EL
desembarco de Alhucemas, del cual se cumple este año su 75
aniversario, marcó un hito en la historia de las operaciones anfibias
al ser el primer desembarco anfibio «moderno»
del siglo xx que culminó con éxito.
Las lecciones aprendidas en él fueron posteriormente muy aprovechadas
por los aliados para llevar a cabo sus famosos desembarcos durante la
segunda guerra mundial. Desde
el comienzo de las operaciones de pacificación del protectorado español
en Marruecos, se tuvo claro que la bahía
de Alhucemas y su entorno era el núcleo central del Rif
y donde se hallaba el corazón de la resistencia rifeña.
Llegar hasta Alhucemas fue el objetivo de varias campañas, entre ellas
la que culminó con el desastre de Annual
y el hundimiento de la zona oriental del protectorado. Desde 1913
diversos proyectos habían sido elaborados
para planear un desembarco anfibio en esta
bahía, la más importante del norte de
Marruecos, pero la falta de decisión política impidió su realización.
Sin embargo, en aquella época, ni el Ejército ni la Armada disponían
de los medios idóneos para llevar a cabo dicho desembarco. Fue
en 1924
cuando las posiciones perdidas tras los acontecimientos de julio de
1921 estaban
siendo recuperadas, cuando el directorio militar, encabe
zado por el general Primo de Rivera, se tomó muy en serio la
organización de-una operación anfibia en
la bahía de Alhucemas con el objetivo de llegar a la capital de la
rebelde República del Rif, encabezada por Abd
el Krim, Axdir,
y dar de esta manera un empuje final a las operaciones de pacificación
del protectorado español en el norte de Marruecos. Las críticas
vertidas por las autoridades francesas a las españolas sobre su actuación
en la guerra del Rif, a las cuales acusaban de pasividad, fueron el
detonante político para la puesta en marcha de la operación. Uno
de los factores que contribuyeron al éxito de la operación fue sin
duda su secretismo. Apenas nadie sabía
nada de ella hasta que ocurrió. Primo de Rivera creó en 1924
una comisión mixta Ejército-Marina para estudiar todos los detalles de
dicha operación y se llevaron a cabo numerosas acciones de distracción,
tanto militares como políticas, para desviar la atención de todos
sobre las operaciones en curso. Preparativos Desde
el punto de vista naval, se comenzó a hacer acopio de grandes
cantidades de carbón desde el año anterior, adquirido principalmente
en Gran Bretaña, así como a preparar a los buques que tomarían parte
en esta operación. El portahidroaviones Dédalo fue
destacado a la zona del norte de Africa y potenciada su unidad aérea
mediante la compra de hidroaviones y bombas de aviación. Las fuerzas
navales del norte de Africa fueron encabezadas por el crucero rápido Reina
Victoria Eugenia y numerosos guardacostas y guardapescas fueron
construidos con este fin. Para llevar a cabo las misiones propias del
desembarco anfibio se adquirieron, en el mayor de los secretos,
26 barcazas de
desembarco tipo K en el puerto de Gibraltar, embarcaciones que
habían usado los aliados durante la primera guerra mundial en el
fracasado desembarco anfibio en Gallípoli, en el estrecho del Bosforo,
en 1915.
El terna de la escasez de transportes de tropas fue solucionado mediante
la requisa de buques mercantes y acuerdos con la compañía Trasmediterránea
para su uso durante la operación, así como de sus tripulaciones
civiles. La
bahía de Alhucemas es sumamente extensa, con casi 30
kilómetros de amplitud, flanqueada por dos alturas importantes, Morro
Nuevo y cabo Quilates. En el interior del saco se halla el peñón de
Alhucemas, español desde 1576
(ocupado en 1673),
que contaba con importantes baterías de artillería que serían muy
tenidas en cuenta a la hora de planear el desembarco. La extensión de
la bahía hacia impensable un desembarco en su totalidad por la cantidad
de hombres y material que serían necesarios, por lo que se plantearon
tres opciones para desembarcar en un frente más reducido, bien en el
sector oriental, el meridional o el occidental. Después de analizar los
pros y los contras de cada uno de dichos sectores, se escogió el
occidental en Morro Nuevo, por su menor anchura y limitada superficie,
que permitía batir los objetivos en el interior de manera mucho mejor
con la artillería de los buques de la escuadra. Una vez elegida la
zona, quedó claro que se necesitaría una estrecha cooperación entre
el Ejército y la Armada, decidiéndose integrar en el Estado Mayor de
las Fuerzas Navales a un jefe del Ejército, a otro de artillería y
otro de Aviación, al igual que dos jefes de la Armada; especialistas en
tiro naval y aeronáutica se unieron al cuartel general de las fuerzas
terrestres. Una
vez hechos los preparativos, se estableció la fuerza de desembarco en
unos 18.000
hombres, aunque finalmente serían unos 13.000
los desembarcados, que deberían de hacer frente a, según estimaciones
hechas por los servicios de información, unos 10.000/11.000
hombres reunidos por los nfeños. Por primera vez en la historia de los
desembarcos anfibios se tuvieron muy en cuenta las previsiones meteorológicas,
a pesar de que Primo de Rivera se empeñó en fijar la fecha del
desembarco para el 7
de septiembre en contra de los pronósticos, debiendo retrasarla un día
más por el mal tiempo. En
el campo táctico, se dio como máxima prioridad la ocupación de las
alturas de Morro Viejo, Mohamed, Yebel Malmusi, Haddu Harbi, Adrar Los
rífenos contaban en la zona de Alhucemas con unas catorce piezas de
campaña de 70
y 75 mm,
en su mayor parte procedentes de las capturadas a los españoles y
manejadas por instructores y mercenarios extranjeros, estando la mayor
parte de su potencial artillero alejado de Alhucemas, con la mayoría de
las piezas en la zona de Annual. A parte de las piezas situadas en el peñón
de Alhucemas, la mayor parte del apoyo artillero español recayó en los
buques, debido a la dificultad de disponer de fuego de apoyo terrestre
en los primeros días. Los
efectivos terrestres de la operación anfibia descansarían en dos
brigadas, una formada por fuerzas de Ceuta-Larache, al mando del general
Saro que llevaría el peso de toda la operación, y una segunda brigada
de reserva, al mando del general Fernández Pérez formada por fuerzas
de la comandancia de Melilla. Estas fuerzas estaban a su vez divididas
en varias columnas, muy móviles, compuestas por diferentes unidades
extraídas del tercio, las Mehal-las xerifianas, tambores de regulares y
regimientos procedentes de Ceuta, Melilla y la Península. Los
transportes para cada una de estas brigadas se prepararon en los puertos
de Ceuta y Melilla desde los cuales partirían. Las
unidades navales que participaron en el desembarco quedaron puestas en
alerta para integrarse en la escuadra o en las fuerzas navales del norte
de Africa. La escuadra estaba constituida por los acorazados Alfonso
XIII
(buque insignia del almirante Yolif) y Jaime
I; el portahidroaviones
Dédalo; los cruceros Méndez
Núñez y Blas de Lezo,
y los destructores Alsedo, Velasco
y Lazaga, que finalmente
no participarían debido a encontrarse en fase de pruebas. Las fuerzas
navales del norte de Africa, al mando del contralmirante Guerra, estaban
compuestas por los cruceros Reina
Victoria Eugenia (actuando como buque insignia), Extremadura
y Princesa de Asturias (que
tampoco Las
célebres barcazas K eran de fondo plano y desplazaban unas
300 toneladas.
Iban dotadas con una rampa a proa que descendía para permitir el
desembarco de las tropas y el material. Específicamente diseñadas para
asaltos anfibios, fueron, probablemente, las primeras del mundo en su género.
Estas barcazas estaban al mando de alféreces o tenientes de navio.
Podían andar siete nudos pero disponían de muy poca autonomía,
lo que obligó a que fuesen los remolcadores y los cañoneros los que
las remolcasen hasta cerca de la playa. Les fueron reforzadas las
cubiertas y las rampas para que pudiesen transportar hasta tres carros
de combate de infantería (los FT-17). En
total, las fuerzas navales concentradas en Alhucemas daban un total de 190
bocas de fuego, de las cuales 30
correspondían a piezas de grueso calibre. Semejante poder de fuego no
hubiese sido posible tan sólo unos años antes. A este poder artillero
había que unir las baterías emplazadas en el peñón de Alhucemas que
complementaban con su tiro curvo muchos de los espacios no cubiertos por
los cañones navales. El
apoyo aéreo al desembarco vendría dado por las tres escuadrillas de Melilla,
que serían desplegadas en los aeródromos avanzados de Dar Drius
y Dar Quebdani. Igualmente los hidros
Savoia 16,
Macchi 24
y Dornier Wal
actuarían desde su base en El Atalayen.
El componente aéreo del Dédalo intervendría con seis
nuevos Supermarines, seis Savoia
16 y un
dirigible. Los franceses apoyarían la operación con una escuadrilla de
seis Forman Goliath. El
9 de mayo quedó
fijado el plan final, pero se vio claro que era necesaria una cooperación
francesa para llevar a buen término la operación. Tras varias
conversaciones iniciales, el 17
de mayo se reunieron en Madrid las dos delegaciones, estando la española
encabezada por el general Gómez Jordana,
los coroneles Múgica y Seguí, capitán
de corbeta Pérez y Fernández Chao y los diplomáticos Aguirre
de Cárcer y Sanzgorri,
los cuales firmaron un convenio de
cooperación. En julio y agosto se llevaron a cabo patrullajes
conjuntos de las aguas y, por último, el 21
de agosto los planes definitivos fueron presentados al mariscal Petain
durante su visita a Tetuán. El asalto se llevaría a cabo el 7
de septiembre, posteriormente retrasado al 8,
a las 1150
horas. Mientras esta operación anfibia se desarrollaba en la bahía de
Alhucemas, los franceses llevarían a cabo ataques en la zona del alto
LJarga y Taza, con el fin de coger al principal núcleo de las tropas
rifeñas en una pinza por el norte y por el sur. Durante
los días previos al desembarco se llevaron a cabo una serie de acciones
para evitar toda sospecha de la preparación del plan, enviando al cañonero
Bonifa , a patrullar frente al cabo Quilates y al
acorazado Alfonso XIII
a efectuar una serie de bombardeos sobre Alhucemas, como era costumbre
de cuando en cuando. Igualmente,
días antes del ataque, el Dédalo patrullaba libremente
por las aguas y sus aparatos llevaban a cabo esporádicos bombardeos
sobre Uad Lau. El
día 5 de
septiembre embarca en Ceuta la brigada de Saro (previamente se habían
realizado pruebas para la estiba de todos los equipos), en los vapores Castilla,
Cañal y Antonio Cola (que formaban la flotilla n.°
4); Segarra,
Vicente de la Rod, Vicente Ferrer
y Menorquín (flotilla n.° 5),
y la flotilla n.° 6 con
los vapores Escalono, Amaros, Jaime I y el aljibe Africa.
A ello hay que añadir los buques hospitales Andalucía y Barceló.
Las barcazas K eran remolcadas por los guardacostas. A
las 1400
Primo de Rivera embarca en Río Martín en el Alfonso
XIII y
Saro lo hacía en Ceuta en el Reina Victoria Eugenia.
Mientras tanto, a las 0815
del día 6
de septiembre, para distraer fuerzas enemigas del teatro principal, una
fuerza naval compuesta por el Reina Victoria Eugenia, Méndez Núñez,
Canalejas, Cánovas y Lazaga, junto con algunos
mercantes, llevó a cabo un amago de desembarco en Uad Lau. Estas
unidades de la escuadra llevaron a cabo bombardeos de distracción sobre
dicha posición. A las 1200
se procedió, a la vista de la costa, a trasladar tropas a las barcazas
K, con el fin de hacerles creer a los rifónos que se iba a desembarcar
en ese punto. Hacia las 1800,
la escuadra continuó rumbo a Alhucemas. Esa tarde se unió el resto de
la escuadra, procedente de Algeciras. En
la madrugada del día 6
se procedía al embarque de la brigada de Fernández en Melilla. La
brigada embarcó en la flotilla n.° 1,
compuesta por los buques Lázaro, Aragón, Navarra
y Sagunto', la flotilla n.° 2,
con los buques Menorca, Jorge Juan y Florinda,
y la 3.a compuesta por los Rumen, Roger de Flor y
aljibe n.° 2,
más el buque hospital Villarreal y el buque logístico Cutiera. La
agrupación naval francesa, que se unió en Melilla para dar protección
a las flotillas de transporte, estaba formada por el acorazado París,
en el que embarcó el general Sanjurjo, los cruceros Metz
y Strasburg, los torpederos Amamite y Tonkinois,
y los avisos Reims y Amiens, así como una
escuadrilla de seis hidroaviones. La agrupación de Melilla partió a
las 1000
horas del día 6
de septiembre, bombardeando la flota francesa, al igual que lo hizo
sobre Uad Lau la escuadra española, las posiciones de Sidi Idris como
distracción. Los
rífenos no permanecieron ociosos durante todos estos preparativos, y
sabían que un ataque importante se estaba preparando. Para intentar
distraer fuerzas comenzaron una serie de ataques a principios de
septiembre sobre la zona occidental del protectorado, con el fin de
amenazar la capital, Tetuán, y distraer de esa manera fuerzas de las
que se estaban preparando para el ataque. Una de las posiciones que
defendía los accesos a la misma, Cudia Tahar, fue sometida a un duro
asedio y bombardeo, que hizo pensar al propio Primo de Rivera en la
necesidad de posponer el desembarco y ayudar a la posición asediada.
Sin embargo, unidades de refuerzo acudieron a la zona y en la noche El
desembarco Tras
posponer el desembarco un día debido al mal tiempo, se da la orden, a
las 0630
de la mañana del día 8
de septiembre de 1925,
de comenzar el bombardeo preparatorio. Para ello, los acorazados Alfonso
XIII y París bombardean a conciencia los asentamientos de cañones rífenos próximos
al lugar del desembarco. En torno a las 0840,
cerca de 160
aparatos de la aviación y de la aeronáutica naval comienzan el
bombardeo de la zona. Desde el Dédalo se lanza un globo de
observación, que fue derribado por el intenso fuego de fusilería rifeño
pero recuperado posteriormente. Por
fin, a las 1000
horas del 8
de septiembre de 1925,
se ordena comenzar las operaciones de desembarco. Protegidos por el
fuego de apoyo de la escuadra y de los aviones, los remolcadores y
guardacostas remolcan las barcazas K, al mando del capitán de
corbeta Fernández Delgado, hacia la costa. El objetivo inicial era la
playa de Ixdain, pero el fuerte viento reinante hace que el coordinador
buque-costa, capitán de corbeta Boado, altere el rumbo de las barcazas
y las dirija a la playa de la Cebadilla, librándose de ese modo, sin
saberlo, de un campo de minas que los rifeños habían colocado en dicha
playa. El Alfonso XIII
se acerca hasta mil metros de la costa para proteger el avance de
las barcazas, que a las 1040
son soltadas por los remolcadores dirigiéndose a la playa por sus
propios medios. El Reina Victoria Eugenia y el Jaime
I apoyan también de cerca la operación, con el Méndez Núñez
y el Blas de Lezo a seis mil metros de distancia. Cuando
las barcazas tocan la costa, se dan cuenta que han varado a unos cinco
metros de la playa, debido a la suciedad de la misma. Con un metro de
agua se ralentizó considerablemente el desembarco de los hombres y,
posteriormente, el de las piezas de artillería e impedimenta en
general. A las 1100
horas la primera de las barcazas K de desembarco (probablemente
la K 23)
alcanzó la playa. La
artillería rifeña contestó al fuego y, aunque logró algunos impactos
sin consecuencias sobre los acorazados españoles, fue puesta en gran
medida fuera de servicio. A los acorazados les fue ordenado alejarse a
mayor distancia de la costa para evitar este riesgo. La calibración del
tiro de los buques fue en gran medida mejorada gracias a la elevación
de un globo cautivo desde el Alfonso XIII,
desde donde el teniente de navio Guillen pudo reglar perfectamente el
tiro, asegurando, durante toda la jornada (y de hecho durante toda la
operación), una perfecta coordinación del fuego de apoyo naval. El
fuego de los cañones de 305
y 101 milímetros
de los acorazados resultó demoledor contra las débiles posiciones rifeñas. Las
tropas de vanguardia las constituían las unidades adscritas a la
columna del coronel Franco, especialmente la Legión y las Mehal-las de
Larache y Tetuán, quienes iniciaron un rápido avance con el fin de
afianzar la cabeza de playa. Mientras tanto las barcazas K ya
estaban de regreso para recoger material y a la siguiente oleada de
tropas. A las 1300
ya estaba sobre la playa la segunda oleada, formada por la columna del
coronel Martín. Durante
todo el día 8
de septiembre, bajo la protección del fuego de las unidades navales, se
llevó a cabo un lento desembarco de hombres. Las dos primeras oleadas
de desembarco El
día 9
continuó el lento desembarco de hombres y logística, aumentando el
trabajo de las unidades ligeras, que tuvieron que realizar más viajes
de los previstos al retirarse de la costa los mercantes debido al
intenso fuego de fusilería y artillería ligera a que eran sometidos
por los rífenos. Los aljibes, protegidos por los guardacostas, tuvieron
que realizar las primeras aguadas a las tropas en tierra, ya que el tema
del agua potable fue esencial en el desarrollo de la operación,
preocupando mucho al Estado Mayor. El Contramaestre Castelló,
en una de estas operaciones, encalló en unas rocas. El
fuerte viento reinante en la zona impidió que la brigada procedente de
Melilla desembarcase en el tiempo preestablecido, recayendo de esta
manera el peso de toda la operación terrestre en la brigada de Saro. La
brigada de Melilla, protegida por el Extremadura y el Dédalo,
no pudo desembarcar hasta el 11
de septiembre, a las 0630
horas, en la playa de los Frailes, después de llevar cinco día a
bordo, con la consiguiente fatiga y cansancio en los hombres. La playa
resultó igual de mala que la de la Cebadilla, dificultando enormemente
el desembarco, que, no obstante, se llevó a cabo perfectamente bajo el
apoyo naval de la flota, cuyos fuegos fueron perfectamente controlados,
así como lo fue toda la actividad buque-costa. La brigada de Saro se El
día siguiente, el 12,
un fuerte viento hundía a la K-3, mientras que el
destructor Velasco era abordado por el cañonero Cánovas
del Castillo, debiendo los dos buques regresar a Melilla. La
inclemente meteorología detuvo las operaciones de desembarco hasta el día
22 de
septiembre. Se aprovechó ese tiempo, en la medida de lo posible, para
asegurar la cabeza de playa y desembarcar toda la logística necesaria
para sostener a las dos brigadas; los carros de combate, la artillería
y los medios pesados que no se pudieron desembarcar en los primeros días.
Mientras tanto, las tropas españolas ya desembarcadas comenzaron un
lento pero sostenido avance sobre las posiciones enemigas. Protegidas en
todo momento por los potentes fuegos de apoyo de los acorazados, el día
22 llegaron
vitales suministros y refuerzos que permitieron ocupar la línea Malmusi
Alto-Malmusi Bajo-Morro Viejo-Palomas-Zaraera el 23
de septiembre, con una distinción especial en los combates de ese día
del batallón expedicionario de Infantería de Marina. Durante
los días siguientes continuaron las operaciones, siempre apoyadas por
fuego naval. Se perdieron dos barcazas más, la K-22 y la K-9.
El día 30,
con el apoyo de los Alfonso XÍII y Jaime I
desde el interior de la bahía, se ocupaban las alturas de monte Palomas
y Adrar Sedrum, culminadas el día 1
de octubre, que permitieron, aparte de avituallar convenientemente a las
tropas, ocupar el día 2
de octubre Axdir, núcleo de la rebelión rifeña, y dar por concluidas
desde un punto de vista táctico las operaciones de desembarco en
Alhucemas. Las de reembarque comenzarían algunos días después. Lecciones Aparte
del enorme éxito político y militar que significó el desembarco de
Alhucemas, y con él la prácticamente completa pacificación del
protectorado español en Marruecos, el desembarco en sí mismo marcó un
modelo que seguirían en el futuro otras operaciones de este tipo. La
exhaustiva preparación de esta clase de operaciones se demostró vital.
La coordinación interarmas fue un elemento decisivo en el éxito de la
misma. La coordinación entre el Ejército y la Marina permitió
resolver los problemas de abastecimiento que se plantearon en el
transcurso de la operación, y proporcionó un excelente plan de fuegos,
que hizo posible, en gran medida, el avance de las tropas españolas
desembarcadas. El
desembarco de Alhucemas fue igualmente el primer desembarco aeronaval de
la historia, ya que en Gallipoli apenas se utilizó aviación. La
coordinación de los ataques aéreos y aeronavales fue vital para el
desarrollo de las operaciones. Igualmente, fue el primer desembarco en
el cual se arribaron carros de combate, utilizando para ello lanchas de
desembarco. A pesar de los problemas iniciales para llevar a cabo esta
operación, este hecho marcó, de nuevo, el modelo a seguir en
posteriores operaciones de este tipo. Dos
factores fallaron en este desembarco que posteriormente fueron también
corregidos por los aliados durante la segunda guerra mundial: el factor
meteorológico y el factor hidrográfico. El tiempo meteorológico fue
el mayor enemigo de los españoles estando mal previsto; ello demoró en
el tiempo las operaciones de desembarco, las hizo sumamente complicadas
e impidió un ensanchamiento de la cabeza de playa durante catorce días,
lo que, de haber contado el enemigo con medios suficientes, hubiera
puesto en serio peligro todo el éxito de la operación. Igualmente, el
no realizar un estudio hidrográfico exhaustivo de las playas de
desembarco llevó consigo las desagradables sorpresas que impidieron un
fluido traslado de equipos y logística vitales, que a punto estuvieron
de hacer fracasar la operación, y que la complicaron en grado sumo. Del
mismo modo, sólo la fortuna hizo que la primera oleada de desembarco no
se tropezara con un campo minado, que hubiera provocado cuantiosas
bajas; faltó en este sentido un reconocimiento previo de las playas. La
necesidad de contar con elementos anfibios especializados se vio
claramente, y ello hizo que estadounidenses y británicos durante la
guerra mundial se empeñaran a fondo en la creación de dichos medios
específicos para las operaciones de esta clase. Las barcazas K
dieron un excelente resultado, pero distaban mucho de ser los buques
polivalentes que se pretendía, dificultando enormemente el trasvase de
material a las playas. La actuación de las unidades menores, como los
guardacostas y cañoneros, fue igualmente esencial, ya que, ante la
imposibilidad de los grandes buques de transporte de acercarse a la
playa, estas unidades realizaron una incesante labor en el trasvase de
material y hombres que, en muchas ocasiones, resultaban difíciles de
trasladar con las barcazas K. Igualmente, el fuego directo de sus
piezas de artillería fue esencial para apoyar las operaciones
terrestres y neutralizar los puntos fuertes e intentos de contraataque rífenos.
En este sentido, fue todo un acierto esperar a completar toda la serie
de guardacostas y cañoneros para llevar a cabo esta operación anfibia,
prueba una vez más de la minuciosidad con la que esta operación había
sido planeada. In
memoriam Setenta y cinco años después, el desembarco de Alhucemas ha pasado a la historia de España como algo mucho más importante que un éxito militar. Significó el fin de una época y de una guerra que desangró a España y marcó a más de una generación. Igualmente, puso de manifiesto que muchos de los errores pasados podrían haber sido evitados si se hubiera puesto en ellos la misma preparación y dedicación con que se llevó a cabo el desembarco de Alhucemas, donde tanto las fuerzas terrestres como las navales supieron dejar muy alto el pabellón español ante todo el mundo. REVISTA
GENERAL DE MARINA: Dionisio García
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