegó a haber una media de 3.000 artilleros y 12.000 infantes de marina. Orgánicamente, la unión de un Cuerpo facultativo con otro esencialmente militar no podía dar resul­tado. Los reclutas de artillería estaban exentos de servicio de plaza y su tiempo  era absorbido por las escuelas de teórica y de práctica. Según las frases de la época, hasta el último artillero tenía que ser un "eminente cientí­fico", y los oficiales, "sabios". En fin, que la unión entre ambos Cuerpos tan dispares estaba condenada de antemano.

             La Brigada formaba un cuerpo enteramente separado del General de oficiales de la Armada; sus grados y denominaciones, así como el uniforme diferían. Por ello, bien puede decirse que es en este momento cuando por primera vez se cuenta con oficialidad propia, aunque referi­da a esa unidad híbrida en que la Infantería de Marina constituía sola­mente un elemento originario y no precisamente el más importante. El 2 de enero de 1827 se fundaba en San Fernando el primer centro de formación de oficiales propios con el nombre de "Academia de la Brigada Real de Marina."

  A partir de 1830 la Brigada queda reducida a dos batallones y se atisba una nueva organización al no cuajar por falta de la preparación necesaria la práctica conjunta de servicios que con anterioridad se rea­lizaban por separado.

  El 12 de febrero de 1833 el minis­tro Ulloa disuelve la Brigada Real y se crea una nueva organización con el nom­bre de "Real Cuerpo de Artillería de Marina" con tres batallones de seis com­pañías y la sección de Filipinas, lo cual era natural siguiendo el hilo mental de los organizadores. ¿Acaso la mayoría de los soldados en los barcos no se dedicaban a servir a las piezas? Pero esta aparente lógica orgánica se vino abajo poco des­pués y al iniciarse la Primera Guerra Carlista a principios de octubre de 1833, el Gobierno vuelve a acordarse de la utili­dad de la tropa de Marina en campaña y se organizan tres batallones más, uno de ellos en Cádiz, el "Tercer Batallón"; otro en Ferrol, el "Cuarto Batallón", y el últi­mo en Molina de Aragón, el "Quinto Batallón", que había tenido como base estructural la compañía destacada en Madrid. A partir de 1838 estos nuevos batallones, organizados lógica­mente "al pie de la infantería del ejército", se revistan, ajustan y pagan por la administración militar y con cargo al presupuesto de Guerra.

            El Cuarto Batallón se destaca en multitud de combates, entre los que deben ser especialmente señalados los de San Marcos, Pasajes, Loyola, Hernani, Guetaria y Luchana con la liberación del cerco de Bilbao.

  El Tercer Batallón opera en el Centro y Sur, batiéndose en Hinojosa, Fuensanta, Puente de Pomar, Fuente Albilla y Casas Ibáñez. Las fuerzas que integraban este Tercer Batallón se batieron con tal denuedo, heroísmo y eficacia, que una vez terminada la campaña, tanto el teniente coronel Ussel de Guimbarda como el capitán Tacón mere­cieron la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando.

  En los combates de Fuente Albilla, mayo de 1840, y de Olmedilla, en junio del mismo año, se distinguió por su arrojo y bra­vura el capitán D. José Quevedo Benavides, cuya singular acometividad en la batalla de Olmedilla fue recompensada con su ascenso a teniente coronel (no existía el empleo de comandante) y con la Cruz de Isabel la Católica y, finalmente, con la Cruz Laureada de San Fernando.

  El Quinto Batallón combate en Gandesa, Morella, Chiva y en la defensa de Lucena del Cid. En el año de 1837 este batallón guarnecía la villa de Lucena del Cid, en la provincia de Castellón, la cual es ata­cada por las tropas carlistas al mando del general Cabrera. Según infor­mes ofíciales, el sitio de esta plaza duró desde principios de marzo a mediados de abril, y correspondió al Quinto Batallón "hacer la más memorable defensa y de aguantar el más tenaz sitio que ha sufrido esta población". En estas acciones destacaron sobremanera por su heroísmo, valor ante el enemigo y desprecio al peligro el teniente D. Felipe Ortega y el cabo D. Antonio García, que por su brillante ejecutoria fueron recompensados con la Cruz Laureada de San Fernando.

4.1.b. La separación definitiva de artilleros e infantes

          La R.O. de 20 de junio de 1839 organizaba las reliquias del Real Cuerpo de Artillería de Marina por separado, creando dos batallones de Artillería y tres de Infantería con la denominación más equilibrada de "Cuerpo de Artillería e Infantería de Marina" con escalafones distintos, pero dentro de un mismo cuerpo.

  En la adopción de esta medida había tenido mucho que ver el heroico comportamiento de los Batallones en los ejércitos del Norte y Centro.

  Para la guarnición de los buques y arsenales se destina a la rama de Artillería, cuyos sargentos y clases proceden de condestables; para actuar como unidades de tierra en los teatros de operaciones de interior, la de Infantería.

            Con ello quedaba esta última muy separada del ramo de Marina, no sólo en cuanto a su cometido, sino incluso administrativamente, por pasar a depender económicamente del ministerio de la Guerra.

  Esta tendencia de separación de los batallones de Infantería se llevó a la última de sus consecuencias por el Decreto de 29 de diciem­bre de 1841 (siendo García Camba ministro de Marina), por el que se desgajan definitivamente de Marina para constituir el Regimiento Asturias número 31, pasando a denominarse el resto lógicamente "Cuerpo de Artillería de Marina", ya que se había suprimido la Infantería de Marina, de la que sólo quedaban como reliquias las dos secciones de granaderos indígenas existentes en Filipinas.

  Los dos batallones de Artillería, cada uno con ocho compañías, siguieron prestando su servicio de guarnición y embarcados.

  El nuevo ministro de Marina, Roca de Togores, consciente tanto de la necesidad del Cuerpo como de la independencia y separación orgá­nica entre artilleros e infantes, vuelve a crear el "Cuerpo de Infantería de Marina" que se organiza en virtud del R.D. de 22 de marzo de 1848 con fuerza de tres batallones de seis compañías. Resulta curioso cómo los argumentos hasta entonces esgrimidos en favor de la unificación en un sólo cuerpo, ahora, a la vista de la experiencia adquirida, se desesti­man, considerándose que "el Cuerpo de Artillería era poco numeroso, enteramente facultativo, cuyo fin exclusivo era el de cubrir las plazas de comandante de parque, condestables y cabos de cañón, la dirección de fábricas, laboratorios de mixtos y cuanto concierne al arma de Artillería". Por esta reforma los batallones se desgajaban en compañías prácticamente independientes, asignándose, numeradas, a los respecti­vos departamentos, como en tiempos mejores se había hecho con los batallones. A Cádiz correspondieron diez compañías, a Ferrol seis y dos a Cartagena.

  El "Cuerpo de Artillería", por otro lado, sigue su vida indepen­diente reducido a tres brigadas hasta la extinción de las mismas en 1857.

  La reforma del ministro Lersundi, que se plasmó en el R.D. de 6 de mayo de 1857, tuvo como principal motivación la de dar mejores mandos al Cuerpo, hasta entonces reducidas al mando de batallón, pero supone también el fin de la etapa de lucha por la supremacía entre las Brigadas y los Batallones con el triunfo final de éstos.

  La reorganización se justifica, igual que la anterior, en el incre­mento de la Armada, potenciando la Infantería de Marina, lo que se consigue suprimiendo en su beneficio a la Artillería de Marina.

  La fuerza de Infantería de Marina se incrementa en consecuen­cia hasta cinco batallones de ocho compañías, en el que se podía alcan­zar el grado de brigadier al final de la carrera, y si se consideraba con méritos suficientes, Marina los proponía a Guerra y Guerra al Consejo de Ministros para que ingresasen en el Estado Mayor del Ejército con el grado de mariscal de campo, causando baja en la Armada.

  A partir de ese momento hay una nueva evolución hacia el con­cepto de fuerza expedicionaria, apareciendo el Cuerpo por R.D. de 13 de abril de 1859, organizado en tres "medias brigadas", a dos batallones de seis compañías y dos compañías indígenas en Filipinas. Por primera vez aparece en el Cuerpo el empleo de comandante que se cubre por elección entre los capitanes más antiguos y aptos.

  A este período corresponde el mayor embarque de tropa de Infantería de Marina del siglo, ordenándose que cada dos años se rele­vasen entre sí y con toda su impedimenta los batallones de un departa­mento a otro, trasladándose por mar.

  4.1.c. Fuerza Expedicionaria

            Con motivo de la Guerra de Africa (1859­60), la Infantería de Marina embarcada participó en el bombqrdeo de Larache, y formando columna de desembarco tomó parte en la ocupación de la casa del Morabito y en las batallas de Castillejos y Wad­Ras. En esta última ocasión destacó el Sexto Batallón de Marina, encuadrado en la división Ríos; obteniendo la Cruz de' San Fernando los tenientes D. Félix Angosto y D. Virgilio Cabanellas y los subtenientes D. José Sevillano y D. Jaime Togores.

La reforma "Tapete" de 4 de febrero de 1869 renuncia a las medias brigadas que no tienen equivalente entre las unidades del Ejército en las que se tienen que integrar las del Cuerpo, quedando por lo tanto éste formado por tres regimientos (uno por departamento) de dos batallones de a seis compañías, más las dos compañías indígenas de Filipinas.

  La Infantería de Marina quedaba adaptada en todo a la organiza­ción y doctrina del Ejército, consecuentemente con la misión principal que sus unidades cumplía, que no era la de guarnecer bases navales, sino la de servir como Fuerza Expedicionaria, sobre todo en Ultramar.

  Quizá la acción más parecida a un asalto anfibio en esta época fue el desembarco de Parang Goló) el11 de febrero de 1872. Ese día, una escuadra de 13 buques, con toda la Infantería de Marina disponi­ble y con sus jefes naturales al frente, fondea a las diez de la mañana a cuatro cables de la costa en dos líneas paralelas. Se formaron tres columnas de desembarco al mando del teniente coronel Castellani, que desembarcaron después de una preparación por el fuego de media hora, que acalló los cañones y lantacas enemigas, destruyendo en menos de cuatro horas los fortines y poblados de los piratas. Como de costumbre, la Infantería de Marina fue la primera en desembarcar y la última en embarcar, protegiendo a las columnas de marinería.

               El comandante general del Apostadero, D. Manuel Mac Crohon hizo constar en la orden general: "...el placer con que he visto las guar­niciones de todos los buques reunidas en cuerpos bajo las órdenes de su jefe natural, teniente coronel Castellani, marchando siempre a la van­guardia sosteniendo el buen nombre del Cuerpo de Infantería de Marina."

  La disponibilidad y eficacia de las tropas del Cuerpo como fuer­zas expedicionarias hace que se recurra a ellas antes que a cualquier otra y para cualquier misión, convirtiéndose así en lo que el general Albacete definió, en un irritado oficio, como "doble carne de cañón". Es un Cuerpo forzado a mantener en campaña a todas sus fuerzas.

  Se producen durante la guerra carlista de 1872-76 las gloriosas acciones de Somorrostro, San Pedro Abanto y caserío de Murrieta. El 2.0 Batallón del Primer Regimiento, procedente de San Fernando, a las órdenes de su teniente coronel D. Joaquín Albacete Fuster, se incorpo­ra en febrero de 1874 a la campaña del Norte, asistiendo a la terrible batalla de Somorrostro durante los días 25 al 27 de marzo de ese año.

El día 25 de marzo de 1874 rompe este Batallón el fuego en los campos de Somorrostro, contra los carlistas, y todo ese día y al siguien­te continúa en constante combate. Tras la batalla de Somorrostro las posiciones de ambos bandos habían quedado estabilizadas en toda la línea del frente.

  El día 27, el general en jefe, Serrano, decide proseguir el ataque frontal contra unas posiciones naturalmente fuertes y excelentemente defendidas con obstáculos, zanjas, fogatas y carriles y por una intrinca­da red de trincheras con parapeto y cuyo trazado permitía cruzar el fuego con gran eficacia.

             El 2º Batallón recibe la orden de atacar las posiciones enemigas mediante un ataque de flanco sobre el reducto principal de San Pedro Abanto, pero la defensa es encarnizada y la bondad de las posiciones carlistas diezma el Batallón que, no obstante, no ceja en su empeño.

            El caudillo carlista Abanabes, su enemigo, sería también su mayor enaltecedor: "... un bata­llón de Infantería de Marina intenta asaltar los parapetos. Los nuestros hacen una, y otra, y muchas descargas nutridísimas. Los marinos ensangrientan el suelo, pero no desmayan, y vuelven al intento. Casi quedó en cuadro el bata­llón, pero los que quedaban se defendían con bravura". A pesar del cas­tigo, la unidad sigue avanzando y cae de repente y a la bayoneta sobre el caserío de Murrieta, del que se apoderan, obligando a los defensores a retirarse a sus trincheras interiores entre Murrieta y San Pedro.

            La toma, en brillantísima carga a la bayoneta, del caserío de Murrieta fue una acci6n cuya bravura es imposible de describir, pues causó la admiración hasta del propio enemigo, cuya impresión exacta está reflejada en el Diario de Sesiones del Congreso, de la cual extrac­tamos: "El choque fue violentísimo; cada piedra era un baluarte; cada mata un reducto; cada arroyuelo se convertía en un foso invadeable... Se perdió una casa cuatro veces. El ejército carlista hizo justicia -Cómo no? - a aquellos heroicos y sufridos soldados, y al verlos retirarse diez­mados por la metralla paso a paso, volviendo la cara y haciendo fuego, prorrumpieron en entusiastas vivas a aquel incomparable batallón de infantería de marina..., a aquellos cazadores..., a aquellos generales que, con las hojas de sus espadas rotas por las balas, ebrios de coraje, habían llegado casi a tapar con sus cuerpos las bocas de los cañones... ".

            Como resultado del juicio contradictorio abierto para demostrar los méritos de esta unidad, habiendo acreditado no sólo arrojo y biza­rría, sino además haber dejado tendida en el campo más de la mitad de su fuerza, se le concedió la Cruz Laureada de San Fernando.

  En abril de 1874 el Primer Regimiento rechaza en Castro Urdiales una ofensiva carlista, pasando posteriormente al Ejército del Centro, donde interviene en los combates de Cantavieja y Monlleó, donde el teniente coronel D. Segundo Díaz Herrera es promovido a coronel del Ejército, grado que no pudo disfrutar por recibirse la noti­cia del premio un día después de su muerte, ocurrida el 5 de julio de 1875, como consecuencia de las heridas recibidas en el asalto frontal a la plaza de Cantavieja (Teruel).

Segundo Díaz Herrera Serrano es el prototipo de jefe del Cuerpo cuya vida militar ocupa todo el corazón del siglo XIX, viviendo en carne propia todas las vicisitudes, teatros de operaciones y ocasiones en que actuaron fuerzas de Infantería de Marina.

                                             Nacido en La Habana en 1836, e ingresado en la Armada a los trece años, asiste a la guerra de África apoyando desde el mar y al mando de las guarniciones del vapor "Vulcano" y de otras unidades de las fuerzas sutiles a las tropas de D. Leopoldo O ´Donnell (1860), interviniendo también en la expedición a

México (1861-1862), en la campaña de Cuba (1868) y en la defensa del arsenal de La Carraca contra los insurrectos en 1873; demostrando en todos sus cometidos disciplina, valor, inteligencia e intrepidez.

Al mando, como teniente coronel, del Primer Regimiento com­bate a los carlistas del centro de la Península, encuadrada su unidad en las del mando del general Jovellar, para morir, como hemos visto, en Cantavieja.

  Por Real Orden se dispuso que un retrato suyo figurara en el Museo Naval y que su cuerpo reposara en el Panteón de Marinos Ilustres, donde, si bien no se llevó a efecto el sepelio, una lápida recuer­da su ejemplar memoria.

  En 1879 se creó la Academia General Central de Infantería de Marina (actual Escuela de Infantería de Marina), cuyo primer director fue el Coronel Albacete, héroe de San Pedro Abanto.

  El Cuerpo sigue aumentando paulati­namente empujado por las necesidades de las campañas de Cuba y Filipinas, alcanzan­do a tener en 1882 con la reforma impulsa­da por el ministro de Marina, Almirante Pavía, y el General Jefe del Cuerpo, Mariscal de Campo Montera y Subiela, tres brigadas de dos regimientos. Cada una de las brigadas correspondía a cada uno de los departamen­tos marítimos.

  Durante esta época el episodio más brillante de la actuación de los batallones expedicionarios en Cuba fue el del Alto de la Doncella, cerca de Guantánamo. En este combate el capitán D. Juan Puyou Dávila, al mando de una columna perteneciente al batallón de Isabel II, se dirige a hostigar a unas fuerzas de insurrectos avistadas en el paraje denominado De Vegas Grandes, el 29 de marzo de 1880, y al estar en posición favorable, ataca. Herido de gravedad, y al no poder conseguir su objetivo, se repliega a otra posición, estable­ciéndose en una altura próxima, sin agua y sin poder hacer fuego para los ranchos. Al amparo de la .noche y con 38 bajas decide retirarse. Al amanecer hace frente a un fuerte ataque por fuerzas muy superiores en número, a las que rechaza. Recibe una segunda herida grave y logra enviar a un enlace al campamento del Río Seco pidiendo auxilio. Los refuerzos llegan y ponen en fuga a los atacantes. En resumen, a pesar de estar con dos heridas muy graves, no solamente contiene al enemi­go, sino que continúa dirigiendo briosamente la defensa, animando a los suyos y rechazando las peticiones de capitulación que le formula el enemigo. El Capitán de Infantería de Marina D. Juan Puyou Dávila, en atención a sus extraordinarios méritos de valentía, es recompensado con la Cruz Laureada de San Fernando.

            Pero, además de las reseñadas necesidades para las campañas peninsulares y de ultramar, una serie de progresos técnicos hicieron que disminuyera cada vez más la necesidad de guarnecer los buques.

  La esencia de la guarnición de un buque era la posibilidad de lle­gar al abordaje o, al menos, a una distancia eficaz de tiro de fusil. Esta posibilidad fue decreciendo en proporción directa con la cantidad de artillería de los buques. El primer golpe decisivo que acabó con los buques de madera fue la aparición de la granada explosiva, empleada por primera vez por los rusos en 1853 en la guerra de Crimea contra una escuadra turca. La reacción fue la coraza de hierro, que empezó a usar­se en 1855, pero lo que realmente eliminó por completo la posibilidad de un abordaje fue la aparición del cañón rayado. En 1877, el último cañón de ánima lisa desaparecía de los buques.

  Las guarniciones de buques, por supuesto, se usaron para realizar desembarcas ligeros y cubrir a las columnas de desembarco de marine­ría con guerrillas, tanto en el desembarco como en el repliegue, pero es conveniente repetir que éste no es el concepto operativo de una fuerza de desembarco. Por otra parte, el emplear el potencial humano de la marinería como columna de desembarco es emplearlo de forma tan inorgánica como el utilizar la Infantería de Marina como fuerza expe­dicionaria. Es un hecho que las guarniciones de buques actuaron múl­tiples veces en desembarcas, sobre todo en Filipinas contra los piratas de Joló, pero no hay que olvidar que eran situaciones excepcionales en las que el combate en tierra casi se reducía a una serie de choques fron­tales y luchas individuales.

  La reforma "Beránger", sancionada por R.D. de 30 de abril de 1886, crea doce "Tercios" de cuatro brigadas. La nueva denominación no respondía a criterios históricos, sino que más bien tendía a devolver al Cuerpo la impronta naval de la que venía despojándosele paulatina­mente desde principios de siglo. De los tercios citados, tres eran en depósito y otros tres en reserva. El mando superior lo ostentaba un mariscal de campo.

           El ministro de Marina D. José María Beránger no sólo estimaba que las que reconocía valiosísimas aportaciones de las tropas de Infantería de Marina no debían continuar, ya que las circunstancias del país nó lo exigían, sino que lo que hasta ese momento había sido la mera guarnición de los buques con alguna ocasional aportación a su maniobra y fuego debía variarse, estableciendo que: "...La Infantería de Marina ha dejado, pues, de servir para guarnecer los buques y debe for­mar parte integrante de su dotación, si ha de ser útil sobre la cubierta de nuestras naves...". La función de guarnición podía y debía, por tanto, ser compartida con la marinería, y el soldado, como contrapartida, podía a su vez colaborar de una manera más decidida en las funciones del marinero. Detrás de todo ello subyacía el deseo de ahorrar medios y caudales, y como efecto secundario y no deseado, suponía también un primer paso para la supresión del Cuerpo.

             Imperiosas razones económicas encaminadas a ahorrar al máxi­mo "a fin de disponer del sobrante obtenido para acrecentar el sosteni­miento de las fuerzas navales" obligan en 1893 a reducir la Infantería de Marina una vez más, quedando sólo tres tercios, uno por departamento.

  La organización "Pasquín" de 5 de julio de 1893 constituye tres regimientos de dos batallones. Resulta curioso que con menos de cinco meses de diferencia la opinión ministerial sobre la necesidad del Cuerpo cambie tan radicalmente.

  4.l.d. La pérdida de las colonias

             La Guerra de Cuba y Filipinas, pese al fracaso general que supu­so, habría de demostrar lo acertado de la decisión de mantener el Cuerpo en su triple faceta de tropa expedicionaria, dotación de los buques de guerra y guarnición de arsenales y dependencias. Con motivo de la insurrec­ción cubana de 1895 se dispuso el envío de siete batallones expedicionarios, con carác­ter urgente, seguido de otros seis, un total de 13.000 hombres entre los que se habrí­an de contar fuerzas de Infantería de Marina. Este sería el primero y más inme­diato efecto de la revolución cubana respec­to de nuestra Infantería de Marina; el segundo tendría consecuencias más retarda­das, pero también de la máxima importan­cia y trascendencia: la reapertura de la anti­gua Academia General Central de Infantería de Marina, clausura da en 1891 por R.O. de 28 de mayo de 1895, y con la nueva denominación de Escuela de Infantería de Marina. Las unidades enviadas a Cuba desde la Península, todas en 1895, serían cuatro batallones, que per­ manecerían allí hasta la repatriación posterior a la contienda, es decir, más de tres años seguidos de guerra.

           La utilización de los batallones de Marina fue de mucha impor­tancia en el transcurso de las operaciones, como fuerzas terrestres inte­gradas en unidades del Ejército, pero no debemos olvidar que el Cuerpo actuó también a bordo de los buques menores de la escuadra destacada en Cuba y en los de la de Cervera. Numerosas fueron las acciones de combate en las que se verían implicados estos batallones.

  El Segundo Batallón del II Regimiento, con base en Holguín, recibe el cometido de proteger la línea férrea de Gibara a Holguín (Cuba), y casi inmediatamente se produce el heroico hecho protagoni­zado por los soldados Rama y Cancela. Estos dos soldados de Infantería de Marina, encuadrados en una patrulla de vigilancia de dicho batallón, compuesta por un sargento, un cabo y 13 sol­dados, prestaban un servicio de vigilancia en la línea el 5 de junio de 1895. Fue atacada esta patrulla en Piedra Picada, Arroyo Aguas Claras, por fuer­zas muy superiores, al mando de los cabecillas Maceo y Rabí, al frente de más de 1.800 insu­rrectos. La patrulla los detiene por cierto tiempo con nutrido fuego y se retira brillantemen­te, teniendo sin embargo que abandonar a cinco soldados que han sido copados y de los que tres de ellos son pronto heridos y rematados a machetazos; José Rama Varela y Antonio Cancela Rodríguez resisten sin rendirse hasta que se les agotan las municiones, siendo cruel­mente masacrados en medio de ocho cadáveres enemigos inmediatos. Su acción dio tiem­po a que llegaran refuerzos y la posición a ellos confiada no se aban­dona. Un milagroso testigo pudo contarlo, el soldado Blanco, que, dado por muerto y con la masa encefálica al aire, sería recogido posteriormente.

Su acción, premiada con la Cruz Laureada de San Fernando, se perpetuaría en una lápida que se ordenó colocar en todos los cuarteles del Cuerpo.

  Poco después, en el punto donde cayeron, se levantó un fuerte que defendía el puente sobre el Arroyo de Aguas Claras, que fue bautizado con su nombre.

  La máquina del tren, al pasar cerca del fuerte, pitaba tres veces en su honor y una placa invitaba a rezar y les honraba en nombre del Real Cuerpo de Infantería de Marina.

  Como póstumo homenaje, una real orden dispuso que ambos figurasen perpetuamente en la nómina de la 2.a Compañía del 2.° Batallón del 2.° Regimiento, a la cabeza de los demás soldados y pasan­do revista como presentes y con esta nota: "Muertos gloriosamente en Rama-Cancela (Isla de Cuba) el 5 de junio de 1895".

  Además, el crecimiento del Cuerpo con motivo de la guerra colo­nial fue tal que llegó a contar con caballería propia.

  Con la denominación coloquial y popular de "Caballería de Marina" se conoció una realidad tangible desde la utilización de unas guerrillas montadas en 1895 que duraron hasta la evacuación de Cuba y cuyo primer precedente databa de 1875.

  Sus efectivos variaban desde una sección hasta una compañía de dos seccio­nes, formando la sexta compañía de cada batallón. Desempeñaba misiones de des­cubierta, sorpresa, golpes de mano, pro­tección avanzada, etc.

  En Filipinas combaten, entre otros, el Primer y Segundo Batallón del Primer Regimiento.

  El Segundo Batallón, tras la defen­sa de Manila, se dirigió a Imus, organi­zando su defensa con su puesto principal en el convento de la localidad, donde el sargento D. Antonio Padrós Pagés se con­vierte en el “héroe de Imus”.La guarnición fue cercada por numerosas fuerzas enemigas, cuyo vivísimo fuego hacía la situación crítica. Frente a las débiles trincheras pro­pias, una casa previa­mente abandonada por la presión enemiga suponía una gravísima amenaza de ser ocupada por el enemigo, que dominaría desde ella las posiciones defensivas. El día 30 de mayo de 1898, tras cuatro días de asedio, el Teniente D. Joaquín García Anillo, de la Compañía del Capitán D. Miguel Castillo, decide suprimir aquella amenaza, pero dado el intenso cerco y la presión del enemigo la tarea parece irrealiza­ble. El Sargento Primero Padrós Pagés aporta un plan y se ofrece voluntario para realizarlo. Padrós consigue convencer a Capitán y Teniente para que le permitan intentar el que les parece irrealizable plan, y conscientes del heroísmo del acto le abrazan emocionados. Padrós, armado con unos fósforos, fundas de paja y una lata de petró­leo, salta el parapeto; bajo una lluvia de balas alcanza la casa, la incen­dia y regresa a la trinchera herido.

            Más tarde, diezmada su gente y sin municio­nes, el Capitán se ve forzado a capitular. Hecho prisionero, Padrós Pagés es reconocido por los taga­los como autor de la hazaña y sometido a tan durí­simo tormento que pierde la razón, siendo encon­trado algún tiempo después moribundo, desnudo y famélico. Su gesta, similar a la del soldado de Infantería Eloy Gonzalo, Héroe de Cascorro, recompensado con la Cruz Laureada de San Fernando y que cuenta con una estatua en Madrid, no fue recompensada con dicha Cruz Laureada por no haberse realizado la solicitud en el plazo de setenta y dos horas que marca el regla­mento de dicha Orden.

  En el Primer Batallón del Primer Regimiento en Filipinas destaca entre otros muchos también muy meritorios el Teniente don Ambrosio Ristori Granadas. Toma parte a bordo del "Reina Cristina" en el combate de Cavite el1 de mayo de 1898, donde su comportamiento es ejemplar, resultando herido y salvándose milagrosamente a nado. Reintegrado rápidamente a su compañía, es destacado a reforzar Puente Banalo (Bacoor) con su sección, donde, pese a la traición de los soldados nati­vos que se pasan al enemigo con buena parte de la munición, resiste hasta que, herido de dos balazos, cae y con él la posición.

          Mal curado, sufre una infección en el brazo derecho, lo que obli­ga a su amputación. Desde entonces habrá dos mancos ilustres en el Cuerpo: el de Lepanto y el de Bacoor. El teniente Ristori obtuvo por su gesta la Cruz de San Fernando.

  Las últimas unidades de Infantería de Marina en Ultramar fue­ron las compañías Cuarta y Quinta del Primer Batallón del Primer Regimiento, que, destacadas en las Carolinas Occidentales, fueron repatriadas en 1899, tras la cesión de estas islas a Alemania.

  La conclusión de la guerra contra los Estados Unidos (10-12­1898) y, por tanto, la repatriación de las tropas trajo un necesario ajus­te de ellas, disponiendo el ministro de Marina, D. Ramón Auñón, que: "Todas las unidades del Cuerpo volviesen a adoptar la organización que tenían señalada en el presu­puesto de 1895-96; que los batallones se formaran de cua­tro compañías y cada una de éstas de ciento veinte soldados, y que las plantillas de los jefes y oficiales de los regimientos, caso de existir sobrante, se cubrieran con los que llevaban más tiempo de servicio en su empleo, sirviendo de base el personal de la escala activa". A esta disminución siguieron otras de disminución de planti­llas, clausura de la Escuela, supresión del destacamento de Villa Cisneros y de la compañía de Fernando Poo y Río Muni, distri­buyéndose estos soldados entre los regimientos.

Malos tiempos para la Infantería de Marina. Tanto en la prensa como en el Parlamento se llegó a discutir la misión del Cuerpo, partidarios unos de disolverlo y otros que pasase a depender del Ministerio de la Guerra, que era el que realmente venía utilizándolo por sus con­diciones excepcionales para servir en las colonias.

4.2. LA INFANTERÍA DE MARINA EN EL SIGLO XX

  4.2.a. La amargura de la Inspección General

         Pero en tanto llegaba el golpe definitivo, el Cuerpo prodigaba sus :unidades expedicionarias con la certeza de que ello contribuía a hacer más incomprendida su verdadera misión. En el siguiente párrafo, correspondiente a un proyecto de reorganización elevado en 1903 por la Inspección General del Cuerpo, se refleja claramente la amargura que producía esta situación: "...de un total de cinco o seis batallones, según la época, fueron destinados dos a África, igual número a Méjico y otros tantos a la guerra civil de la Península; seis también a la guerra de los diez años en Cuba y Filipinas y sin contar el movimiento de fuerzas debido a temores de alteración del orden público. En muchas circuns­tancias los departamentos han quedado sin fuerza alguna de tropa por dedicarse toda la atención a las fuerzas de campaña, habiéndose dado el caso de que el 2º Regimiento tomase parte en la guerra de los diez años durante toda ella.

  Ha cumplido con su deber, pero en Inglaterra, de los 14.000 hombres que tiene en su servicio, a cada campaña que la nación tiene por tierra envía sólo un batallón, contraste significativo que demuestra cuán distinto concepto del Cuerpo se tiene en ambos países, en uno se le economiza y conserva para el especial servicio a que está destinado y en otro se le prodiga, se le convierte en una doble carne de cañón y se le separa en absoluto de la clase de servicios para la que se creó.

  Además de acudir a los combates en tierra, también concurrió a combates por mar, alcanzando pérdidas muy sensibles y muy numero­sas en Filipinas, repetidas veces en África, en el Callao de Lima y en Santiago de Cuba, siempre donde se han batido fuerzas españolas, ya por mar, ya por tierra, este reducidísimo Cuerpo ha dado muestras de su existencia, derramando sangre generosa en defensa de los intereses de la integridad de la Patria, para recoger el triste legado de estar siem­pre discutido y amenazado de grandes contrariedades".

  Estas palabras son suficientemente expresivas por sí mismas de la situación en la que se encontraba el Cuerpo.

  .2.b. Continúan las reformas

          No acabaron con el siglo los proyectos y reformas del Cuerpo. En 1908 el ministro de Marina D. José Ferrándiz reorganiza la Infantería de Marina en tres regimientos departamentales y la ya tradicional Compañía de Ordenanzas en Madrid. Cada regimiento consta de dos batallones, de los que el primero sirve para atender con su fuerza los ser­vicios del departamento correspondiente y con la del segundo se guar­nece los buques y se custodian los arsenales, incorporándose a éste los reclutas y las primeras y segundas reservas. Cada batallón se componía de cinco compañías.

           Corno venía ocurriendo siempre que surgía la necesidad, por R.O. de 4 de diciembre de 1912 se crea un regimiento expedicionario para defender nuestros intereses africanos.

  Pese al aparente espíritu de la ley, en el reglamento de organiza­ción y distribución de fuerzas con que se debía dotar a los nuevos aco­razados del plan de escuadra no aparecía la Infantería de Marina, desembarcando las guarniciones de los otros buques menores, siendo la última la del crucero "Cataluña" el 17 de mayo de 1923. De hecho, y sin que ninguna reforma de alto nivel lo determinara, había finalizado su misión a bordo de los buques de guerra. No es, pues, de extrañar que la polémica sobre la conveniencia de conservar o no el Cuerpo, que desde hacía un siglo se venía manteniendo, adquiera en este momento su punto álgido.

  En 1913 otro ministro, D. Amalio Gimeno, redacta una "Memoria relativa a los servicios del Ministerio de Marina" en la cual no se torna ni se propone ninguna decisión definitiva, pero se prepara a la opinión públi­ca; en ella se sos­tiene que: acor­dados para el año próximo la crea­ción de un batallón de marinería para cada uno de nuestros apostade­ros, cuyas fuerzas pudieran prestar el servicio  encomen­dado hasta ahora a las de Infantería de Marina, y des­tinado ya uno de los regimientos de este cuerpo a nuestra zona de influencia en África, en breve todo él sufrirá radical reforma".

              Desembarcado de los buques de guerra, creadas unidades de mari­neros-fusileros y desempeñando misiones comunes de infantería para las que no se necesitaba especialización ninguna, el panorama del Cuerpo nunca había sido tan incierto.

  4.2.c. Entre Gallipoli y Alhucemas

             En 1915, como consecuencia del fracaso del desembarco aliado en Gallipoli (Estrecho de los Dardanelos, Turquía), la operación anfibia pasó a ser considerada, si no imposible, al menos demasiado costosa por la mayoría de las potencias.

  El proceso de descomposición orgánico se inició rápidamente en todas las Infanterías de Marina del mundo y de los barcos se retiró todo tipo de material que con los desembarcas estuviese relacionado.

  Fue la Infantería de Marina norteamericana la que continuó con gran impulso durante el intervalo entre las dos guerras mundiales el desarrollo de unas técnicas y de unos medios que tuvieron un magnífi­co resultado práctico en batallas decisivas en Europa y Asia, demos­trando ser perfectamente factibles las operaciones anfibias siempre y cuando se empleasen medios y técnicas apropiados y un cuerpo espe­cializado de Infantería de Marina.

  Por un R.D. de 30 de agosto de 1925 se determinó que: "pen­diente de organización definitiva el glorioso Cuerpo de Infantería de Marina, los ascensos derivados del decreto de ascensos hacen muy difí­cil su actual funcionamiento, al que hay que poner remedio de pronto efecto, siquiera sea con carácter eventual". También, con esa misma fecha, se dispuso: "se explorará la voluntad de los alumnos de la Academia de Infantería (Toledo) que, teniendo dos años aprobados, desearan pasar definitivamente a Infantería de Marina". A tal efecto se convocaron treinta plazas que, cubiertas, pasaron a la Escuela del Cuerpo (San Fernando), el1 de octubre, para continuar sus estudios.

  Ese mismo año de 1925 tuvo lugar el desembarco de Alhucemas, para el que se organizó un Batallón Expedicionario, desembarcando el día 10 de septiembre en la playa de Los Frailes. Con este desembarco, España demostraría la utilidad de las operaciones anfibias, si bien las consecuencias para el Cuerpo no se dejaron notar.